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La piel, los monstruos y la ciencia

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La piel

El nombre de Karl Schwarzschild es tan difícil de pronunciar a la primera como desconocido para muchos. E inmensamente brillante.  Con tan solo dieciséis años publicó dos artículos científicos: sobre las órbitas celestes y sobre las estrellas dobles. Fue físico, astrónomo, matemático; y también un gran patriota. Dirigió el Observatorio Astronómico de Potsdam, el puesto con el que todo astrónomo soñaba, pero a sus 40 años cambió el telescopio y el bloc de notas por el fusil para defender a ‘su’ Alemania nada más estallar la Primera Guerra Mundial.

Ya en el ejército, se encargó de la estación meteorológica en Bélgica, calculando la trayectoria de las balas de la artillería en Francia. A Schwarzschild le costaba comer, y no por falta de apetito, sino porque unas extrañas ampollas comenzaron a brotar como setas en su boca. Era una auténtica molestia. Mientras, en Alemania, el físico Albert Einstein realizaba su exposición sobre las ecuaciones de la relatividad general ante la Academia Prusiana de las Ciencias. Aquella teoría no era exacta. Einstein llegó a considerar imposible demostrar que el espacio-tiempo se deforma según una masa dada, de modo que aclaró que sus cálculos eran tan solo una aproximación para sustituir la explicación de Isaac Newton.

Schwarzschild seguía sin poder comer bien y aquellas ampollas, como hormigas que escapan de su hormiguero, comenzaron a extenderse por rostro y cuerpo. Sabía que podía ser grave y decidió entretenerse, ocupar su mente estudiando la exposición y las ecuaciones de Einstein. Tras una comprobación minuciosa de los datos, desde el Frente Oriental, encontró una solución a los problemas y se la envió por carta. «Como ves, la guerra me trató con la amabilidad suficiente, a pesar de los fuertes disparos, para permitirme alejarme de todo y tomar este paseo en la tierra de tus ideas», le dijo.

«No esperaba que la solución exacta al problema pudiera ser formulada. Su tratamiento analítico del problema me parece espléndido», respondió, también por correspondencia, el propio Einstein, quien, una semana después, presentó los resultados en la Academia Prusiana de la Ciencia en nombre de aquel hombre que se encontraba en medio de la guerra, postrado en la cama de un hospital, en plena contienda contra su sistema inmune.

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A Schwarzschild le diagnosticaron Pemphigus vulgaris, pénfigo. Sabía que le quedaba poco tiempo de vida, así que continuó por la veda que estaban dibujando Einstein y él. Schwarzschild se dio cuenta de que, si la masa de una estrella se comprimía en un volumen cada vez más pequeño, el valle del espacio-tiempo que le rodea se volvería cada vez más pronunciado hasta convertirse en un pozo sin fondo del cual nada puede escapar, ni siquiera la luz. Schwarzschild murió en un hospital de Berlín, a los 42 años. Murió con un aspecto monstruoso y sin saber que había descubierto esa entidad, también monstruosa, que son los agujeros negros y que a día de hoy sigue siendo objeto de estudio.

La piel

La piel es el órgano más grande que tenemos. Si es diferente a lo que la sociedad dice que es normal, nos convertimos en monstruos y sentimos el rechazo en la mirada de los otros, los que nos observan fuera de nuestra frontera dérmica. También es posible que la monstruosidad dermatológica genere monstruos para la humanidad. Porque, ¿qué fue primero: el monstruo Stalin y luego vino el picor? ¿O fue el picor insoportable lo que convirtió al joven Iósif Visariónovich en un arma de aniquilación masiva? He de reconocer que un picor infatigable en la piel puede llevarte a cometer tropelías de cualquier tipo. Los que lo sufrimos bien lo sabemos, aunque a algunos, como Sergio del Molino, su psoriasis, en lugar de convertirlo en un villano justiciero con gafas, lo ha consagrado como uno de los mejores y más creativos escritores de por aquí. ¿O ya era un genio antes de escuchar el veredicto del doctor? Él mismo duda y deja una puerta abierta a que algún día lo veamos merodeando por nuestras azoteas: «¿Y si existe alguna correlación entre mis manchas de psoriasis y mi forma de ser y estar en el mundo? Si creo que Stalin mató a los sanos (…), ¿no puedo ser yo también un vengador?».

En su obra, La piel (Alfaguara, 2020), del Molino recopila, además de experiencias propias, vidas y momentos de personajes de sobra conocidos por todos, que se han convertido en monstruos deformes, escamados y cuasisarnosos, capaces de todo… excepto de dejar de rascarse. «Para qué sirve ser todopoderoso y temido desde las llanuras de Europa hasta el mar de Japón si cada noche los huesos duelen y la piel escuece», escribe del Molino. Los insanos de piel sabemos lo molesto que es que te digan «no te rasques» cuando estás exfoliándote la piel con las uñas.

Las enfermedades en la piel parece que solo importan a uno mismo, como mucho a sus más allegados, que ven cómo vamos dejando rastros de sangre y restos de piel caduca en la ropa y allá donde paramos más de media hora, como si a nosotros siempre nos acompañase un otoño gris. Al fin y al cabo, no tienes un cáncer ni una enfermedad terminal. Sin embargo, según La repercusión clínica, económica y social de las enfermedades dermatológicas en España: una visión de conjunto, publicado por la consultora Outcomes’10 y la farmacéutica Almirall, más del 50 % de la población española desarrollará alguna enfermedad dermatológica a lo largo de su vida. Cualquiera puede convertirse en un monstruo.

Hablemos de Pablo Emilio Escobar Gaviria, CEO del Cartel de Medellín. El narcotraficante más poderoso, cruel y sinvergüenza que ha conocido el mundo podía ejecutar a quien quisiera con tan solo pedirlo. Era la personificación del miedo vestida con camisas desabrochadas. El mismo miedo que infundía él en sus rivales era el que le daban a él las corbatas, pues de los hijueputas te puedes librar descerrajando dos tiros en la frente, pero del picor no de las camisas abrochadas hasta el último botón, no.

El picor es una tortura que nos autoinflige nuestro cuerpo. Eres incapaz de controlarte, no sabes por qué te pica ni cuándo parará. Te rascas hasta hacerte sangre, consiguiendo que la piel expulse un liquidillo transparente y de olor raro. Te despiertas en mitad de la noche escuchando el sonido del papel lija sobre la piel reseca. Te levantas a la mañana siguiente y ves demasiado pelo en la almohada; barres la casa y recoges ese polvo gris, parecido a la ceniza, que te recuerda la clase de monstruo que eres.

Vladimir Nabokov llegó incluso a pensar en el suicidio. Le torturaba tanto su psoriasis, cuenta del Molino, que no dormía por la noche: «No te hablaré de los sufrimientos insoportables que me impone el griego [así llamaba el escritor a la enfermedad]; la picazón no me deja dormir y toda la ropa blanca está cubierta de sangre: terrible. Hay un nuevo bálsamo, pero no me atrevo a utilizarlo (…) Todo estaría de maravilla, de no ser por la piel».

En una entrevista al hilo de la publicación del libro, Sergio del Molino recalca la importancia de la piel: «Nos define como humanos, nos presenta ante el mundo, hace que los demás nos cataloguen… Nos preocupa muchísimo el aspecto que pueda tener y, cuando la piel enferma, condiciona mucho la vida. Además, está en el germen del racismo, de la discriminación, del clasismo».

La piel es un relato sociológico, antropológico, filosófico, fisiológico, si se quiere, y brillante de Sergio del Molino. Un libro escrito magníficamente, curioso y divertido para aquellos sin ninguna dolencia cutánea y un diario de a bordo para nosotros, los monstruos de la piel escamada, que no sabemos si nuestras extrañezas son consecuencia o causa de este capricho genético. Afortunadamente, existen tratamientos para calmar, disimular o suavizar los efectos de las enfermedades de la piel; avances fruto de la ciencia y de la investigación, y no de ungüentos mágicos ni hierbajos recogidos a la sombra de un pino milenario que crece en el Monte Kinabalu, en los que tanto del Molino como este que escribe –y tantos otros– creímos, ante la desesperanza, que servirían de bálsamo de nuestros males.

«Me inyecto cuarenta miligramos de adalimumab cada dos semanas mediante un mecanismo muy ingenioso que hace que solo tenga que acercar la aguja a la piel y el émbolo baja automáticamente. En apenas un mes, el ochenta por ciento de las manchas han desaparecido», escribe en las últimas páginas el autor. Y con esto me quedo. Ojalá la ciencia no olvide el nombre de aquellos que devolvieron la condición humana a nosotros, los monstruos de la piel escamosa.

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