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La primera vez que leí ‘Malaherba’, de Manuel Jabois

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Malaherba, de Manuel Jabois
Alfaguara

La primera vez que uno se cruza con su destino siempre es especial. De mi infancia aún recuerdo el olor del primer periódico que mi madre trajo a casa y la bronca que me cayó por el estropicio que armé. Dejé las páginas como si las hubiese atravesado un huracán, pero en realidad el huracán me había atravesado a mí.

Con los años llegaron otros huracanes. En el plano de lo profesional, fue en la universidad cuando desconocí por primera vez a Manuel Jabois. A mis compañeras de clase le gustaba ese tío cuyo apellido me parecía más propio para un francés de alta alcurnia. Jabuá, pensaba; ni idea de este tipo. Comencé a leer sus columnas por curiosidad, porque barruntaba que se iba a poner de moda y quería estar ahí cuando en la cafetería se hablase de él, y terminé haciéndolo por necesidad. Porque uno termina convirtiendo en necesidad lo que es puro placer.

malaherba

Portada del libro

En Malaherba (Alfaguara, 2019), Jabois, a través de los ojos de un niño a punto de llegar a la adolescencia, habla de las eclosiones de las primeras veces, con una prosa sencilla con grandes picos de humor, y de la confrontación entre el placer y la culpabilidad; una culpabilidad que el pobre Míster Tamburino, el crío, no sabe de dónde proviene, pero le acorrala la primera vez que un compañero de clase le mete la lengua hasta la campanilla sin previo aviso.

Ese pudor por el sexo, presente a lo largo de prácticamente toda la novela, esa sensación de culpabilidad, no es sino el rastro de la sociedad posfranquista y católica de los años ochenta, una llama todavía viva gracias al empeño de algunos en teñir de sepia un mundo que gira en otra dirección. Que yo de esto no tengo certezas, son intuiciones, porque como dice Tambu: «Te pueden prohibir saber, pero no te pueden prohibir intuir».

Como si algo muy bueno me estuviese matando

Frases como esta última aparecen en cada párrafo, como microrrelatos de los que muchos podrían vivir durante años, una suerte de corolario que te expropia las ganas de querer escribir y describir porque, total, para qué; como se le ocurra a Jabois antes que a ti, y tú no te enteres, estás acabado. Un nuevo tipo de autocensura de la que poco se habla. «Yo me sentía tan raro que casi no podía ni respirar, como si algo muy bueno me estuviese matando». Lo que cuenta Tambu es la crónica de años leyendo a Jabois.

En esta novela todo es sencillo. Jabois, en una entrevista, ha confesado que la prosa con la que Tambu frisa el mundo es en realidad su prosa: «Así no tengo que busca grandes sinónimos ni metáforas». Jabois es el Cruyff de la prosa: «Jugar al fútbol es muy sencillo, pero jugar un fútbol sencillo es la cosa más difícil que hay».

Malaherba es de una normalidad y de una ternura que abruma. Tanto, que en ocasiones duele. Desde el agradecimiento –así, en singular–, hasta la última página. Espero que mi memoria me juegue una mala pasada y olvide por completo a Míster Tamburino. Así podré encontrarme ante la nueva primera vez que lea Malaherba.

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Sergio García M.
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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