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La última emperatriz

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En aquel 1920 el cuplé reinaba absolutamente (ya se ha apuntado en otros artículos), y no solo a cuenta de sus intérpretes y canciones, que también. Era el ambiente alrededor de ese mundillo sicalíptico y la oportunidad de muchos de sus temas, muy ligados a la actualidad, de manera que. siguiendo el rastro de títulos y letras, uno puede hacerse una ligera aproximación a lo que ocurría aquí y en el resto del mundo. Unos -nuevos- temas y cupletistas como Historia húngara (Casilda Vela), Santa Rita (Salud Ruiz) o Pascua florida (La Goyita). Por ejemplo, Salud Ruiz era una atrevida intérprete jiennense que, se decía, aparecía cantando vestida con unos inefables “saltos de cama” o prendas similares, propias de los dormitorios. Pero además de esas audacias era una gran intérprete que estrenó en Madrid (se había estrenado antes en Barcelona cantado por Pilar Alonso) el luego celebérrimo Nena. Pero lo que se rumiaba en los cenáculos de aquella primavera era el último estreno de la cantante. Salud Ruiz cantó un cuplé titulado La Perla del Retiro, que, sin entrar en la calidad del mismo (puede que no demasiada), Su Majestad el Rumor decía que el autor decía llamarse “Antonio Durán”, aunque realmente (muy “realmente”) el verdadero individuo se llamaba Alfonso de Borbón, a la sazón Príncipe de Asturias y heredero de la corona.

Para muchos, el nombre de Eugenia de Montijo era ya un nombre para la historia ligado al Segundo Imperio (Napoléon III) y, probablemente, creyendo que ese personaje había pasado ya a mejor vida. Y no era así porque la ex emperatriz de los franceses llegó por esas fechas a España, aunque comprobando que, a esta altura de su vida, era una extraña en su patria.  En esta ocasión, su viaje a España sería el de su regreso definitivo (llegó con la intención de operarse de cataratas), tras llevar a cabo un periplo por todo el mundo a bordo de su yate Thistle. Muy poco disfrutaría de su país (y de una recuperada visión al ser operada con éxito de cataratas por el doctor Barraquer), ya que la a la sazón anciana aristócrata (nacida Eugenia de Guzmán y Portocarrero) fallecía poco después en el Palacio de las Dueñas de Sevilla a los 94 años de edad, siendo trasladados sus restos posteriormente a Madrid donde el cadáver permaneció  expuesto a la pública contemplación en el Palacio de Liria para, a continuación, salir camino, primero de Francia, y ya, definitivamente, con destino a Inglaterra para ser inhumado allí. Mujer ambiciosa y fría, a su muerte se dividieron los biógrafos e historiadores, bien exaltándola hasta el empalago y enfatizando sus “grandezas” (incidiendo en su ascendencia, nada menos que de Santo Domingo y de Guzmán el Bueno, eso como aperitivo), o, por el contrario, acusándola de ser la quintaesencia de la ambición de poder, además de un ejemplar patológico de evidente frialdad sexual. Un testigo de excepción, el duque de Alba, su pariente, recordaba los años de Eugenia en su destierro de Inglaterra (eran los últimos meses de la Gran Guerra):

Durante las largas veladas de Farnborough -evocaba el duque- no consentía que nadie leyese después de cenar: prefería la conversación, aunque se entretenía, además, haciendo solitarios, uno de aquellos, sobre todo, que ella decía que era el preferido de Napoleón en Santa Elena. Vestía siempre de negro. Cuando estaba sentada y hablaba, solía jugar con los cinco anillos de boda: el suyo, el del emperador, los dos de sus padres y el de su hermana…

 

Pero el Madrid -y el país- que había dicho adiós a Eugenia de Montijo seguía su febril día a día, con las convulsiones propias del momento trémulo de cambios y modas, muy favorecedores, por ejemplo, de la irrupción de personajes atípicos como Garibaldi (el borracho eterno), o como una tal Ana Gallo (una conocida visionaria que, una década antes, había sido noticia al ver derribada su humilde vivienda anexa a la iglesia de San José, al iniciarse las obras de la Gran Vía); o -una más del numeroso ejército de intérpretes- la inefable cupletista conocida como Totó, artista distinguida y muy elegante que por su gran clase en el vestir acabaron apodándola “La Infantita”, por el aquel de la “supuesta” elegancia de las allegadas a la familia real.  Loca, en efecto, por los “trapos”, sólo la vestían firmas de modistos internacionales de la calidad de unos Paquin, Drecoll o Lanvin. (Totó, cuando no actuaba y asistía como espectadora, solía tomar asiento en un palco estratégicamente ubicado de cierto selecto teatro para que todos pudieran admirar su abrigo de armiño y, bajo el mismo, su modelo exclusivo de esa noche del modista parisino Paquin).  Que, por cierto, una y otra de las citadas (y el resto de los habituales a cafés y restaurantes) ahora tenían un nuevo local donde exhibirse y que enseguida se puso de moda: el de Juan Molinero, donde se comía y bebía, pero en el que también, se vivía el ambiente cosmopolita y exquisito de los nuevos salones de té.

Cosmopolitismo en ebullición con, por ejemplo, los nuevos estados y naciones nacidos de la desmembración de los imperios tras la Gran Guerra. En España, la gente quería saber, sin ir más lejos, qué era aquello de Checoeslovaquia. O, allá por la Rusia nueva, el porqué de una palabra maldita en la cotidianidad soviética: “rábano”. Pues, según un comentarista, era el nombre dado a los bolcheviques que no lo eran, pero lo aparentaban para enojo de Trotsky (eran “rojos” hacia fuera, decía una crónica, pero “blancos” por dentro). Y, en fin, la miseria crónica de los españoles seguía teniendo su válvula de escape en las masivas huidas hacia horizontes mejores, de manera que las navieras ofrecían sus servicios hacia América, en al menos tres líneas muy solicitadas: la de Cuba-Méjico, Buenos Aires o Nueva York-Méjico.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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