Cultura

Literatura, irrealidad y realismo en El Quijote

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El Quijote

Afirmar que El Quijote es una obra maestra puede parecer una simpleza, pero explicar por qué lo es resulta mucho más difícil de lo que pudiera esperarse. A la hora de leer a diferentes investigadores, estudiosos y críticos, sorprende comprobar que no hay unanimidad en precisar las razones que han convertido al Quijote en uno de los libros más influyentes de todos los tiempos. Curiosamente, entre los admiradores más entusiastas de la obra cervantina se encuentran los grandes escritores de novelas: Daniel Defoe se vanagloriaba ante los lectores del quijotismo de su Robinson Crusoe; la primera novela de Pierre Marivaux, Pharsamond, llevaba el subtítulo de Le don Quichotte Francais; Henry Fielding escribió una obra de teatro, Don Quixote in England, antes de proclamar en la portada de su novela Joseph Andrews que la había escrito “a la manera de Cervantes”; Stendhal y Flaubert reconocieron públicamente su influencia, al igual que Dostoievski; Nikos Kazantzakis dedicó una de sus novelas a Sancho Panza, y Faulkner afirmaba que leía El Quijote todos los años, “como otros hacían con La Biblia”.

Es posible que una de las causas por las que el libro de Cervantes gusta tanto a los escritores sea que, aunque no lo parezca, uno de los grandes temas de la novela es la literatura: por entre sus páginas pululan lectores y escritores, relatos orales y relatos escritos, reflexiones sobre el teatro, la novela y la poesía y, sobre todo, libros, muchos libros. En palabras de cervantista británico John J. Allen, “Libros y manuscritos son comprados y vendidos, representados, anotados, traducidos, criticados, impresos, ojeados, leídos en voz alta, quemados, enterrados y hasta pateados en el infierno”.

Cuando Cervantes nos dice varias veces a lo largo del texto que El Quijote es una invectiva contra los libros de caballerías, lo que nos está indicando en realidad es que ese fue el impulso primero a partir del cual se gestó la obra. Evidentemente, El Quijote es mucho más que una parodia de los libros de caballerías: la hondura que encontramos en sus páginas nos mueve a múltiples reflexiones, ofrece distintas perspectivas y conduce a tantas y tan variadas conclusiones que, cuando Martín de Riquer afirma que “El que no se da cuenta de que El Quijote es un libro divertido lo ha entendido tan poco como el que no ha reparado en que es un libro triste”, nos está dando una de las mejores y más concisas definiciones sobre la novela de Cervantes: el lector puede acudir a ella en cualquier momento y con cualquier estado de ánimo para buscar lo que le apetezca encontrar en ese instante –humor, acción, reflexión, simbolismo, incluso teoría literaria, pues todo tiene cabida entre sus páginas– , y siempre lo hallará, pero acompañado, además, de su contrario.

El ideal de justicia de El Quijote

El ideal de justicia de don Quijote es la antítesis de la injusticia que él mismo encontrará a cada paso por el mundo; su extrema dignidad lo llevará al ridículo en ocasiones, pero en las situaciones más ridículas no encontraremos jamás a nadie tan digno como él, al mismo tiempo que la hilaridad que en el lector provocan esas situaciones se transforma en congoja al advertir el sufrimiento moral que producen en el protagonista; si al hidalgo le llaman loco, a su escudero se le tiene por cuerdo; pero cuando don Quijote “recobra” la sensatez, Sancho le anima a seguir siendo un orate y a salir de nuevo a los caminos en busca de aventuras.

Incluso el amor puro y perfecto, idealizado en la figura de Dulcinea del Toboso, se transforma de pronto ante nuestros ojos, y ante los del propio hidalgo, en una mujer vulgar, de poca inteligencia y no muy agraciada… Todo el libro, en definitiva, está formado en torno a los contrastes entre la teoría que el hombre tiene de la vida y la brutal imposición de la verdad, y así, cuando en las páginas finales don Quijote dice recuperar el juicio y vuelve a estar mentalmente sano a los ojos de los demás, el autor parece decirnos que la cordura no es otra cosa que aceptar la imperfección del mundo.

Pero lo que convierte en único al Quijote, lo que nadie antes de Cervantes y nadie después de él ha podido hacer con tan aparente naturalidad, es el asombroso juego de espejos en el que se mezclan ficción y verdad, realidad y literatura: el mundo real se adentra en el libro e influye en él, mientras que los personajes hablan con naturalidad de lo que está sucediendo más allá de las páginas que habitan. En este sentido, el comienzo de la segunda parte es un verdadero prodigio: Sancho le cuenta a su señor que su historia había sido narrada en una novela famosa, y así nos enteramos de que algunos personajes del Quijote dicen haber leído el libro en el que habitan. Y no sólo eso, sino que ante los ojos del atónito lector hablan de la obra literaria de la que forman parte, y la ponderan.

Errores en la novela

Pero Cervantes va mucho más allá: los evidentes errores que el autor cometió al escribir la primera parte, errores que tanto han molestado a algunos críticos y escritores –entre ellos, a Nabokov–, son comentados por los personajes de la novela, que critican a Cervantes e incluso al mismísimo impresor por su descuido, convirtiéndose así todas estas realidades –el autor, el impresor y los errores– en elementos del texto de ficción que estamos leyendo. Incluso el falso Quijote, el de Avellaneda, aparece primero como libro y luego como personaje, e influye en la trama del Quijote verdadero, puesto que el hidalgo manchego decide no dejarse ver por Zaragoza, como tenía pensado en un principio, “Para que no le confundan con el falso”. Según Martín de Riquer, ni siquiera Pirandello se atrevió a tanto.

El citado ejemplo de la segunda parte no es el único. A lo largo de todo el libro, Cervantes juega con la realidad apareciendo y desapareciendo él mismo de entre las páginas que escribe, ora como personaje –cuando el sacerdote de la aldea de don Quijote se refiere a él, afirmando conocerle–, ora como autor de la novela, ora como mero transcriptor de la misma. El mismo sacerdote se atreve a criticar una anterior novela de Cervantes, La Galatea, y no para ensalzarla, precisamente, mientras que el autor, que a veces nos cuenta más o menos explícitamente cómo está escribiendo el libro –véase, por ejemplo, el prólogo a la primera parte–, en otras ocasiones se distancia como narrador, colocando entre él y el lector el manuscrito de Cide Hamete Benengeli. Lo sorprendente es que, con todo este ir y venir de la realidad a la ficción, Cervantes logra convencernos de la verosimilitud de lo que estamos leyendo, hasta el punto de que El Quijote ha sido definido como prototipo de la novela realista. Y este magnífico logro, una de las mayores aportaciones de Cervantes a la literatura universal (lograr el efecto de admiratio dentro del límite de lo plausible) no es, ni mucho menos, un hallazgo casual: a lo largo de todas sus obras advertimos su preocupación por lo que puede o no ser verosímil, y esto sucede ya en su primera novela, La Galatea, en la que tanto el autor como los personajes rechazan lo fantástico, deteniéndose incluso a reflexionar sobre la diferencia que hay entre “milagro” y “misterio”.

En definitiva, aparte del virtuosismo de Cervantes y de la evidente modernidad de su novela, suele haber consenso en señalar otros tres aspectos esenciales que confieren al Quijote la categoría de obra maestra: en primer lugar, Cervantes es el primero en rechazar los géneros novelescos y en liberarse de los formalismos que éstos exigían, evitando de esta manera quedar condicionado estilística y temáticamente. Al contrario, los fusiona todos, lo que le otorga al autor una libertad absoluta para moverse a su antojo por todos los caminos que decida explorar, enriqueciendo de esta forma su creación con múltiples aspectos. En segundo lugar, se niega a establecer una autoridad en la narración, y con su manejo y manipulación de los diferentes puntos de vista Cervantes nos enseña que una misma historia puede contarse de distintas maneras, que un mismo hecho puede llevar a distintas conclusiones y que la verdad no debe buscarse en la certeza, sino en la duda. Por último, gracias a lo anteriormente mencionado crea la novela realista, y con ella las bases del desarrollo posterior de todo el género narrativo, hasta el punto de que se ha llegado a decir que toda ficción en prosa es una variación sobre El Quijote.

Enrique Gismero es el autor de “Los corazones quietos”, premio Miguel Delibes de narrativa
Enrique Gismero
Escritor y poeta

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