Cultura

Lo que Mozart pensaba

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Ópera Teatro Real Mozart La Flauta Mágica
Foto: Javier del Real | Teatro Real

En la rueda de prensa de la presentación, hubo una pregunta sobre el aria de Monostatos. La cuestión, que recordaba una de las numerosas polémicas sobre ese personaje, definido en el libreto como «moro» y «negro», quería saber si la producción de Suzanne Andrade y Barrie Kosky había tenido en cuenta este factor. No, respondió su intérprete, el tenor Mikeldi Atxalandabaso. Tras uno de esos silencios masticables, el cantante recordó que su personaje lleva una intensa capa de maquillaje blanco. Como Nosferatu, recordó el director artístico del Teatro Real, Joan Matabosch, que recondujo la pregunta hacia una reflexión sobre la literaridad: «Cada obra es hija de su tiempo».  Matabosch recordó que la acción de la obra se mueve en el universo del cuento de hadas, donde existe una simbología vinculada la luz y la oscuridad, y lo mismo sucede con el trasfondo ideológico, que busca defender las ideas de la Ilustración.

Este tipo de cuestiones llevan años siendo habituales en los teatros de ópera de toda Europa, como puede comprobarse en este artículo de Tim Ashley en The Guardian de 2008. En el Teatro Real se han visto preocupaciones sobre Otelo y la violencia de género o a nacionalistas ofendidos por cómo Carmen o The Indian Queen vejaban la imagen de lo patrio. En su texto, de hace más de diez años, Ashley realizó una aclaración que debería ser casi sonrojante: «Los valores de la Ilustración del siglo XVIII, por progresivos que fueran, eran blancos, masculinos, heterosexuales y predominantemente burgueses». Es decir, la Ilustración pertenecía a su tiempo y no, al nuestro.

La Flauta Mágica puede ser vista como una obra sexista, racista o clasista… si Emanuel Schikaneder hubiera escrito el libreto el año pasado, pero lo hizo a finales del siglo XVIII. Cada obra es hija de su tiempo y su actualización depende en gran parte del espectador que debe hacer propio porque de esa reescritura depende su pervivencia. La obra de arte es abierta, como recordó Umberto Eco, no tiene un mensaje concluso y definido ni una forma organizada unívocamente. Si leemos de forma literal, si sólo vemos lo que existe, si no dialogamos con el texto para hacerlo contemporáneo, estamos enterrando la obra y nosotros vamos detrás.

Con ocasión de una polémica puesta en escena en el Palau de les Arts, la crítica Rosa Solà recordó que la ópera de Mozart tiene muchos estratos de significación: «En uno de ellos se contrapone –o se complementa- lo aristocrático con lo popular. En otro, el mundo filosófico y racional con el del sentimiento y la sensualidad. En un tercero encontramos lo femenino frente a lo masculino. Un cuarto enfocaría la lucha por el poder. Envolviéndolo todo, el simbolismo de la masonería (a la que pertenecían tanto Mozart como Schikaneder, autor del libreto). Por último, los elementos fantásticos que contiene permiten encuadrarla, aunque sólo aparentemente, en el marco de un cuento para niños». Y, siempre, dentro de su tiempo. Incluso, cabe tener en cuenta que la obra se compuso para una compañía de teatro popular y que incluso existe la teoría de que el personaje de Monostatos está inspirado en un músico mulato, Joseph Bologne, a quien Mozart tenía tirria.

Sacar las cosas de contexto para descifrarlas literalmente es una práctica habitual en el debate público y, en concreto, en las redes sociales, pero no sirve para enfrentarse al arte. La literalidad aplana la obra de arte para ser analizada por una cartografía activista que, como señala el periodista Daniel Gascón, hace que las obras importen más por sus temas que por sus personajes o por la habilidad con la que están hechas.

La puesta en escena de Andrade y Kosky busca alejarse de la literalidad y de la sobreinterpretación

La impresionante puesta en escena de Suzanne Andrade y Barrie Kosky, basada en el cine mudo, busca alejarse tanto de la literalidad como de la sobreinterpretación, otro de los problemas que sufre el arte. Lo mismo que se descifraban los augurios para la batalla en las tripas de los pájaros, hoy se acude –acudimos– con frenesí a buscar en todas las obras las metáforas que interpreten la realidad política, exprimiendo hasta la pulpa el camino iniciado por la Escuela de Frankfurt. Es decir, si la puedo convertir en mercancía para el mercado competitivo de ideas o de distinción. Como recuerda la crítica Jessa Crispin, «si decidimos que una obra es importante, podemos ahorrarnos la tarea más trabajosa de valorar si es buena o mala».

Es probable que el éxito de esta producción, estrenada hace ocho años en Berlín y representada en el Real por segunda vez tras el triunfo de 2013, esté en su alejamiento de las cuestiones anteriores y su confianza en la palabra entretenimiento. Matabosch insistió en varias ocasiones durante la presentación en que la ópera había tenido un nacimiento popular y que el montaje era un regreso a ese mundo. Andrade y Kosky utilizan elementos del cine mudo, la animación o el cómic en un montaje que no usa escenografía física, sino proyecciones. La parte recitada se transforma en los carteles de cine mudo, arropados por un pianoforte sentimental (Fantasía en Do menor), y los personajes asumen la caracterización de diversos personajes de la primera época dorada del cine, Rodolfo Valentino (Tamino), Louise Brooks (Pamina), Buster Keaton (Papageno) o Nosferatu (Monostatos). Estos dos últimos, quizá, por la claridad y profundidad que le otorga la referencia cinematográfica, son los que más llenan la escena, junto con la ovacionada Reina de la noche, convertida en una araña expresionista.

“El montaje se asemeja a lo que Mozart pensaba”

Los intérpretes tienen que realizar un trabajo de precisión para colocarse justo en el lugar donde se proyecta la imagen y eso hace que, en ocasiones, haya un cierto estatismo. No se puede tener todo. El humor y la velocidad de la imagen, que arropan a unos personajes (Papageno) más que a otros (Tamino) completan la conexión que permite la maravillosa partitura y todo se convierte en disfrute. “El montaje se asemeja a lo que Mozart pensaba”, se dijo en la presentación. Quizá. Lo que es más probable es que se convierta en referencia para todos los demás.

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Jorge Dioni
Leo y escribo. Tengo gafas y pelo en la cara como Luis Carandell, Vázquez Montalbán y el Gato Pérez.

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