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Los odiosos contrastes

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Los odiosos contrastes

Tres lustros después, para justificar su levantamiento contra un gobierno legal, los golpistas de 1936 se escudaron en la inestabilidad política y en la violencia en todo el país. Ellos, decían, venían a poner orden, un orden que la República no podía garantizar. De camino, colgarían a la pobre República el sambenito de un régimen ligado a la inestabilidad y el terror. Pues bien, en aquel año de 1920 y en los anteriores (y proseguiría después), con la monarquía restaurada y sostenida por los partidos turnantes, las cifras daban vértigo: si en 1917 se habían contabilizado más de 71.000 huelgas, en este año  ascenderían hasta las 245.000. Eso, teniendo en cuenta la guerra total declarada por las patronales y el ejército a los sindicatos obreros, una y otra vez aplastados con otras cifras aterrorizantes de víctimas a cuenta de los mamporreros al servicio del “orden”, uno de los más destacados un tal Barón de Koenig (un aventurero alemán contratado por los patronos) que, al final, fue expulsado del país por ser demasiado cruel incluso para sus sostenedores. Incluso un periódico de derechas lo despidió así: “se va el príncipe de los canallas”. Pero para asfixiar aún más la miseria de los obreros huelguistas, la patronal puso en marcha el cierre empresarial, de manera que esta imposibilidad de acudir al trabajo, añadió al insufrible número de parados más de 200.000.

Sin duda aquellos “locos 20” fueron también todo esto. Aunque en muchos ambientes eso se ignorara (¿deliberadamente?) y algunos privilegiados transitaran por los caminos de una “dolce vita” avant la lettre, con champán regando los regazos de las cupletistas, y los nuevos ricos nacidos de los negocios durante la guerra, despilfarraran sus ganancias en bacanales y ostentaciones absurdas, mientras el pueblo español no solo no recibía ni las migajas de aquellos “negocios” redondos, sino todo lo contrario. Blanco y negro, día y noche, esa parte lúdica de la vida española la protagonizaban las artistas en general, y de manera sobresaliente, las cupletistas y bailarinas. Ellas copaban portadas de revistas y noticias frívolas, con temas que se hacían enormemente populares y que creaban sin descanso todo un ejército de letristas y músicos. Por ejemplo: El arte del cuplé (Argentinita), Las caramellas (Pilar Alonso) o El relicario (Raquel Meller). En parte viviendo de las ubres de ese mundo, destacaba una prensa especializada, unos periódicos sicalípticos y ligeros como, por ejemplo, El Patio de Monipodio o La Zarpa, donde se mezclaban textos atrevidos opositores de la moral al uso, con andanadas anticlericales. También -ya se ha dicho que eran tiempos de rebeldías y de cosas nuevas- otra prensa se dirigía a otra clase de lectores (en este caso lectoras), como fue la salida de sendas revistas destinadas a la mujer: la progresista Las Feministas y la muy pía (patrocinada por la Iglesia) Acción Católica de la Mujer.

  No se parecía a ninguna de las anteriores la revista Grecia, aunque también recibía en sus páginas algunos nombres femeninos, como la argentina radicada entonces en España, Norah Borges, una más que estimable artista plástica. Esta última y los demás colaboradores de Grecia, enarbolaban, desde aquellas páginas, la bandera subversiva del ultraísmo. Norah Borges estaba recién llegada a España desde Argentina, donde vivía también su hermano Jorge Luis, asimismo colaborador de esta publicación, primero editada en Sevilla y desde este año trasladada su redacción a Madrid. Muy amantes de los “manifiestos” (ahí estaba Marinetti y su Futurismo), sus hacedores (a la cabeza, Guillermo de Torre) llamaron al de este año Manifiesto Vertical, en el que se apostaba porque, textual, “las linotipias sufran un ataque de histeria”. Pero, además de la muy activa Norah, otra mujer figuraba en aquellas páginas. Ella firmaba. equívocamente, como Luciano de San-Saor, aunque realmente esos textos habían salido de unas manos femeninas pertenecientes a Lucía Sánchez Saornil, uno de los nombres, por cierto, adheridos al Manifiesto Ultraísta, y que ya en su primera colaboración -entusiasta- había dedicado su texto “A mis hermanos de Grecia, todos Caballeros de la Santa Orden del Ensueño”.

De gran acontecimiento se tildó la apertura en la calle más castiza de España, la madrileña “c’Alcalá”, de uno de los primeros cabarets típicamente “parisinos” inaugurados en la capital de España (en Barcelona, como siempre, se habían adelantado un poquito antes). Maxim’s sería el nombre (por demás poco original…) del nuevo local, muy lujoso y magníficamente decorado, lo que contribuyó a que enseguida fuese uno de los lugares de moda de la ciudad. Pero no era el único ya que, al margen (y olvidados) los obreros en paro y la miseria general del país, los que vivían bien, o simplemente podían vivir, tenían donde escoger entre el nuevo Maxim’s, el, por el contrario, alejado del centro, Parisiana (en los altos de la Moncloa), o el muy céntrico también Villa Rosa, un colmao muy popular donde su majestad la juerga tenía su sede, con “elegantes gabinetes reservados”, según rezaba la propia publicidad del local. (Muy pronto, en estos y otros lugares, aparecerían las “tanguistas” -y su derivación, las “mujeres-taxis” o taxi-girls, creadas para ser pisoteadas por los aprendices de bailarines de las numerosas academias artísticas que ya existían en la ciudad-. El “paisaje” de la ciudad se volvía cosmopolita y “europeo”, como se podía ver a la entrada del citado Maxim’s, donde “imponía” la presencia de un portero lleno de galones -como un mariscal-, de auténtica raza negra, que abría la puerta a cada uno de los estirados clientes que accedían al interior.

En los antípodas de todo lo anterior, y como muestra de la convivencia de actividades contrapuestas, vivían también buenos tiempos editores y libreros, que ofrecían a los lectores una variada gama de títulos y temáticas, desde los clásicos de todo pelaje (incluidos, tímidamente, los revolucionarios), hasta las mil y una (casi no exagero) colecciones de literatura de bolsillo, novelas cortas y narraciones suavemente eróticas que, en libre mezcolanza, podían encontrarse, por ejemplo, en la muy visitada Librería de Fernando Fe, en plena Puerta del Sol madrileña (entre otras muchas de Madrid y de cualquier ciudad del país).

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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