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Nixon y Elvis, los dos ‘reyes’ de Estados Unidos

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Las trece colonias originales se independizaron de la metrópoli (Inglaterra) para no tener un rey que les impusiera impuestos sin su consentimiento. Sin embargo, su Constitución muy pronto, tanto como en 1787, les dotó de un presidente, con unos enormes poderes, una especie de rey temporal cuyos mandatos están limitados por previsión constitucional. Este marcado presidencialismo se vio incrementado durante el siglo XX como consecuencia del ascenso de EEUU al estatus de primera potencia mundial.

Elvis and Nixon (Terry Stacey) explora las implicaciones metafóricas de la idea de los dos reyes que tuvo Estados Unidos a principios de la década de los 70. Por un lado, el controvertido presidente Richard Nixon y, por otro, el rey de la cultura popular americana de la segunda mitad del siglo XX, Elvis Presley. La película, una inteligente comedia, explora las implicaciones, en clave de historia de ficción, de cuál pudo ser el contenido de una celebre reunión que tuvieron, en las navidades de 1970, los dos máximos mandatarios de Estados Unidos: el institucional (Nixon) y el popular (Presley). La película, interpretada por la dupla de actores Kevin Spacey (Nixon) y Michael Shannon (Presley), nos presenta a un Elvis muy preocupado por la deriva comunista y alucinógena de la juventud americana de fines de los años 60.

Para evitar la caída de EEUU en las garras de la contracultura y el comunismo, Presley quiere reunirse con Nixon al más alto nivel protocolario, para pedirle que lo nombre agente federal infiltrado en los movimientos contraculturales y así poder desactivarlos desde dentro. El argumento, un tanto disparatado, funciona como una inteligente parodia de la visión paranoica que tiene una parte de la sociedad americana (incluso hoy en día) respecto a todo aquello que sea o suene a izquierdista, contracultura o europeo.

La película también explora las implicaciones culturales del éxito de Elvis Presley, del cual se cuentan tantas leyendas urbanas que incluso la que plantea la película podría resultar creíble para los seguidores de la estrella del rock nacida en la ciudad de Tupelo (Mississippi). También explora los clichés asociados a Nixon (sus paranoias anticomunistas, su aversión a los Beatles, sus complejos, la opacidad de su administración…). Los diálogos son muy brillantes y explotan al máximo las posibilidades cómicas del encuentro entre los dos divos, los cuales exigen los mismos honores y distinciones.

¿Un sistema de votación deficiente?

Otra propuesta en el festival que tiene como temática la política americana es el interesante documental I voted (Jason Grant Smith), que analiza las disfuncionalidades de los sistemas de votación electoral en los EEUU y su influencia en la calidad de la democracia americana. El documental se estructura a partir del caso real de Alvin Greene, un desconocido ciudadano de Carolina del Sur quien en 2010 logró ganar las primarias del partido demócrata de su estado sin que ni politólogos, electores o periodistas sepan muy bien por qué.

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En EEUU, cada estado tiene un sistema de votaciones diferente y esto origina que existan multitud de modalidades de votación, muchas de la cuales han resultado muy controvertidas (voto electrónico, cartulinas perforadas etc…), en la medida en que no garantizan que el resultado del voto coincida con las preferencias de los electores. Sin ir más lejos, podemos recordar lo compleja y escandalosa de la elección presidencial del año 2000, donde se hicieron tres recuentos de los votos del estado de Florida, especialmente complicados por la complejidad del diseño de las propias papeletas y las dudas que suscitaba cada resultado.

En tiempos más recientes, por ejemplo, se han producido graves irregularidades en estados como Florida o Carolina del Sur, ya que las pantallas táctiles de los sistemas de voto electrónico no permiten, muchas veces, seleccionar al candidato deseado. Tampoco hay, en muchos estados, sistemas de auditoria de las votaciones realizadas e incluso es técnicamente posible, como se demuestra en el documental, hackear los sistemas informáticos electrónicos que gestionan el voto.

La cinta explora la paradójica idea de que EEUU, que en fechas recientes se ha erigido como campeona de la democracia en el mundo, no puede garantizar que sus elecciones sean verdaderamente democráticas. Durante los 80 minutos de duración del documental, vemos desfilar a políticos de todo signo, profesores de ciencias políticas e informáticos, que desnudan las insuficiencias y deficiencias en los sistemas de votación.

Tribeca y la comedia, comprometidos pero con un toque de humor

Si por algo se ha caracterizado la XV edición del festival de Tribeca es por la proliferación de comedias de todo signo en la programación. De entre las muchas que se han programado, quizás merezca la pena destacar tres bastante logradas. Por un lado Dean, de Demetri Martin, quien nos presenta una comedia en la línea del mejor Woody Allen sobre la diferente manera en que un hijo (Demetri Martin) y su padre (Kevin Kline) afrontan la pérdida de una madre y esposa. Mientras que Kline (el padre) se refugia en la soledad de los libros de autoayuda para superar su duelo y espera que su hijo Dean haga lo mismo, él decide poner fin a su relación con su novia y viajar a Los Angeles para encontrar su lugar en el mundo.

La película explora las diferencias a la hora de entender la vida del Oeste y el Este del país, así como la idea de que no hay una sola forma de enfrentarse al dolor sino un conjunto de posibilidades cuya elección depende de uno mismo. La cinta combina brillantes diálogos (muchos de los cuales solo se aprecian plenamente en versión original) con imágenes animadas, realizadas por Dean en su cuaderno de viaje, que intentan representar simbólicamente los estados de ánimo por los que pasa el protagonista.

Otra comedia que tiene al duelo por la pérdida de un ser querido como centro de atención es la última y esperada película protagonizada por la famosa actriz Susan Sarandon, The Meddler. Esta película también juega con la idea del contraste regional entre el Oeste y el Este de EEUU a través del personaje de Marnie Minervini (Sarandon), una mujer de mediana edad que enviuda y decide abandonar Nueva York para asentarse en Los Angeles, donde intenta ejercer de madre protectora de su hija, que esta pasando un mal momento emocional. La película es una buddy comedy al uso, sin mayores pretensiones que las de entretener al público durante hora y media y que destaca sobre todo por la gran interpretación cómica de Sarandon, como madre helicóptero de todo el que se ponga por delante: hija, amigas de la hija, ancianos enfermos, jóvenes con problemas…

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Mucho más interesante es la comedia indie de moda My blind Brother, ganadora de un distinguido premio en el pujante festival indie South by Southwest de Austin (Texas) y que se ha presentado para un público más amplio ahora en Nueva York. La película se centra en el particular triángulo amoroso que se establece entre una pareja de hermanos, donde el hermano es invidente y la chica que cree que es gafe. La película parte de las posibilidades cómicas que permite plantear un trio amoroso, en la estela de lo que hizo Lubitsch en la década de los 30 con Una pareja para dos y las posibilidades cómicas inherentes (tipo No me chilles que no te veo” de Arthur Hiller) de una pareja formada por un vidente y un invidente (los dos hermanos) que no se soportan pero que tienen que convivir.

Tiene un guión muy ingenioso, lleno de situaciones hilarantes y presenta hasta una pequeña moraleja acerca de cómo debe entenderse la discapacidad, sin caer en el moralismo al uso en este tipo de películas. Se trata de una cinta que ha tenido tanto éxito en su estreno en Austin que, pese a ser un producto indie, basado en un corto previo de su directora Sophie Goodhart, ha desatado una guerra entre las grandes productoras del país por hacerse con los derechos de su distribución.

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