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Nuestro novelista más internacional

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La España de la post-guerra (sic) europea (que también nos salpicó a los españoles el desbarajuste mundial producido por las secuelas de la terrible conflagración) vivía una época turbia, cargada de tensión, pero también transformándose poco a poco, por aquello del “signo de los tiempos”, en algún momento empujado por verdaderos huracanes. Pues bien, eso tenía un primer reflejo en la prensa, con la coincidencia en los kioskos de numerosas cabeceras de todos los colores, del blanco al verde, y de casi todas las ideologías y tendencias, del monarquismo al anarquismo. Una primera aproximación nos hablaría de títulos como Acción Católica de la Mujer, Armas y Letras, Las Feministas, El Fulminante, Helios, No va más, La Opinión, El Patio de Monipodio, La Pluma, La Semana Deportiva, El Somatén, Torerías, La Voz y La Zarpa. Todo un arcoíris de lecturas para todos los gustos: satíricos, feministas, literarios, espectáculos o información general.

Una prensa que hablaba, por ejemplo, del hambre. Mala palabra y peor realidad que se colaba en todos los ambientes, incluso el menos esperado. Así, uno de los últimos cuplés se titulaba El lockout, que, cantado por la Preciosilla, hablaba de “… cuando no está de huelga,/ le declaran el “lockout”… / el “lockout” matrimonial”. En este caso, ese cierre patronal era trasladado al previsible novio de la intérprete, que no estaba por la labor de contraer cualquier clase de matrimonio. Al mismo tiempo, algunos analistas enlazaban la reaparición en el pueblo malagueño de Álora de una partida de bandoleros, para aquel articulista, algo “folklórico” a la sazón pero que, y aquí estaba el peligro, no era sino consecuencia de lo mismo, de esa peste que se extendía por doquier: de nuevo el hambre. Claro, que ya en plan bromista el cronista animaba al gobierno y a las autoridades para que organizaran “tours” turísticos para que nuestros visitantes pudieran ver, en vivo y en directo, al típico bandolero andaluz.

En paralelo -siempre existía enfrente lo otro…-, los que no padecían, no digamos hambre, ni siquiera problema alguno para vivir bien, hacían de eso, de la vida, un “dolce far niente”, de manera que de cara al verano, ya poblaban las calles de Madrid las acogedoras terrazas de los cafés, una moda relativamente reciente que provocaba el florecer en las aceras de la calle de Alcalá, de sillas, veladores y los grupos de amigos y amigas tomando el aperitivo, con sus cervezas o refrescos acompañados de algún exquisito marisco. O, en otro espacio más elevado que el de la burguesía, en la familia real se celebró a lo grande la jura de bandera del Príncipe de Asturias, casi un crío ya enfermo pero que tuvo que soportar toda una ceremonia inacabable bajo un sol de justicia.

Y, tanto unos como otros, alta burguesía y aristocracia, ya preparaban su veraneo, naturalmente en el norte (el sur y el levante no existían para unos veraneantes que lo que buscaban, huyendo de Madrid, sobre todo, era el fresco de la cornisa cantábrica). Las compañías ferroviarias, sobre todo la del Norte, ofertaban sus billetes para las líneas Madrid-Hendaya, o Madrid-Santander (en este último trayecto, los convoyes tardaban casi 13 horas en culminar el recorrido), a sumar las más populares de Madrid-Asturias y Galicia, y Barcelona-Hendaya. Eso sí, con ser casi eterno cada uno de esos viajes, los más desahogados podían pagarse el suplemento de los cómodos coches-cama, y así mismo una mesa reservada en el restaurante del tren. (También como ejemplo de unas vidas confortables, en esta última ciudad de Barcelona, se celebraron las Pruebas de Regularidad con la popular Vuelta a Cataluña en Automóvil, repartiéndose los premios sendos “sportman”, uno de ellos, por cierto, un diputado llamado Riera.)

En Madrid, el ya anciano doctor Cortezo, recibía un homenaje con motivo de sus bodas de oro, no solo con la medicina sino también como político que había sido. Hombre entregado a su primera profesión con pasión, dirigía la revista especializada El siglo médico, y, recientemente, se había inaugurado en el Parque del Retiro un monumento en su honor. Era, sin duda, otra España, como lo era también la de los artistas, que culminaban el tiempo de la esperada conclusión de la Exposición Nacional de Bellas Artes y los correspondientes premios y premiados. Entre otros, se alzaron con las principales medallas, el exquisito Julio Moisés, premiado por un bonito “Retrato” de una no menos exquisita dama. Y, así mismo, el especializado en temas del mar, Ricardo Verdugo Landi -también periodista-, galardonado por una de sus bellísimas “Marinas”. Artista también, pero de la pluma, era Vicente Blasco Ibáñez, a la sazón viviendo ya de las rentas de sus muy comerciales novelas que devoraban y le quitaban de las manos, sobre todo los yanquis. El gran golpe lo había dado con Los cuatro jinetes del Apocalipsis, ambientada en la Guerra Europea y que iba ya por su 55 edición (y que sería llevada al cine). Y, ahora, entre conferencias magníficamente pagadas y el nombramiento como Doctor por la Universidad de Filadelfia, el novelista valenciano pensaba en volver a España con su última narración ya lista bajo el brazo: Mare Nostrum, y a punto la siguiente: El enemigo de las mujeres.

  Sin irnos del extranjero, en la ciudad eterna, era canonizada en una ceremonia excesiva la “Doncella de Orléans”, la mítica guerrera francesa Juana de Arco. La canonización había sido solicitada y esperada, por millones de fieles en todo el mundo católico. En los antípodas de esa ciudad santa, Roma, la otra capital de la infernal Rusia Soviética, Moscú, sus dirigentes habían conseguido que algo tan pragmático como el comercio rompiera el cordón sanitario de Occidente contra el gobierno bolchevique. De manera que, ya como una realidad y como hecho inmediato, respectivamente, los rusos abrieron diálogo económico con el Reino Unido, mientras los Estados Unidos se lo estaban pensando. Y en referencia a esa realidad, por aquí algunos se preguntaban qué hacíamos nosotros, qué haría España al respecto. Claro, que, si de aproximación se trataba, algunos se iban demasiado lejos en el espacio y en el tiempo. La prensa hablaba de un hipotético “Diálogo con Marte” que se podría iniciar a través del gigantesco telescopio que la Universidad de Harvard tenía en Arequipa (Perú), un seguimiento espacial que contaba con la contribución de Guillermo Marconi, que a través de su estación radiotelegráfica instalada en su yate, decía poder recoger las señales emitidas desde el planeta rojo.

Para terminar, otros extremos opuestos que, sin embargo, convivían en la misma piel de toro: uno, lúdico, pícaro y refrescante como era el muy de moda “género ínfimo”, donde reinaba el cuplé y que, según los comentaristas, estaba devorando absolutamente al ya en retirada “género chico”. Junto a ello, la España más negra, la de las penas de muerte y las ejecuciones públicas a garrote vil. Artefacto asesino utilizado por la sociedad para sus venganzas y que zahería en un artículo el escritor Alberto Valero Martín, titulado así: “Garrote Vil”, donde hablaba de que ese instrumento de tortura era  el último escalón de “crueles represalias penales” de una sociedad vengativa e insensible.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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