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Por qué nos gustan unas canciones y odiamos otras

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Carl Wilson
Carl Wilson

Por qué nos gustan unas canciones y odiamos otras 1Música de mierda: un ensayo romántico sobre el buen gusto, el clasismo y los prejuicios en el pop es un magnífico libro escrito por el crítico cultural canadiense Carl Wilson. Titulado originalmente Let’s talk about love. Why Other People Have Such Bad Taste, apareció en español en 2014, siete años después de su edición primigenia, traducido por Carles Andreu para la editorial Blackie Books.

Tener buen gusto

El buen gusto, como su título español remarca con clarividencia, es el objeto central de este ensayo divertido, profundo y a la vez útil para quienes nos preocupamos por considerar si cuanto disfrutamos de los productos culturales, de las obras de arte, tiene algún sentido más allá del mero entretenimiento que nos haga pasar el tiempo con cierto donaire. Aunque en realidad, el protagonista esencial del libro —siéndolo en líneas generales el arte, su creación y su despliegue frente a nuestros sentidos— es la música, cómo la escuchamos, por qué una sí y otra música no, y qué nos pasa cuando la disfrutamos o creemos sufrirla.

Por qué nos gustan unas canciones y odiamos otras 2En el prólogo, titulado ‘Los artistas que nos merecemos’, el escritor británico Nick Hornby, tan reconocido como enamorado de la música pop, centra todo el asunto sobre el que vamos a leer:

¿Quién decide si una obra de arte es buena?

Dado que es la cantante canadiense multivendedora y multipremiada archifamosa Céline Dion y la animadversión y burla que provoca entre la gente cool el núcleo esencial sobre el que se escribe el libro de Wilson, Hornby nos pregunta si es justo menospreciar, ridiculizar aquello que habíamos definido como la gracia del pop, esto es, su carácter democrático, ese que le permite al pop dirigirse a cualquiera, incluidos los que no tienen amigos o los que escriben blogs de música.

¿Qué tiene de malo Céline? ¿Qué mal nos puede hacer?

Hornby prologa Música de mierda tras leer el original y concluye taxativo que el aparato teórico con el que él había estado juzgando la música pop hasta entonces “era tan arbitrario y jerárquico como el del crítico de alta cultura más arrogante”. Me quedo con esa palabra, ARROGANTE. Sigo.

Lo primero que me atrapa del libro de Wilson es una pregunta. Suele pasar con los buenos libros.

“¿Por qué odiamos determinadas canciones, o la obra entera de determinados músicos, que millones y millones de personas adoran?”

El poeta francés Paul Valéry escribió (a comienzos del siglo XX), lo sé por Wilson, que “el gusto está hecho de mil aversiones”.Por qué nos gustan unas canciones y odiamos otras 3

Y otra pregunta para ir acercándonos lentamente al fondo del asunto:

¿Por qué no dejarse llevar [a la hora de escuchar música] simplemente por el propio placer?

Partimos del hecho de que, por mucho que en ocasionas pudiera reducirse, “la brecha entre el éxito de la crítica y el éxito popular nunca dejará de existir”. A los críticos, añado yo, les va la vida en ello. También partimos de saber que “todo el mundo tiene una biografía de gustos, una narrativa de preferencias cambiantes”. De hecho, muy probablemente descubriríamos algunas “verdades desagradables” si fuéramos capaces de analizar “nuestros miedos y odios, lo que consideramos mal gusto”. Otro punto de partida para todo esto: “civilización e hibridación son sinónimos desde hace siglos”.

Y, por fin, lo que este libro es:

Este libro es un experimento sobre gustos, un intento de abandonar deliberadamente una estética personal. Tiene que ver con las afinidades y los rencores sociales, y con cómo el arte y su comprensión pueden exacerbarlos o convertirse en un elemento de mediación. […] Sobre todo, de lo que se trata es de averiguar si los gustos de la gente, y en particular los míos, tienen algún tipo de base sólida”.

Porque, finalmente, todo esto se puede reducir a si la música sensiblera es o no de mal gusto. Música sensiblera en la que Dion es la Gran Reina. En su ensayo, Wilson le dedica muchas páginas a explicarnos cuáles son las raíces de la música schmaltz (del alemán, schmelzen, ‘derretirse’) para concluir que “la música sensiblera marea la perdiz, pero al parecer nunca termina de disolverse del todo en el crisol musical, sino que resurge una década tras otra”. Y es que esa música tal vez no busque únicamente la pura evasión sino servir como refuerzo social.

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Más preguntas de Wilson: ¿debería mantenerse el arte lejos de toda sensiblería, o es lo sensiblero “una necesidad humana fundamental” que no debemos dejar que se marchite?

No es posible, así lo ver el autor de Música de mierda, así lo veo yo también, que los 28 millones de fans de Céline Dion pudieran estar equivocados pero es poco probable que todos ellos se aburran al disfrutar su música. ¿Por qué nos aburre Dion a quienes nos aburre, entonces? La respuesta no está en Dion, en su carrera, en su saber hacer, en su personalidad artística. La respuesta está “en nosotros mismos”.

Y, cómo no, otra pregunta de Wilson:

¿Es posible hallar la objetividad en el gusto artístico?

Quizás, como se suele suponer, la belleza esté únicamente en el ojo del espectador.

El artista ruso Vitaly Komar le dice a Wilson algo bastante esclarecedor respecto del mundo del arte:

“El mundo del arte no es una sociedad democrática, sino totalitaria. No existe el equilibrio de poderes”.

Los criterios que se mueven en él, sus leyes, son creados por las mismas personas que toman las decisiones. “Los mecanismos de la democracia no son aplicables al arte”.

Sobre el gusto, la ciencia ha tenido poco que decir hasta ahora.

“La antropología ha encontrado muestras de música social (para el baile, en ritos religiosos y fiestas, para contar historias) en todas las culturas. La música para ser escuchada de forma pura es una anomalía, y la neurología ha demostrado que el placer por la música se estructura en función de la expectativa y la familiaridad, en una canción concreta (¿cuándo se resolverá el patrón y cómo?), entre canciones (¿se parece esta música a otra música que conocemos y nos gusta?) y entre géneros (¿conocemos las reglas de un determinado tipo de música?). Encontrar el equilibrio entre repetición y novedad es crucial: algunas canciones nos parecen demasiado complicadas para disfrutarlas, mientras que otras resultan demasiado manidas para suscitar nuestro interés”.

Una superioridad satisfecha

Wilson se mete de lleno, si bien brevemente, en la nueva disciplina de la neurobiología musical, para lo cual recurre al productor discográfico e investigador canadiense Daniel Levitin, quien, en su libro de 2006, This is your brain on music, piensa “que es posible que el cerebro esté construido para preferir la consonancia antes que la disonancia, los ritmos constantes antes que los caóticos, etcétera”.

“Sin embargo, estas inclinaciones parecen ser maleables, como indica el periodista científico Jonah Lehrer en Proust Was a Neuroscientist (2007). En el bulbo raquídeo existe una red de neuronas específicamente diseñada para clasificar los sonidos desconocidos en patrones. Si dichas neuronas logran su objetivo, el cerebro libera una dosis de dopamina que genera placer; si no lo logran, si se topan con un sonido demasiado nuevo, se produce un exceso de dopamina que nos desorienta y nos altera”.

Pero el caso es que esas mismas neuronas también son capaces de aprender. A base de repetición “pueden domar lo desconocido y convertir el ruido en música”.

“Que las filas de los aficionados a la música extravagante estén llenas de individuos con dificultades de socialización podría indicar que su inconformismo no es totalmente voluntario”.

En este sentido, hacia la mitad de Música de mierda, su autor se vuelca en un estudio francés efectuado entre 1963 y 1968, una encuesta llevada a cabo por un grupo de investigadores liderado por el sociólogo Pierre Bordieu. Como resultado de aquella encuesta se publicó una década más tarde, en el año 1979, un libro que es considerado un hito de la ciencia social, Criterio y bases sociales del gusto, en el que Bordieu considera poder demostrar que “el gusto es siempre interesado (y, más concretamente, interesado por uno mismo), y ese interés es social”.

“Lo que hemos acordado llamar gustos, decía, son en realidad una serie de asociaciones simbólicas que usamos tanto para distinguirnos de quienes ostentan un estatus social inferior al nuestro como para aspirar al estatus que creemos merecer. El gusto es una forma de diferenciarnos de los demás, de perseguir la distinción. Y su producto final es la perpetuación y la reproducción de la estructura de clases”.

El gusto, según Bourdieu (de quien Wilson no cree que en todo esto tenga “razón al cien por cien”), se emplea “para conseguir una ventaja competitiva”. Experimentamos los gustos como atracciones espontáneas que obedecen a elecciones personales. Y Wilson nos evidencia qué hay de verdad en estas reflexiones cuando nos habla de la música pop a través de la óptica cool:

“El cliché indie-rock de «antes me gustaba esa banda» —o sea: hasta que empezó a gustarle a gente como tú— es un claro mecanismo de distinción. […] Con el tiempo, las cosas cool dejan de serlo”.

Superioridad satisfecha. Ese sería el objetivo de la distinción que nos reservamos a través de los gustos.

“Tener gusto significa excluir”.

Como anticipé, Wilson refuta en su libro de alguna manera la esencia del discurso de Bourdieu. Para el autor de Música de mierda, los humanos no amamos la belleza, no disfrutamos de la música, no creamos imágenes sólo para lograr una ventaja competitiva. Puede que sí lo hagamos cuando comenzamos a hacer todo eso (amar la belleza…), pero la razón primordial por la que lo hacemos es “por su propio valor, por los beneficios que tradicionalmente se han asociado a la experiencia artística”.

En cualquier caso, Carl Wilson admite, muy en la línea bourdieana, que “nuestras preferencias estéticas son el doble de clasistas y discriminatorias de lo que la mayoría querríamos creer”.

Volvamos al asunto de lo sentimental. Sostiene Wilson:

“Durante un siglo o más, el sentimentalismo ha sido el pecado estético capital. Decir que una obra de arte es sentimental es condenarla forzosamente. Ser sentimental equivale a ser kitsch, falso, exagerado, manipulador, indulgente con uno mismo, hipócrita, hortera y falto de originalidad; es el arte de los pringados religiosos, los apologetas del conservadurismo y los siervos de las grandes empresas”.

Se dice del sentimentalismo que es manipulador: “se supone que toda la música debe manipular hábilmente al público y lograr que se conmueva”. Se dice del sentimentalismo que es falso: “todo el arte lo es, lo importante es ser una falsificación convincente, una mentira que parezca verdad”. En cuanto al punto de vista moral, reconoce Wilson que “no es tan descabellado preguntarse por qué son más loables los excesos en nombre de la rabia y el resentimiento que la falta de moderación subordinada al amor y a la conexión interpersonal”.

El historiador estadounidense Lawrence W. Levine “escribió que valorar el arte en función de su novedad o su radicalismo es ‘una falacia moderna que topa frontalmente con varios siglos de artistas folk que consideraban que su función consistía en personificar las creencias y significados de sus culturas en un idioma que sus compatriotas pudieran comprender’. El sentimentalismo en el arte popular es uno de los pocos vectores de la función de la música folk que todavía se cumple: ‘El arte está igualmente legitimado para ocupar una posición central en la experiencia común y para ofrecer a su público un sentido de reconocimiento y de comunidad’.”

¿Distorsiona la realidad el sentimentalismo al suprimir el lado más oscuro de las cosas? Carl Wilson entona uno de sus mea culpa que pueblan Música de mierda:

“Las emociones por sí mismas no son la solución a ningún problema, pero la empatía y la compasión son requisitos imprescindibles para la caridad y la solidaridad. Así pues, entre el sentimental y el antisentimental, ¿quién es el verdadero tullido emocional? Yo, sin ir más lejos”.

Existen unos imperativos modernos, la racionalidad y la ambigüedad, que inhiben verdades reprimidas del sentimiento humano como “lo melodramático y lo sentimental”.

“Uno no es consciente de hasta qué punto sus gustos pueden ser unos controladores egoístas hasta que intenta traicionarlos”.

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Las canciones que nos gustan

Es el momento de replantearnos aquella pregunta… “¿Por qué odiamos determinadas canciones, o la obra entera de determinados músicos, que millones y millones de personas adoran? Pero planteémosla ahora de una manera menos agresiva. ¿Por qué te gusta una canción?

Primer tipo de razones: una canción nos gusta “por la profundidad, la elegancia formal y el valor perdurable que crees intuir en ella, los parámetros tradicionales de la apreciación purista del arte”.

Segundo tipo: “por lo que tiene de novedoso, porque supone una aproximación original a algo viejo, aunque es posible que en ese caso solo te guste durante un tiempo breve (y que más tarde le guardes cariño porque evoca la época en que te gustaba, un recuerdo de la parte agradable de tener un pasado)”.

Tercer tipo: “porque se ha quedado anticuada, por la historia social que sus anacronismos revelan. Te puede gustar una canción porque su sentimentalismo te obliga a ejercitar las emociones”.

Cuarto tipo: “porque su sonido te resulta extraño y porque ofrece una visión de la diversidad humana”.

Quinto tipo: “porque es ejemplar, porque es la canción llenapistas o la pieza sensiblera definitiva”, o bien “porque representa un lugar, una comunidad o incluso una ideología”, o “por su popularidad, porque te vincula con la multitud: ser popular seguramente no la hace ser buena, pero en cambio sí la convierte en un bien, un servicio, y puedes escucharla para intentar descubrir el efecto que produce sobre otras personas”.

Resulta evidente que “no tenemos que amarlo todo”, no es esa la intención de Música de mierda: “amarlo todo no resolvería nada, pues eso equivaldría a no amar nada”. No se trata, no lo pretende Wilson con este libro, de que “todos terminemos teniendo los mismos gustos, por amplios que sean”. La conclusión de esta obra que cualquier apasionado sincero de la música leerá con sumo gusto es que…

“El hecho de tener preferencias musicales y gustos personales es positivo, siempre y cuando no seamos tan ingenuos como para pensar que estos son única y exclusivamente personales, ni tan egoístas como para negar la legitimidad de los gustos de los demás”.

Pero, que no decaigan nuestras ganas de buscar la belleza en cuantas obras crean los seres humanos: “el arte fallido y el arte genial existen, y vale la pena seguir intentando distinguirlos”.

Wilson lo tiene muy claro y lo plasma con singular destreza:

“Nuestros juicios no son más que un borrador en la historia del arte”.


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José Luis Ibáñez Salas
José Luis Ibáñez Salas es historiador, editor y escritor. Autor de 'El franquismo', 'La transición'. '¿Qué eres España?' y 'La Historia: el relato del pasado', edita material didáctico en Santillana Educación y sus textos aparecen también en publicaciones digitales como 'Nueva Tribuna', 'Periodistas en Español', 'Narrativa Breve' o 'Moon Magazine'. Su blog se llama Insurrección (joseluisibanezsalas.blogspot.com) y dirige la revista digital Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com).

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