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Richard Ford lleva al límite a Frank Bascombe en el Día de Acción de Gracias

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Richard Ford
Richard Ford

El escritor estadounidense Richard Ford nos presentó en el año 1986 a uno Richard Ford lleva al límite a Frank Bascombe en el Día de Acción de Gracias 7de los personajes literarios más humanos de las últimas décadas. Aquella novela se titulaba El periodista deportivo y sobre ella, que yo leí el año pasado (en la traducción al español de Isabel Núñez y José Aguirre), escribí ESTO.

El personaje se llamaba, se llama, Frank Bascombe, de quien yo sabía precisamente desde su segunda aparición, a mediados de la década de 1990, que es cuando le conocí leyendo otra portentosa novela de Ford, El Día de la Independencia, publicada en 1995 y traducida al español un año después por Mariano Antolín Rato. Sólo recuerdo una cosa de aquella lectura, con la que conocí también al portentoso Ford: que me pareció magnífica y que disfruté tanto que cuando años después supe que había publicado Canadá (no, en esa maravilla no sale Bascombe) no dudé en devorarla, con buen criterio.

La trilogía de Bascombe (que ya no es una trilogía, luego te lo explico) se prolongó en 2006 con Acción de Gracias, traducida al español por Benito Gómez Ibáñez, que acabo de leer estos días tras mucho esfuerzo por mi parte (se me ha hecho algo larga) y con la satisfacción de no haberme equivocado tras haberme obligado a mí mismo a completar la saga de una vez.

Ya sólo me queda por leer Francamente, Frank, compuesto por cuatro novelas cortas (relatos, más bien) y aparecido en 2014 en Estados Unidos (y un año más tarde en España).

“Lo que no se ve existe y tiene propiedades”.

¿Qué decir de Acción de Gracias (además de que semehahechoalgolarga)?

Richard Ford lleva al límite a Frank Bascombe en el Día de Acción de Gracias 8Sobre decirle que no a la muerte. Creo que sobre eso va la tercera de Bascombe (quien en su tercera aparición literaria se ha convertido “en anfitrión de un tumor de crecimiento lento en la glándula prostática”). Un Frank Bascombre que entiende la (reciente) matanza de Columbine como la simple “persistencia de la maldad pura”, no como una consecuencia de equivocadas formas de vida en pos del lujo. Un Frank Bascombe que es un agente inmobiliario y, como tal, comparte un objetivo con los novelistas: crear trascendencia “simplemente eligiendo, modificando y contando episodios vitales descontrolados”; crear “trascendencia vendiendo”, una cosa económicamente agradecida, más que la actividad del novelista (sí, ¿Richard Ford?). Un Frank Bascombe “licenciado en la concisión espiritual del Periodo Permanente, la época de la vida en que lo poco que uno dice viene entre comillas, cuando no hay muchas voces disidentes que te musiten dudas en la cabeza, donde el pasado parece más genérico que específico, cuando la vida es más destino que viaje” (es decir, el periodo en la vida de las personas “cuando la integración personal por fin se ha realizado”). El Periodo Permanente “viene cuando viene”, no a una edad determinada, y es “el fin del perpetuo devenir”, de ese creerse uno que la vida le planea maravillosos cambios. Sus beneficiosos efectos son la “ausencia de miedo al futuro, la imposibilidad de fracaso vital y el pasado reducido en su conjunto a un agradable borrón rosado”. Y, en él, cuyo primer principio es no hacerse muchas preguntas, “todo quebranto absoluto puede ser fatal”.

Acción de Gracias, una novela estadounidense (“Estados Unidos es un país perdido en su propio documento de garantía”) que transcurre, esencialmente, en noviembre del año 2000 (en los días anteriores y en el propio Día de Acción de Gracias de aquel año), en la que se dice de alguien muerto que querría que pusiera en su lápida ‘soportó alegremente a los imbéciles’; una novela en la que su protagonista (sí, Frank) odia a los hombres de su edad (de alguna manera a todos, dice preferir a un perro) pues piensa que todos, él mismo, emanan “una sensación de juventud perdida y tragedia en el horizonte”. Porque sí, quizás esta novela sea una novela sobre la juventud perdida y una tragedia en el horizonte.

El prójimo, en realidad —si no se es muy exigente—, no es tan malo”.

El ayer sirve para que nuestra personalidad se vea influida por el pasado (ese “conjunto ordenado y melancólico”), dicen Ford/Bascombe. Y también que “la vida es extraña, ¿qué le vamos a hacer?” Una vida durante la cual a todos acaba por ocurrirnos todo, lo bueno, lo malo, lo indiferente, “si andamos por este mundo lo suficiente”. Una vida que, “en gran parte, es sencillamente injusta”: algo que uno, Bascombe, va sabiendo cuanto más viejo se va haciendo, y “lo único que puede hacerse es empezar a acostumbrarse a este hecho, a distinguir entre asombro y desconcierto”. Todo esto no es más que “otra versión del miedo a morir”. Porque “la vida es algo que te pasa única y exclusivamente a ti”.

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“¿Cuánta vida tengo que aceptar?”

Frank Bascombe, capaz de estar a la vez “añorante y arrepentido” de un amor conyugal, convencido de que cuanto puede ser expresado puede acabar ocurriendo, de que no podemos impedir las sorpresas y los acontecimientos desagradables por el mero hecho de rebajar las expectativas y mantener las ambiciones al mínimo, convencido de que “lo que creas que te pasará después de la muerte es lo que va a pasar” (de tal manera que conviene ir pensando “lo que parezca más conveniente”).

Bascombe, que a veces escucha los discos de Ben Webster y sabe que “para cada persona, el amor significa algo distinto”, tiende “a concebir la vida como algo ficticio compuesto de hoy, quizás de mañana y probablemente no del día siguiente, con una pizca de pasado añadido si es posible”.

(“El Angst del milenio es miedo al pasado, no al futuro. […] Puede que el pasado no sea el mejor sitio donde lanzar la mirada cuando fallan las palabras”.)

Somos ligerísimos aviones de papel que planean “de maravilla antes de perderse en el olvido”. No obstante, para Frank Bascombe, pese a que nadie puede ser feliz y que “la vida es algo más duro”, esa misma vida es “también mejor”, mucho mejor que ser feliz: “en serio”. La vida, que es posible gracias a nuestra “continua ignorancia” a la hora de comprender determinadas cosas desagradables.

Un personaje femenino de la novela le dice a Frank que la gente ideal, con la que hay que estar (él, por ejemplo) es aquella “que hace que nos sintamos generosos y amables e incluso más inteligentes de lo que probablemente somos”. Y estoy de acuerdo.

No quiero destripar la novela diciendo que Bascombe pasa del Periodo Permanente a lo que llama Siguiente Nivel, del que sólo escribo aquí que supone la aceptación de uno mismo “justo cuando [tal cosa] parece más inverosímil” y que en él “los viejos criterios desaparecen”.

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José Luis Ibáñez Salas
José Luis Ibáñez Salas es historiador, editor y escritor. Autor de 'El franquismo', 'La transición'. '¿Qué eres España?' y 'La Historia: el relato del pasado', edita material didáctico en Santillana Educación y sus textos aparecen también en publicaciones digitales como 'Nueva Tribuna', 'Periodistas en Español', 'Narrativa Breve' o 'Moon Magazine'. Su blog se llama Insurrección (joseluisibanezsalas.blogspot.com) y dirige la revista digital Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com).

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