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Ser o no ser, ésa es la cuestión

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Ser o no ser, ésa es la cuestión 1

Enfrentarse a Hamlet tiene algo suicida, un personaje de tragedia que está siempre presente en el subsconsciente de occcidente, tal vez porque encierra en sus sombras el espíritu de todas nuestras contradiciones, impuestas o voluntarias. Llegar casi al suicidio es la explicación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico que el primero de mayo representó Hamlet en el teatro Auditorio de El Escorial, con algunos paroblemas técnicos. Como dice Harold Bloom, Hamlet “tiene una mente tan poderosa que las actitudes, los valores y los juicios más contrarios pueden coexistir dentro de ella coherentemente”.

El hijo y heredero del rey de Dinamarca se siente traicionado por su madre y el hermano de su padre, lo que le produce un abatimiento y melancolía en la que se debate entre la locura y la necesidad de venganza. Es el argumento de la obra de teatro escrita en 1600 por el genial Shakespeare y, a la vez, es la vida misma, síntesis de una dualidad eterna entre dejarse llevar por el destino insoportable o enfrentarse a la fatalidad y la pérdida de valores que nos condena a la frustración.

Cuando Hamlet es visitado por el fantasma de su padre que le informa sobre la verdad y le pide venganza, entramos en el momento crucial de la obra. Es el  tercer acto en el que se produce un monólogo histórico “Ser o no ser, ésa es la cuestión”. Sin duda, una de las piezas más bellas y con más sentido de la literatura universal, un momento de especial dramatismo en el que caben todas o, al menos, algunas de las grandes preguntas del hombre desde el origen de los tiempos “Porque ¿quién aguantaría los ultrajes y desdenes del mundo , la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones que el paciente mérito recibe del hombre indigno”.

Escena de primera, intelectual en el mejor sentido, ágil, moderna y eficaz, con actores metidos en su papel aunque sobran micros y actuaciones musicales. Auditorio a rebosar y aplausos a rabiar de unos espectadores que buscan desesperadamente respuestas en el teatro clásico, siempre vigente, cargado de métaforas y de vitalidad. Una adaptación que no es fácil y, precisamente por ello, debe subir un escalón para evitar chistes simples y manidos que lejos de ayudar, entorpecen la credibilidad de una obra que transmite y está llamada a enriquecer nuestra visión de la realidad. Una adaptación de Hamlet debe respetar el texto original y su sentido final. Es verdad que no es sencillo, pero recurrir a los comentarios al uso de un momento concreto que solo pretende lo comercial, no llegará nunca a la categoría de universal, lo que, a la vez, implica perder una gran oportunidad.

El alcalde de Ortigosa del Monte, Juan Carlos Cabrejas y su mujer, Ana, corroboran lo dicho; lo mismo que Jesús Ocaña y su mujer, Marisa, dos grandes jugadores de golf en La Herrería, El Escorial. Es que, señores, el Real sitio da para mucho.

 

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