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Tiempo de danza

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Danza

No era Isadora Duncan, ni Ana Pavlova, pero nuestra compatriota Tórtola Valencia también quiso hacer de su danza algo diferente y exótico (puede que recordando a la patética Mata-Hari). Lo que sí conseguía en cada una de sus actuaciones era, doblemente, sorprender y entusiasmar o, por el contrario, y a partes iguales, sufrir el pateo de un mismo público -absolutamente voluble- asistente a sus espectáculos.

Esta singular artista,  mujer versátil, a sus pies alados unía sus manos de artista plástica, como pudieron comprobar los barceloneses que, por aquellos días iniciales de 1920, admiraron sus cuadros, expuestos en las populares Galerías Layetanas. Este espaldarazo tardío, pero excepcional, de los barceloneses (y antes de los madrileños) para con sus aptitudes artísticas -con los pies y la paleta- le empujaría, después, a “poner casa” en la capital catalana, una torre que acabaría siendo un “templo” pagano al que solían acudir los elitistas y los marginales del arte tradicional, que soñaban con practicar la “penitencia” obligada ante la artista diferente.

Penitentes entregados que formaban entre la flor y nata de la intelectualidad local y, también, de los que pasaban o viajaban hasta Barcelona desde otros lugares. (A la sazón, Barcelona era la ciudad de las bombas, donde pistoleros enfrentados ejecutaban venganza sobre venganza, muy destacados, los contratados por la patronal y que, irónicamente, sus componentes pertenecían a un grupo de matones conocido irónicamente como Sindicato Libre).

En paralelo, con motivo de su triunfo en la Sala Imperio, en la que ya había actuado años atrás sin éxito (un local barcelonés en el que, para más mérito propio y en esta ocasión, actuaba de telonera de la mítica Raquel Meller), Tórtola Valencia pudo deleitarse con el juicio de un acalorado cronista que escribió palabras como las siguientes sobre el trabajo en escena de la inefable danzarina:

Tras la actuación de Raquel, se nos abrió la cámara oscura y el suelo de la escena tapizado por completo. Ante nosotros había una maja inédita, arbitraria y portentosa. (…) [ Tórtola ] danzó de un modo nuevo, que en nada recordaba a nadie. Y se fue entre aplausos de estupor…

Desde la cima de su fama y triunfadora absoluta, sin embargo, no tenía inconveniente en admitir que se había dedicado al espectáculo “por hambre”. Apetito que ya empezaba a saciar de sobra con una enloquecida carrera hacia la fama, aunque, según repetía, en ese ascenso fuese aupada y ayudada por divinidades extrañas, como aquella exótica Kali Durga, deidad oriental, por la que se decía inspirada en sus actuaciones, al mismo tiempo que, a su vez, ella se sentía inspiradora de creadores cercanos, como el novelista Ramón Pérez de Ayala que, confesaba el mismo escritor, se había decidido por Tórtola para  la protagonista de su novela de siete años atrás (1913) Troteras y danzaderas. Dueña de un fortísimo carácter, con ocasión de ser entrevistada por el ágil reportero que firmaba como El Caballero Audaz -terror de los interviuvados-, en lugar de achantarse ante las venenosas preguntas del periodista, resolvió responderle con similar agresividad, enfatizando sus propias virtudes y aplastando al audaz “Caballero” con su inexistente modestia. Ya conocía José María Carretero -el verdadero nombre del interviuvador-, como mucha gente, algunas “boutades” de Carmen Tórtola, como su confesión pública de que odiaba una prenda femenina, por entonces muy utilizada, como era el corsé – “cárcel de los encantos femeninos” lo llamó- por lo que jugó con el plumífero a llevar la conversación a ese terreno. La siguiente fue una de sus parrafadas lanzadas al rostro del polémico redactor de La Esfera y que apenas pudo abrir la boca:

¿De qué se alimenta mi vanidad? De muchas cosas. De que soy una mujer extraordinaria que ha sabido luchar sola contra todos los asquerosos hombres del mundo. Esto ya es bastante; pero es que, además, soy una artista única, que ha creado un género y que lo ha impuesto. (…) Yo visto a mi gusto, sin hacer caso de modistos ni de modas.

Rebelde a su manera -sin llegar a un feminismo, por otro lado, ya latente en España-, Tórtola Valencia sí que se podía incluir en un ramillete de atípicas mujeres hispanas del momento. Del que podría formar parte (aunque ella no encajaría en ninguno de los escenarios habituales), por ejemplo, una enigmática mujer conocida como Teresa de la Cruz (si es que ese era su verdadero nombre), personaje muy popular en la capital de España por su forma de vestir (envuelta en una capa espectacular, lo que ya era una provocación, pues esta prenda de abrigo era masculina “per se”), y por aparentar siempre un aspecto ausente, producto la mayoría de las veces de su adicción a las drogas. De una gran belleza, al parecer compatible con su aspecto estrafalario, por aquellas fechas aún produjo más estupor en los círculos literarios, artísticos y bohemios de la ciudad el verle pasear, muy amartelada, junto al pintor cordobés Julio Romero de Torres. Ambos parecían ignorar los murmullos y cotilleos que provocaban, sobre todo la inefable Teresa, que apretaba contra sí una inquietante calavera, según ella misma se encargaba de contar a todos, tétrico resto óseo perteneciente a su primer amante, que se había quitado la vida por ella.

Prosiguiendo con protagonismo femenino, muy diferentes a las anteriores eran las audaces que, meses atrás, habían hecho de parteras de una asociación llamada a la polémica: el Consejo Supremo Feminista de España, que estaba asociado a la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer. Fue nombrada la primera secretaria general de la sección española María Lejárraga (en el teatro y la literatura, María Martínez Sierra). Aunque puede que sí coincidieran todas ellas en algún lugar de moda de la capital de España, como lo era a la sazón, la confitería y salón de té Viena Capellanes, con casa matriz en la calle de Mendizábal, y con la familia Baroja al timón del establecimiento, así mismo famosa por su pan “de Viena”.

Ya habían transcurrido dos años del final de la Gran Guerra (luego, a partir de 1939, Primera Guerra Mundial o Europea). Pero sus consecuencias de toda índole aún se sentían. De manera que, avispados empresarios o negociantes, vivían aún de aquella hecatombe. Era el caso de las ya muy buscadas Guías Michelín, que todo buen automovilista llevaba en el bolsillo. Un turista de automóvil, aún minoritario, pero ya dispuesto a devorar kilómetros en cualquier dirección. Sin ir más lejos -en efecto, estaba ahí, a la vuelta- España empezaba a atraer a unos europeos aún infectados de tipismo muy siglo XIX. Aunque, al mismo tiempo, necesitando los usuarios de la misma guía, además de las carreteras por las que iban a circular, información de hoteles y restaurantes, junto a la nómina obligada de monumentos de cada ciudad. Ya iba por su séptima edición en español, lo que no evitaba -ni obligaba a disimular- su indudable origen francés, más remarcable por la publicidad de regiones y ciudades francesas, con la inclusión de imágenes de esas ciudades detallando sus tremendas “heridas”, producto de los bombardeos y las batallas de la Guerra Europea. Aunque, obviamente, en sus más de 450 páginas aparecía una abundantísima información de una España aún virgen para el turismo de masas, pero que ya estaba en el punto de mira de los viajeros internacionales.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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