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Todavía el troceado de Europa

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Todavía el troceado de Europa 1

Todavía en el verano de 1920, el continente presentaba la faz de una Europa irreconocible, si pensamos y la comparamos con la de la Belle Époque hasta 1914. La derrota de los Imperios Centrales produjo tal cataclismo (con unos mapas del continente irreconocibles) que, transcurridos ya más de dos años del final, aún se producían anexiones, desmembramientos o absorciones de territorios, en un disloque tal que nadie estaba contento y sí todos enfadados. Muy telegráficamente, en los últimos dos meses este era el panorama: Paz entre Alemania y Lituania y entre esta última y Rusia; el poder civil en Turquía a partir de una Asamblea Nacional convocada por Mustafá Kemal; Hungría firma la paz del Trianón; se abaten los fuertes de los Dardanelos; Coburgo se une a Baviera; ataques en aumento de los rusos a los polacos; Alemania tiene que entregar a los aliados dos millones de toneladas de carbón cada mes; Polonia otorga autonomía a la región la Alta Silesia; etc. Y, dentro de este panorama de “pintura negra”, algún rayo de luz, sobre todo para los poderosos, que tenían en lugares como Montecarlo su refugio seguro, lejos de todo problema social o desgracias políticas. El principado monegasco vendía “lujo, arte, confort” y presumía de ser lugar de cita de “los grandes de la tierra y de los aventureros internacionales” (página publicitaria en la prensa). También sin cercanía con lo anterior -aunque sí como otra de las derivadas de la guerra-, había y se abría paso otro mundo (o se aspiraba a ello), que no era otro que el de una parte de la sociedad olvidada y arrumbada secularmente como era el de las mujeres. Que, para intentar hacerse oír, se habían reunido en Ginebra en el Congreso Feminista Internacional. Para informar de las sesiones del mismo, una revista muy leída recibía las crónicas de una enviada especial que, al mismo tiempo, era la representante de las feministas españolas: Isabel de Palencia (que firmaba sus colaboraciones como Beatriz Galindo).

Mientras tanto, en casa, el país andaba haciendo meandros como si estuviera un poco curda. Hambruna, por un lado, carestía de precios a diario, pero, al mismo tiempo, de nuevo, lo desequilibrios de una sociedad enferma que, junto a huelgas y desventuras cotidianas para millones de españoles, algunas minorías vivían una “dolce vita”, quizás sin saberlo. Unas ráfagas de la actualidad de aquel inicio del verano que lo demuestran: El rey, quizá enterado de esa vida miserable de sus súbditos, se prodigaba en actos oficiales pretendidamente populares, como lo fue en aquellos días la inauguración de una barriada nueva en Madrid: Ciudad Jardín, en realidad construcciones humildes conocidas en adelante como “casas baratas”, en principio destinadas a los obreros o los más pobres del lugar (un lugar físico allá por la prolongación de la calle López de Hoyos). Mientras tanto, los suyos (o parte de la sociedad enriquecida o perteneciente a la nobleza), hacían “sport”, incluidas las mujeres… y las niñas. Porque era una niña de 13 años, Julia L. Doadrio, la ganadora del concurso de Tiro que tuvo lugar en terrenos de la Moncloa. Las dianas acertadas por la jovencísima tiradora lo fueron con la carabina marca “Savage”, firma armamentista norteamericana patrocinadora de este y otros eventos, todos ellos en el llamado Tiro Nacional. La “señorita” Doadrio se llevó a casa: una cadena y una medalla de oro; y una medalla de plata.

Menos mal que para estropear algo esa vida muelle de los privilegiados, además de los trabajadores organizados ya en sindicatos de clase (que deshojaban la margarita si se inclinaban por adherirse al comunismo ruso o continuaban en la órbita del socialismo),  también abía gente de letras o intelectuales igual o más peligrosos que los revolucionarios. Por ejemplo, un poeta y humorista, estandarte de esa mezcla explosiva, que era la que ejercía cada día en sus “Coplas” Luis de Tapia. Colaborador de muchos periódicos, se había iniciado en un semanario explosivo, de título equívoco: El Evangelio, lo que ya anunciaba el futuro iconoclasta del entonces joven Tapia. Que, por aquellos días (ya en su madurez), en una entrevista, acabó diciendo: “Soy sinceramente partidario entusiasta del comunismo”. Y sobre una especie aún vivita y coleando en la sociedad española, contra una plaga, al parecer, inextinguible, una sentencia inapelable: “El señorito español me indigna y repugna”.

Pero como ocurre siempre, todavía en aquel caos, había filtraciones y detalles que hablaban de un mundo subterráneo, como podían ser algunos anuncios extraños (pero que atraían poderosamente), y que daban a entender, aunque de forma un tanto críptica, otra parte de la sociedad no visible, por ejemplo, el mundo de la prostitución solapada, o quizá se tratara de un comercio sentimental al mejor postor (cuando no tragedias anunciadas). Anuncio “económico” (por palabras) aparecido en un semanario madrileño: “500.000 pesos oro a caballero que despose a bondadosa e inocente señorita, para evitar su suicidio. Escribir a Club Nueva York. Oporto.” En paralelo y fuera de nuestras fronteras, el mundo vivía la fiebre del dadaísmo, un acontecimiento artístico que se podía descubrir en Berlín, a través del recorrido por la Exposición Dadá, naturalmente atacada por el conservadurismo, pero defendida a capa y espada por sus popes: Haussmann, Baader o Grosz, entre otros. Una provocación creadora pero no la única, en un Berlín revolucionario (en todos los campos), capital de la flamante República de Weimar. También, y sobre todo, en las artes, enfrentadas unas a otras ya que, al mismo tiempo que tenía lugar el fenómeno Dadá, se había inaugurado en Darmstad la muestra titulada  Expresionismo Alemán, aquí con otros nombres al timón como Kandinsky o Nolde.

El óbito del día fue, el 11 de julio, el de la ex Emperatriz Eugenia de Montijo, viuda del emperador francés Napoleón III. Nonagenaria (tenía 94 años), el fallecimiento tuvo lugar en Madrid, aunque el cadáver sería trasladado e inhumado en Inglaterra. Extranjera en su propio país, Eugenia de Montijo había vuelto por aquí raramente. Ahora, ya anciana, lo hizo para operarse de cataratas, sorprendiéndole la muerte inesperadamente. Durante su estancia en España, el rey Alfonso XIII quiso rendirle los honores reales durante su visita a Sevilla y también a Madrid, sirviendo su presencia en ambas ciudades para regocijo -y despertar de nostalgias- de viejos monárquicos de aquí y del otro lado de los Pirineos.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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