Cultura

Todos los tonos del gris

0
Todos los tonos del gris 1
Foto: Javier del Real | Teatro Real

Sobre el escenario, una cascada gris. Piedra. Mármol. Cemento. Asfalto. La iluminación se modula para buscar todos los tonos del gris (plata, ceniza, humo, zinc, acero, plomo) y así, transformar el decorado de piedras blancas envejecidas en los diversos escenarios: el monasterio de Yuste, los jardines de la reina, la habitación del rey en el monasterio de El Escorial o la plaza de la catedral de Valladolid. Estos dos últimos, obra de Juan de Herrera, la Contrarreforma hecha piedra. El escenario también podría transformarse en una urbanización de Cullera, una plaza dura de Getafe, un centro cultural de Guadalajara  o las zonas comunes de Residencial Covaresa, el piso que sueñas, la vida que deseas.

La puesta en escena de David McVicar refleja perfectamente uno de los pocos hilos que recorren la historia de España, el amor por la piedra, el cemento, la  construcción dura y contundente que quiere dejar su huella en la historia, eliminando, si es preciso, todo rastro anterior, e imponerse incluso a la naturaleza, con éxito relativo. Un amor que, quizá, nace de la inestabilidad de las guerras, crisis, persecuciones y exilios, exteriores e interiores, que aceptamos como parte del paisaje. O, tal vez, de la hegemonía de la fe, para la que no hay pasado ni futuro, sino presente y vida eterna. La piedra es el altar en el que sacrificamos todo el patrimonio presente por la riqueza eterna, el nombre en la historia, aquí estuve yo. Es irrevelante si es un parque natural, un yacimiento arqueológico o el laboratorio de Ramón y Cajal. Voy a hacer el edificio más alto de España y tendrá un letrero con mi nombre, decía el personaje de Bigas Luna con la mano en los genitales. Jesús Gil, el pionero. La fe con la que Felipe II aisló España es la misma que recalificó el territorio hace quince años.

Todos los tonos del gris 2

La cascada gris contrasta con algunas de las últimas versiones de Don Carlo (Warlikowski, Loy o Konwitschny), que buscan huir del historicismo o destilar la metáfora de la lucha entre el amor y la libertad, la pasión privada y el deber público, un debate que quizá ya no pertenece a nuestro tiempo porque los conceptos han dejado de estar llenos de significado. La libertad es la libertad de mercado y existe una inversión, o subversión, respecto a los espacios. La emoción trata de dominar lo público, empresas con alma que no ofrecen productos, sino experiencias con voluntad de crear vínculos estables, y partidos con corazón que no ofrecen programas ideológicos, sino compromisos emocionales con los candidatos. El deber está en el espacio privado, desde el consumo responsable a la gestión eficiente del tiempo, dejando poco espacio a la ineficiencia del amor, que sólo es interesante cuando se convierte en producto o experiencia.

La puesta en escena de McVicar enlaza con su visión de Gloriana, la obra de Britten sobre Isabel I, que se representó en el Real hace dos temporadas. Bien podrían ser un díptico. En aquella, también se apostaba por un vestuario histórico y un escenario simbólico, tres arcos que envolvían a los personajes, representando probablemente el paso del tiempo que angustiaba a la reina. En este caso, la puesta en escena no termina de contagiar la claustrofobia que Alex Weidauer, responsable de la reposición de la puesta en escena, indicó en la presentación, recordando la frase de Schiller: los más bellos sueños tienen lugar en la cárcel.

Todos los tonos del gris 3

Más bien, el conjunto transmite una cierta frialdad, pese a la gran dirección musical de Nicola Luisotti, que encaja bien con el auto de fe, la escena más abrumadora de la obra, en la que se disponen sobre el escenario lo que, hace unos años, se conocía como la casta. Incluso en ese momento, la escena baja de intensidad cuando debería subir, cuando deja de ser estática. La tensión entre el rey y su hijo Carlos, erigido en representante de los diputados flamencos no enardece la piedra.

La estructura funciona mejor en las escenas íntimas, apoyada por una brillante iluminación que perfila hermosos cuadros tenebristas. Esas conversaciones íntimas, los diálogos del rey con el marques de Posa, su consejero y amigo de Don Carlos, y con el inquisidor, un sensacional duelo de bajos, son los mejores momentos. Quizá, porque los diálogos, poco creíbles históricamente, son los más actuales. La capacidad represiva del poder o la separación entre iglesia y estado tenía sentido en el XIX europeo, y tiene sentido en el XXI español. “La naturaleza, el amor, ¿pueden silenciarse en mí?”, se pregunta el rey. “Todo se acalla para exaltar la fe”, responde el inquisidor, que poco después acusa al monarca: “¡Las ideas del innovador han penetrado en ti!”. Con otras palabras, es una acusación actual.

También lo es el debate entre el marqués de Posa, personaje que, en ocasiones, ha sido identificado con Guillermo de Orange, y el rey Felipe sobre la capacidad represiva del poder. Al estilo neocon, el segundo confía plenamente en el monopolio de la violencia para acallar cualquier voz discrepante y afirma “Es con sangre, solamente, como puede haber paz […] la muerte, por mi mano, proporcionará un porvenir fecundo”. Posa, más político, aunque exaltado por el romántico texto de Schiller, aboga por llegar a un pacto y habla, premonitoriamente, de la paz de los cementerios que deja el terror. “¿Acaso pensáis que, sembrando muerte, sembráis la vida eterna?”, pregunta. La respuesta a esta pregunta llega en el auto de fe, cuando la hoguera es saludada con un “¡Corred a gozar de la paz del Señor!”. Donoso Cortés y Queipo de Llano estarían de acuerdo.

Un personaje de la guerra de imprentas

Don CarloEn ese diálogo, Posa le pregunta a Felipe si quiere pasar a la historia como un Nerón. La frase es interesante, ya que la historia de Don Carlos fue uno de los primeros bulos de la leyenda negra española. Carlos, presentado por Schiller y Verdi como un idealista enamorado, se parecía más a Joffrey Baratheon que a Garibaldi. Comparte con el rey de Poniente la consanguinidad, sólo tenía cuatro bisabuelos, la ambición y la crueldad, aunque sus peculiaridades emocionales se han atribuido a la combinación de una caída del caballo, una trepanación, una malaria y los diferentes remedios para solucionar sus enfermedades, como dormir con el cadáver incorrupto de un religioso con fama de taumaturgo. Así, es complicado no desarrollar excentricidades. Carlos se obsesionó con la posibilidad de convertirse en gobernante de Flandes, opción que su padre había manejado y descartado. Contactó con líderes rebeldes y comunicó sus intenciones a su tío Juan de Austria, otra referencia del marqués de Posa, que le desveló los planes al rey. Carlos fue encarcelado en el castillo de Arévalo y allí falleció.

En los Países Bajos, el bulo de que Felipe II había envenenado a su heredero, partidario de su independencia, se difundió mucho y bien, lo mismo que otros, como que el rey asesinaba a sus esposas. Los libelos holandeses se unieron a los franceses, que acababan de ser derrotados en Pavía, o los romanos, que no habían olvidado el saqueo de Roma del padre de Felipe II. En estos últimos, los españoles eran brutos, primitivos, atrasados, salvajes sedientos de sangre o descendientes de judíos y musulmanes (algo que entonces era un insulto grave), etc. Todas las historias de atrocidades cabían.

La clave no son los bulos. En el siglo XVI, todos los países europeos publicaban libelos sobre los rivales y España era un país odiado porque el imperio. La clave fue la ausencia de respuesta. En la España del siglo XVI, ser impresor comenzaba ser un trabajo de riesgo y lo fue en el XVII, en el XVIII, en el XIX y en el XX. Ser maestro, también, lo mismo que cualquier área relacionada con la cultura o la ciencia; no se precisaba una buena idea, sino buenos contactos que dieran la cara cuando llegasen los problemas. No es fácil imaginar el siglo XX, el siglo estadounidense, sin toda su industria del entretenimiento. Eso sucedió en España. Felipe II fue un rey renacentista que apoyó decididamente las artes y la cultura, pero también puso las bases del aislacionismo posterior. En este caso, la historia no la escribieron los vencedores porque estos decidieron no escribir historia. Bastaba con la fuerza, pensaron. No funcionó. En casi todos los imperios, el dispositivo cultural suele estar unido al político y al militar. En el caso de España, el aspecto cultural, educación incluida, estaba sometido a otro, el religioso, y la Iglesia tiene otro calendario y otro mapa.

Schiller tomó la historia que circulaba y presentó a Don Carlos como un héroe apasionado que debe elegir entre el amor de su prometida/madrastra Isabel y la lucha por la libertad de los flamencos. “Son personajes metafóricos. Esto no es una lección de historia”, señaló Joan Matabosch, director artístico de Real, conversando involuntariamente con Albert Boadella, director de los Teatros del Canal, que, en 2015, señaló que su montaje de Don Carlo quería aproximarse a la verdad histórica, aunque fuera con la interpretación de los personajes. Es interesante que el debate sobre la verdad se produzca sobre un escenario, pero quizá realidad y ficción nuncan han estado tan yuxtapuestas.

Pd. No deja de tener cierta ironía que, en las vísperas de la sentencia del proceso catalán, se vea en el Teatro Real a unos diputados “autonómicos” flamencos pedir infructuosamente la clemencia de un rey llamado Felipe.

Aquí puede leer el blog personal de Jorge Dioni

Iberia Alexa
Jorge Dioni
Leo y escribo. Tengo gafas y pelo en la cara como Luis Carandell, Vázquez Montalbán y el Gato Pérez.

Don Carlo, la leyenda negra sublimada

Entrada anterior

El caballo, el ciervo y el cazador

Siguiente entrada

También te puede interesar

Comentarios

Dejar un comentario:

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más en Cultura