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Un mundo caótico

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La resaca, todavía, de la Gran Guerra provocaba en todo el mundo alteraciones en las costumbres, en la vida cotidiana y en el mundo político-social. Transcurridos casi dos años del final del conflicto, incluso en países no participantes en la carnicería, sufrían alborotos, violencia y miseria. En España, la crisis de las subsistencias -esta era la palabra- lo contaminaba todo. Unos flashes: en una sola jornada de aquel inicio de la primavera, explotaron en una sola jornada siete bombas, repartidas entre Barcelona y Zaragoza, ciudad ésta también sacudida por huelgas que alcanzaban, en algún momento, a toda España, como la sufrida por los ferrocarriles durante toda una semana. A la que se sumó la de la minería asturiana, cuya virulencia por parte de los huelguistas y por las fuerzas del orden se saldó con una docena de muertos y treinta heridos. Y junto a todo esto, se vivía un renacer de un anticlericalismo agresivo que decidía reventar cualquier procesión, como ocurrió en Córdoba, donde los anticlericales atacaban e insultaban a los fieles que acompañaban a las imágenes sagradas.

Pero, obviamente, la vida continuaba y la gente intentaba sobrevivir (y hasta divertirse). Y lo hacía con un espectáculo en alza y ya casi masivo: el cine, que sorprendió con su estreno en Barcelona de una película norteamericana que pasaría a la historia del séptimo arte: Intolerancia. En general, el mundo del espectáculo vivía un buen momento, lo que demostraban los nuevos “magazines” especializados como, por ejemplo, Arlequín, dedicado al “arte, los espectáculos, la sociedad, la moda y el deporte”. Curiosamente, entre los colaboradores del mismo figuraban algunas actrices en activo, como Adela Carboné o Luisa Puchol. Los dibujos y caricaturas eran, así mismo, de gente del teatro, como un tal Mariano Ozores, origen de una dinastía de cómicos sobreviviente hasta hoy mismo. Volviendo al cine, éste era aún mudo, solo acompañado por un pianista u orquestina en vivo. Por el contrario, y jugando con ventaja, se vivía el auge los discos de gramófono (a la sazón de pizarra), grabaciones con un gran momento y muy populares, sobre todo las placas de algunas marcas ya clásicas, como La Voz de Su Amo, que entre las novedades de aquellas fechas incluía las últimas grabaciones de cantantes líricos como Lucrecia Bori, Enrico Caruso o Titta Ruffo.

Era un buen momento para las mujeres, visibles ya en los periódicos, en los teatros y… en los frontones. Porque, hubo un tiempo en que los frontones, donde se jugaba a la pelota vasca, tuvieron enorme predicamento fuera del País Vasco, sin ir más lejos, en la, entonces, “corte” madrileña. Deporte ejercido por ambos sexos, sin embargo, a la hora de la verdad se separaba a las “señoritas pelotaris” de sus camaradas del otro sexo, incluso ubicándolos, respectivamente, en el Frontón Madrid a las primeras, y en el Frontón Moderno a los segundos. Sin grandes nombres o alias -como las cupletistas y actrices-, las mujeres pelotaris se llamaban, humilde y solamente, Marichu, Fermina, Juanita o Consuelin. En cuanto a ellos, entre los más populares, sí eran conocidos por el apellido, como los famosos hermanos Gallarta. Deporte, sí, pero la pelota vasca era también dinero, ya que, en el transcurso de los partidos, se cruzaban importantes apuestas.

En cuanto a la ya referida actualidad cinematográfica apuntada más arriba y en referencia al cine americano, hay que decir que también se vivía en España esa fiebre fílmica. Una novedad -aunque cada vez menor- era la de la incorporación a la pantalla, continuada e ininterrumpida, de los actores de la pantalla, llegados a en masa desde los escenarios a los platós. En esta ocasión, debutó en unos estudios de rodaje la ex esposa del torero azteca Rodolfo Gaona -y futura amante de Alfonso XIII-, la dulce actriz Carmen Moragas. Fue el propio Jacinto Benavente -que se había aficionado y apuntado al mundo del cine- quien la dirigió en un argumento original del propio don Jacinto, que llevó por título La Madona de las rosas y que produjo el propio autor a través de su productora, Madrid Cines. Un cine español que empezaba a abandonar las barracas y los saloncillos sicalípticos, como corroboró el prolífico director José Buchs, con su nuevo film Expiación, donde debutaba, en la pantalla silente, una actriz sevillana que, muy pronto, se iba a convertir en la gran protagonista de nuestro cine mudo. Su nombre, Elisa Ruiz Romero (la Romerito).

Y, continuando con ellas -el caos posbélico facilitó la salida a la superficie del potencial de las mujeres, también de las españolas-, en esos primeros meses de 1920   aparecieron, por un lado, un órgano periodístico femenino conservador: Acción Católica de la Mujer, y frente a este, otro periódico nuevo en los antípodas del primero, Las Feministas, de título transparente. En paralelo, y dirigida a un mayor número de lectoras nacía la colección de novelas cortas amparadas bajo el epígrafe de La Novela Femenina. Editada en Barcelona, entre sus colaboradoras estaba Concha Espina, que publicaría allí su narración Agua de Nieve. También en Barcelona apareció el primer número de la revista Lecturas, al principio un suplemento literario de la revista El Hogar y la Moda. Bien escrita y presentada, no tenía nada que ver con los grupos femeninos enfrentados anteriores, y sí con la divulgación y la literatura suave y amena destinada al grueso del elemento femenino del país.

Las ganas de vivir afloradas al callar los cañones en 1918, habían hecho que proliferaran, junto a los graves problemas sociales y políticos, una escapatoria del recuerdo de la hecatombe bélica en forma de humor y/o crítica a todo lo anterior. A sumar un nuevo elemento que iba a propagarse absolutamente: el género erótico. Entre algunos títulos de lo primero apareció un volumen conteniendo un exhaustivo recorrido del autor, por todo el mundo, a la caza de los mejores caricaturistas. Se trataba del crítico de arte José Francés, que con su obra El mundo ríe, al tiempo que difundía cultura (y el humorismo siempre lo ha sido) también provocaba, al menos, la sonrisa de los lectores. Puede que bastante solo en esta apuesta por la risa -o al menos la sonrisa-, no obstante, y aunque tampoco fuese humorista “per se”, hasta el huraño Pío Baroja lanzaría un nuevo título, ya explícito desde el título: La caverna del humorismo. Aunque puede que tuviese más tirón entre ciertos lectores el otro plano literario: el erótico, con -en este año de 1920- una novela símbolo de una forma de escribir que se propagaría después, como era la de un autor, Álvaro Retana, que firmaba un texto atrevido como era El buscador de lujurias. Incluso la otra “moda” del momento, los dardos del anticlericalismo -si bien algo disimulados- se podían descubrir en la nueva novela del prolífico Alberto Insúa, titulada En tierra de santos.

Pues bien, todo lo anterior, y mucho más, ya podía conservarse en imágenes que se rodaban en exteriores naturales, dando lugar al nacimiento, sin quizá saberlo sus responsables, de un archivo gráfico -cinematográfico- vivísimo, a conservar para el futuro. Al menos en referencia a la capital de España, porque, no transcurrido mucho tiempo del aún nuevo año, a los cines llegaría una película titulada Madrid 1920, que era secuela, diez años más tarde, de otra similar que se tituló Madrid 1910.

La mujer, que prácticamente en todas partes iba camino de ser figura muy importante de la década que empezaba, en España, aun siendo ese protagonismo menor, sí lo era destacable en cuanto a ciertas individualidades. Lo fue en la reunión celebrada, un día de aquel mismo mes de marzo, en el Casino Militar, sito en la Gran Vía. Ámbito misógino y muy de machos (lo daba el oficio de las armas), sin embargo, los milites que dirigían el establecimiento autorizaron la entrada a doña Sofía Casanova, escritora y periodista gallega, de ascendencia o parentesco polacos, y que había cubierto lo más álgido de la revolución bolchevique para el diario ABC. Puede que ese detalle de estar en nómina del diario conservador le abriera las puertas de aquel entro castrense y la tribuna consiguiente desde donde pudo dar, sin ningún problema, una charla-homenaje de sus recuerdos de aquella convulsión rusa, consiguiendo el interés de un auditorio lleno de uniformes, que escuchaba a la conferenciante con evidente atención.

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