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Volver a las andadas (sobre el libro de José Ignacio Wert)

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José Ignacio Wert
José Ignacio Wert (d) en una foto de 2012 en la UNED

“Es importante que los estudiantes mantengan un grado razonable de felicidad, pero lo que no puede ser es que el único objetivo sea la felicidad, y se confunda con la facilidad. Debe existir un compromiso social que entienda que esto no es bueno para la sociedad”.

Esto es lo que ha dicho  en una entrevista concedida al diario El Mundo, con ironía, marca de la casa, José Ignacio Wert, el sociólogo que fue ministro, quien a modo de ejercicio exculpatorio, vuelve a las andadas (vicisitudes, peripecias o trances) y confiesa sus errores de entonces.

Wert: “Doy una contraproducente imagen de arrogancia”

La educación en España. Asignatura pendiente.Resulta poco habitual en un político que, aunque ya no esté en ejercicio y posiblemente nunca vuelva a ejercer esa profesión, reconozca públicamente sus flaquezas: “Doy una imagen de arrogancia que es muy contraproducente, aunque en parte es timidez. Creo que tengo un punto pedante, pues siempre tiendo a hacer ver que sé más del tema que mi interlocutor, y eso cae muy mal”, ha dicho en su conversación con la periodista de El Mundo, Olga R. Sanmartín.

Se trata de alguien con bagaje pilarista y antecedentes democristianos, que dejó la profesión para tratar de aprobar una asignatura que sigue pendiente: la Educación, disciplina de la que fue ministro, junto a Cultura y Deporte, en el Gobierno Rajoy. Y sobre esto, ha escrito un libro, La educación en España. Asignatura pendiente.

En su descarga, ha dicho que no supieron comunicar, “sobre todo yo, no supe explicar bien la ley y la lógica de los recortes, a los que teníamos prohibido llamar así porque había que negar que se estaban haciendo”. Y esto queda alejado de la realidad, pues en su biografía hay reseña de haber sido técnico de RTVE, subdirector del CIS, concejal, diputado al Congreso y presidente de una empresa dedicada a hacer sondeos de opinión.

En cuanto a sus relaciones con la comunidad educativa, la autocrítica suena benévola: “Admito mi incapacidad de establecer una relación más empática con ellos, que estaban de uñas por la situación económica”.

Los exégetas del rajoyismo calificaron con dureza la gestión de quien, a la hora de plantear su propia reivindicación, reconoció la jactancia imperante en aquellos tiempos: “Mi error fundamental fue pensar que, como teníamos mayoría absoluta, podíamos tirar para adelante”.

Con el posterior fracaso electoral, se puso al descubierto que la mayoría absoluta que le dieron los ciudadanos al gobierno Rajoy para que hiciera lo que no quiso hacer, no llegó a la reforma educativa que, en opinión de su encargado, “no se percibía como una prioridad tan clara como atender el día a día del empleo, la prima de riesgo, la salud del sistema financiero o el déficit fiscal”, confiesa en la entrevista.

De modo que merece la pena atender a la explicación que ofrece Wert sobre lo que terminó siendo para él un suplicio, ya que contiene elementos de interés que ayudan a entender mejor qué pasó con esa sinfonía inconclusa que es siempre la educación.

Lomce, alegrías y tristezas

Según el que fue su progenitor, la Lomce generó en los centros la idea de que el sistema iba a ser más riguroso y exigente, y eso provocó una mejora que desfalleció cuando se suspendió. También se lo tomaron más en serio en la universidad, donde la subida del precio de las segundas matrículas o el cambio en los requisitos para las becas influyeron positivamente en el rendimiento. Hasta aquí las virtudes, casi al margen de su aplicación.

Pero poco dura la alegría en casa del pobre. El político sobrevenido no ahorra detalles al desgranar algunos de los fallos de base que colocan el sistema educativo español a la cola. Y da algunos ejemplos en su entrevista con Sanmartín: “El inaudito espectáculo de asociaciones de padres y madres de alumnos impulsando huelgas de deberes, el argumento de que las evaluaciones provocan estrés y angustia que se deben evitar a los estudiantes o un 5,5 para obtener una beca que se antojaba una barrera inadmisible” En definitiva, “en nombre de la equidad cada vez hay menos exigencia, menos rendición de cuentas y más laxismo”.

En medio de la perpetua tormenta con los secesionistas, dijo aquello de “españolizar a los niños catalanes”, lo que se entendió como una blasfemia. Para el sociólogo, “la exclusión del castellano en la educación es el mecanismo más importante del intento de borrar lo español del mapa identitario de los niños y los jóvenes catalanes”.

Lo que quizás debió decir en su día, aclarando intenciones, no lo hizo y lo explica ahora: “Me refería precisamente a fomentar una vivencia equilibrada de la doble identidad catalana y española. Ahora no hay nada en vigor -desde el punto de vista normativo- que obligue a corregir la inmersión lingüística, que da al castellano el mismo tratamiento que una lengua extranjera”.

Gran Pacto Social y Político por la Educación

Una de sus mayores amarguras fue asistir, impotente, “al modo gratuito en que se entregó incondicionalmente, y a las primeras de cambio, un elemento esencial de la reforma, las evaluaciones externas, a modo de prenda sacrificial en el altar del fallido consenso del pomposamente denominado Gran Pacto Social y Político por la Educación, que consumió inútilmente muchas energías durante mucho tiempo para acabar disuelto sin producir resultado alguno”.

Toda una andanada, dirigida tanto a su mentor como a su sucesor en la silla curul del ministerio de la calle Alcalá, de lo que tuvo noticia ya retirado, como Embajador ante la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un exilio dorado para tantos envidiosos que ven un privilegio en lo que no deja de ser más que una puerta giratoria, aunque en este caso consista en vivir en París, en un palacio situado en la Avenue Foch.

Y aprovecha la entrevista en El Mundopara saldar cuentas tardías con la izquierda que lo convirtió en el enemigo a batir, “no-hace-falta-esfuerzo-solo-subvención”, a través de una campaña duradera y violenta: “La decisión del Gobierno socialista de suprimir en la norma estatal cualquier indicación acerca del uso de las lenguas vehiculares, que quedarían completamente al albur de las decisiones de las autonomías, es una medida no sólo gravemente irresponsable, sino sumamente peligrosa desde la perspectiva de las obligaciones que cualquier gobierno tiene de proteger el orden constitucional y garantizar el cumplimiento de la Constitución”.

La cuestión catalana

En lo que a alguien le pudiera sonar a excusa, un hidalgo del lenguaje como él, deja epitafios de aquel tiempo odioso: “Es imprescindible garantizar unos mínimos de homogeneidad para que no haya 17 sistemas educativos distintos”. “La mayor parte de las preguntas parlamentarias e interpelaciones que recibía de los grupos catalanes normalmente tenía como mínimo cuatro o cinco faltas de ortografía”. “Hubo una fiera oposición al cambio en las becas, las tasas y los grados de tres años”. “Si no pudimos parar un referéndum, ¿cómo íbamos a conseguir frenar la manipulación de los libros de texto?”.

Y la denuncia infalible a males crónicos que, una y otra vez, llevan al mando a mirar a otra parte: el abandono del Estado ante el adoctrinamiento en Cataluña, un escaso nivel de exigencia, demasiada influencia de asociaciones y profesorado, baja calidad del profesorado y politización absoluta de la universidad.

Ocasión para que el lector ingenuo deslice una pregunta, cuando menos metafísica: ¿Llegará el momento de hacer un gran pacto de Estado sobre esta anomalía, consistente en modificar una ley, tan esencial, cada vez que llega un nuevo gobierno?

El sociólogo no abdica de ese aire, entre cínico y melancólico, que siempre entretuvo. Y volviendo a las andadas y traveseando con el equívoco de la felicidad y la facilidad, hace una meritoria contribución a la conceptualización de esa religión de nuestro tiempo, la “satisfacción inmediata”, que podría haber llegado para quedarse, como se dice ahora.

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Luis Sánchez-Merlo
Luis Sánchez-Merlo fue un personaje clave durante la Transición –fue Secretario de Estado de la Presidencia con Leopoldo Calvo-Sotelo (1981-1982)– y es actualmente presidente de SES Astra Ibérica. Ha sido consejero de numerosas compañías, como Pescanova, Nokia España, Dragados, Lantana Capital, etc.

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