Cultura

Yo quiero un auto…

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Entre los lugares de moda de ese verano en Madrid, era muy buscado el Club Parisiana, un chalet ubicado en la Moncloa que reunía en su amplio espacio, un casino (aunque el juego estaba oficialmente prohibido), un restaurante, y hasta un pequeño cabaret donde actuaban las más célebres cupletistas. También, y esto era “sotto voce”, allí se podía pedir y consumir el llamado entonces “veneno blanco”. Solo había que solicitarlo al impresionante portero galonado de la puerta de acceso: un gigantesco negro que no era, sin embargo, el único individuo de color ya que, en el interior, había debutado la primera orquesta de jazz exclusivamente compuesta por músicos negros, constituyendo esta atracción un notable éxito entre los madrileños.

Y hablando de cupletistas (el género y sus intérpretes vivían su edad de oro), una de las más importantes a nivel internacional, Raquel Meller, emprendía viaje a las Américas (aunque su campo de acción había sido París), tentada sin duda por un sabrosísimo contrato de 50.000 dólares para actuar en Nueva York. (Atrás dejaba, precisamente en París, su suntuoso palacete de Versalles, que la maña decoró a juego con el lugar, amueblándolo a tono con el entorno de la que fueron residencias reales (o imperiales), completando el decorado, finalmente apabullante, con esculturas del mismísimo Rodin, más algún cuadro de pintores importantes, como Matisse.) Y, en ese mismo París que dejaba Raquel, la ciudad vivió su tiempo de ambiente español con la presentación de El sombrero de tres picos. El público pudo disfrutar con la música de Falla y la ejecución de la misma en una exhibición de danza, magnífica, de Massine, junto al resto de la compañía rusa del enorme Diaghilev. La coreografía del ruso rezumaba españolismo porque los bailarines se habían empapado del aire español del propio Massine, que lo había bebido durante en estancia en España. Y por si faltaba algo, los decorados de Picasso completaban esa presencia española de enorme calidad.

Más fuera de nuestras fronteras, pero también en España, se iba imponiendo la “nueva mujer de talla 36” (así la definía un cronista), captada por fotógrafos e ilustradores (entre estos, el gran Federico Ribas del brazo de su colega el no menos grande Rafael de Penagos), dos grandes del dibujo que, en realidad, crearon a esa nueva mujer inquieta, esbelta, rebelde, como decía una revista, “muñequitas en pijama y cigarrillos, de piernas modeladas en seda transparente y que se desenvuelve en los saltos del jazzband…” Pero, claro, esta España no era toda España, sino su escaparate engañoso ya que, en paralelo, aún respiraba la España cañí de toreros y bandidos. La noticia de la semana en referencia a estos últimos llevaba un nombre: el Ciriaco, bandolero malagueño detenido por la Guardia Civil, acabando así con el miedo de los campesinos a los que robaba sin descanso, logrando escabullirse siempre. Hasta que, confiado en su suerte, una tarde de toros, hecho un pincel, nuestro bandido arreó hacia la plaza de toros de La Línea, aunque antes de entrar en el anillo de arena, fue detenido por el agente de la policía, Troyano. Que, para más folklórico el suceso, lo hizo disfrazado de mendigo, para así despistar al maleante, que no imaginó que bajo los harapos del pedigüeño estaba la autoridad.

Por lo demás, este mismo país de contrastes incidía en los mismos con, por ejemplo, la noticia -mejor: la publicidad- de una de las muchas marcas de automóviles que se empujaban por un mercado en alza (un cuplé de moda se titulaba “Yo quiero un auto”). Una de esas marcas, la Maxwell, tras comparar la potencia de sus autos, no con otras marcas de autos sino con la de los aeroplanos, acababa su parrafada publicitaria con una irresistible constatación: “Maxwell es el mejor auto para las carreteras españolas”, equívoca afirmación pues se duda de si es que nuestras carreteras de entonces solo admitían vehículos a toda prueba. Otro aspecto de la vida española del momento era el del mundo obrero. Que continuaba su propia contienda civil en el seno del socialismo español, con la incorporación de la mayoría del partido a la III Internacional. En aquel primer momento, en efecto, ganaron los “comunistas”, que se unieron a los partidos hermanos de Rusia, Italia y Noruega en esa adhesión temprana de una parte mayoritaria del partido, que abandonaba así la II Internacional.

Esas convulsiones eran unas más en un panorama, si bien sin guerra continental, sí con sus ramificaciones violentas. Una de esas chispas era la absurda guerra ruso-polaca, con los polacos “ayudados” por Francia contra la joven república soviética rusa. Se preparaba ya la que sería conocida como batalla de Varsovia, con el general galo Weygand al mando de los polacos, que obedecían a su propio dirigente, el mariscal Pilsudski. Ambos conseguirían parar a los rusos, que antes habían empujado a los aliados casi 500 kilómetros al oeste. También en Turquía se ajustaban cuentas, imponiendo los aliados al sultán otomano un recorte drástico de su territorio a favor, entre otros, de Grecia. Sin embargo, los nacionalistas turcos, mandados por Mustafá Kemal, parecían no estar dispuestos a esa humillación y levantaron la bandera de la rebelión.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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