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Abascal y Puigdemont, en los extremos del arco electoral

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Abascal y Puigdemont
Puigdemont y Abascal

Unas elecciones en democracia adulta moderna suelen dirimirse en última instancia en el terreno ideológico, sobre el eje derecha-izquierda, a lo largo del cual se ubican las ofertas programáticas y los bagajes doctrinales de los partidos.

En todas las democracias modernas con larga tradición —las anglosajonas han cumplido los dos siglos—, las propuestas ideológicas basculan entre dos grandes troncos intelectuales: las utopías liberal y socialista.

La palabra “liberalismo” para designar un ideario socioeconómico es utilizada por primera vez por Maine de Biran (1766-1824) en 1818, pero el concepto asoma al final del siglo XVIII, cuando Adam Smith, en su famoso tratado “Búsqueda sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones” define el capitalismo liberal como nuevo motor de la prosperidad y la riqueza. Aquella corriente de pensamiento es adoptada por una burguesía en ascensión con respecto a la sociedad del antiguo régimen pues ella, que sustituye a la aritocracia, domina el mundo económico y dirige el proceso de industrialización. En definitiva, la libertad —el liberalismo— es la primera conquista de la Revolución Francesa.

Las primeras utopías socialistas

En el polo opuesto, durante la primera mitad del XIX aparecen también las primeras utopías socialistas que paradójicamente llegan de la mano de espíritus liberales, de teóricos sociales, como Fourier, Saint-Simon, Pierre Leroux, Joseph Prouhon  —el primero en usar la palabra socialismo en 1831, oponiéndola a liberalismo— o Robert Owen. Todos ellos irrumpen conmovidos por las desastrosas consecuencias en el mundo obrero de la introducción del capitalismo durante la revolución industrial, y buscan una manera de promover una sociedad más justa y más igualitaria. En la segunda mitad del XIX, arraigan en las clases obreras, en el campesinado y en algunos ‘intelectuales’ las ideas del socialismo científico de Marx y las corrientes anarquistas y ácratas de Bakunin y Kropotkin, que apuntan a un porvenir utópico que ya parece alcanzable, ‘al final de la lucha’.

A mediados del XX surgen los fascismos que conducen a la gran tragedia, pero, después de la Segunda Guerra Mundial, las democracias occidentales construyen un binomio templado liberalismo-socialdemocracia (esta, sin liberarse todavía de la utopía colectivista, que es su referente), en el ámbito del llamado “consenso socialdemócrata”, que lleva la democracia parlamentaria a sus metas más elevadas. El cambio de milenio tiene lugar en un marco de progreso continuo y de paz universal, tras la extinción en los ochenta del pasado siglo, con la caída del Muro de Berlín, de la utopía colectivista.

El auge de los populismos

La gran crisis 2008-2014 arrasa aquella estabilidad en crecimiento y las grandes opciones clásicas, la liberal y la socialdemócrata, incapaces de gestionar el problema que ya avanza a lomos de la globalización, se desacreditan. Las sociedades occidentales que se habían criado en la opulencia no asimilan el retroceso y surgen los populismos. En ese capítulo hay que citar la irrupción de la extrema derecha en toda Europa y en América del Norte, a la que se abrazan unas depauperadas clases medias condenadas a la proletarización y al desempleo. Trump gana las elecciones en USA y una de las cuatro grandes potencias europeas, Italia, declina hacia el populismo nacionalista, mientras el Reino Unido se embarca en el brexit, una aventura descabellada que niega el europeísmo que compendia todavía los grandes valores del consenso socialdemócrata de la posguerra mundial.

Limitando la observación a España, los primeros síntomas de la degeneración del binomio liberalismo-socialdemocracia se perciben con el surgimiento por la izquierda de la organización ‘Podemos’, muy ruda en sus comienzos aunque pronto se adoptará a los cánones de la izquierda más templada. Y poco después, el sistema muestra sus fisuras en Cataluña con la radicalización cuasi súbita de los distintos nacionalismos (conservador, progresista y utópico), que adoptan sincrónicamente su versión independentista y lanzan al soberanismo a una ruptura del Estado, inconstitucional y probablemente delictiva (estamos en plena evaluación del alcance penal de tal ruptura).

El régimen del 78 entra en fin en crisis, y prueba de ello es que tras las elecciones de 2015 no se consigue formar gobierno, algo que sólo se logra con grandes dificultades tras las elecciones repetidas de 2016… En octubre de 2017 se produce el golpe de mano catalán que incluye una declaración fallida de independencia y en 2018 sale adelante una moción de censura que expulsa del gobierno al PP, carcomido por una corrupción en numerosos frentes que lo incapacita para gobernar y le acarrea la condena de los tribunales.

Ahora, tras la creciente inestabilidad del gobierno minoritario surgido de la moción de censura, se celebran nuevas elecciones, a las que acude una oferta política inédita: además del eje derecha-izquierda, que sigue vertebrando el escenario político, se ha establecido otro eje, ortogonal con el anterior, que es de carácter identitario. Compiten, en fin, el nacionalismo étnico, radical y cargado de xenofobia representado por el soberanismo republicano catalán, y el nacionalismo españolista más rancio, extraído del unitarismo patriótico y ramplón del franquismo todavía reciente.

En definitiva, la pugna derecha-izquierda, que podría personificarse en el forcejeo entre Sánchez e Iglesias, de un lado, y Casado y Rivera, de otro, se desfigura con la tensión establecida entre el ultranacionalista español Abascal y el ultranacionalista catalán Puigdemont.

Si ambas disputas se entrecruzan, algo que ocurriría fatalmente si Casado, Rivera y Abascal formasen un solo frente y lograsen gobernar juntos, el futuro de la democracia quedaría gravemente comprometido.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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