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Acaba la interinidad del gobierno

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Los acontecimientos se han precipitado cuando se aproximaba el límite del plazo de toma de decisiones. El relativo dramatismo de la situación política española, que aparecía bloqueada y en camino de unas terceras elecciones que podían no ser tampoco decisivas, ha activado un conjunto de reacciones confluyentes. Puede decirse seguramente que han existido explícitas presiones económicas, empresariales o internacionales que hayan contribuido, como se ha dicho, a una gran conspiración, pero lo más cierto es que se ha generado un clima transversal de inquietud que ha empujado en la dirección de la gobernabilidad, hasta que la pulsión ha cristalizado en balbucientes concreciones que tienen aspecto de decantar dentro de poco.

De hecho, todo indica ya que estamos en puertas de un nuevo gobierno encabezado por Rajoy, quien conseguiría la investidura a fines de este mes, justo al término del plazo de dos meses que la Constitución concede para alcanzar la gobernabilidad tras la primera votación de investidura de un proceso fallido. Aquella votación fue el 31 de agosto, cuarenta y ocho horas antes de la definitiva, que consolidó el fracaso.

La primera investidura de Rajoy fue rechazada, como se sabe, por 170 votos a favor y 180 en contra, y hasta el momento la formación conservadora no ha conseguido sumar más apoyos. El intento de conquistar el respaldo de los cinco diputados del PNV no dio frutos y de las restantes fuerzas sólo el PSOE podría proporcionar el respaldo necesario. Algo que no ha ocurrido hasta ahora.

Pero, inesperadamente, este asunto ha provocado la implosión del PSOE. El comité federal, máximo órgano entre congresos, había decidido el 28 de diciembre de 2015, días después de las elecciones generales del 20 de aquel mes, que el PSOE no apoyaría al PP. El texto literal de la resolución política aprobado por unanimidad es éste: “el PSOE votará en contra de la investidura de Rajoy y de un nuevo Gobierno del PP. Porque ese es el mandato de nuestros votantes y de la mayoría de los españoles. Votar en contra del PP y de Rajoy es votar a favor del cambio que expresaron la mayoría de españoles el pasado 20 de diciembre”.

Y esta ha sido la posición del secretario general Pedro Sánchez hasta su defenestración literal en el tormentoso comité federal del pasado 1 de octubre. Felipe González, sin duda sensible a los citados intereses económicos e internacionales preocupados con el desgobierno español, dio el pistoletazo de salida de aquella cacería con unas demoledoras declaraciones en las que acusó a Sánchez de mendacidad por haberle prometido supuestamente cambiar de opinión sobre la marcha con respecto a la investidura de Rajoy para permitirle gobernar después de las segundas elecciones generales. La afirmación es sencillamente inverosímil puesto que la negativa a la investidura que esgrimía Sánchez venía dictada, como se ha visto, por un órgano superior a la secretaría general, por lo que en cualquier caso ese cambio de postura debía ser establecida por el comité federal. Sea como sea, un grupo de barones –líderes territoriales- descontentos con Sánchez y capitaneados por Susana Díaz han aprovechado la coyuntura, han dado un golpe de mano y han impuesto una gestora… que ahora debe producir el viraje, algo nada fácil porque tropieza sin duda con la voluntad de la militancia, que ya se está movilizando; de una gran parte de la intelligentzia de izquierdas de este país y de un sector muy nutrido del electorado socialista.

El PSOE se equivocó –ahora se ve con perspectiva- al descartar con tanta rotundidad y por unanimidad el 28 de diciembre cualquier fórmula de colaboración con el PP porque ya era entonces evidente que cerrando aquella puerta se estaba en realidad impidiendo la gobernabilidad sine die. Pero la responsabilidad de aquella obstinación no puede atribuirse solo al secretario general: la propia Susana Díaz fue muy enfática al recurrir a la demagogia para defender aquella posición. Y, por supuesto, los barones más críticos con Sánchez por su ‘radicalismo’, Lambán y Page, que gobiernan en sus respectivas comunidades gracias a la gentileza de Podemos, tampoco disintieron del cierre general de filas.

Sea como sea, el PSOE se ha sometido a un desgarro sin precedentes, el más grave de toda la etapa democrática (aunque no de su larga vida de 137 años), por el que sin duda deberá pagar un altísimo precio en términos de peso y prestigio futuros durante una larga temporada (el fantasma del Pasok se pasea por la calle Ferraz). Pero mientras tanto, su posición oficial es esperpéntica y no le ofrece apenas margen de maniobra: por una parte, el golpe de mano se dio para facilitar la gobernabilidad y respaldar un gobierno de Rajoy en minoría, pese a lo cual los principales líderes no se atreven a enarbolar esta bandera impopular, aunque evidentemente no tendría sentido que ahora se acordara otra cosa. Y, por otra parte, la gestora tampoco puede permitirse ir a unas terceras elecciones generales porque para concurrir a ellas debería celebrar por imperativo estatutario unas elecciones primarias… que ganaría con toda probabilidad Pedro Sánchez. Sigue siendo en definitiva una incógnita cómo hará la gestora del PSOE lo que no tiene más remedio que hacer.

 Estas evidencias, además de alguna confirmación personal y directa de los principales protagonistas del sainete, son las que han persuadido al jefe del Estado de la pertinencia de celebrar la preceptiva ronda de consultas del art. 99 CE los días 24 y 25 de octubre para promover una hipotética sesión de investidura. Con anterioridad, seguramente el sábado 22 o el domingo 23, el PSOE habrá celebrado su comité federal en el que es de suponer que la gestora conseguirá el aval institucional para facilitar a Rajoy la mayoría relativa que necesita, que se conseguiría con solo once abstenciones.

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Al escribirse estas líneas no hay en la gestora consenso todavía sobre si debe abstenerse el grupo parlamentario en pleno o esos once diputados que le darían la mayoría relativa a Rajoy. Todo indica que se optará por esta segunda solución, que evitaría comprobar la homogeneidad del grupo y que dejaría en claro que el gesto socialista se limita a permitir la gobernabilidad, sin la menor concesión de otra índole, por lo que a partir de ese momento los socialistas quedarían absolutamente en la oposición.

Si se cumplen estas previsiones, el pleno de investidura se celebraría el 27, jueves, y el 28, viernes, y la segunda votación en la que el candidato ya sólo precisa mayoría relativa podría celebrarse el día 30, domingo, o el lunes, 31. El plazo marcado constitucionalmente entre ambas votaciones es de cuarenta y ocho horas pero ya existe un precedente de un plazo algo mayor: el aplazamiento de un día que tuvo lugar al producirse los acontecimientos del golpe de estado del 23F de 1981 durante la investidura de Calvo Sotelo.

En resumidas cuentas, si se cumple este guión, Rajoy sería presidente del Gobierno el último día del mes de octubre, al borde del límite establecido. Habrían transcurrido más de diez meses de interinidad, pero finalmente el sistema habría sido capaz de restaurar la normalidad. Lo lógico, en cualquier caso, sería proceder en la legislatura que va a comenzar a la reforma constitucional necesaria para evitar estos periodos de interinidad mediante algún procedimiento paccionado por una gran mayoría parlamentaria. El método vasco, en el que en la votación de investidura del lehendakari no se puede votar que no (tan sólo sí o abstenerse) y resulta investido quien más síes obtenga, podría ser un ejemplo digno de atención.

El día después. El PSOE y el liderazgo de la oposición

El socialismo sale profundamente dañado de la gran confrontación que se produjo en el comité federal del 1 de octubre, que tuvo lugar cuando la comisión ejecutiva había perdido el quórum necesario por la dimisión de la mitad de sus miembros. Estatutariamente, el vacío de poder debía haberse resuelto mediante la convocatoria inmediata de un congreso extraordinario, pero se optó por formar una comisión gestora –no prevista en los estatutos- por una razón simplicísima: aunque la oposición a Sánchez en el comité federal fue capaz de derrotarle en esta instancia (había una mayoría de barones en contra), el congreso, que comporta la previa elección por las bases del secretario general, podía haber sido ganado con facilidad por Sánchez, quien ya logró gracias a ellas el liderazgo hace dos años y podía haberlo ratificado con facilidad a juzgar por la reacción de la militancia tras su defenestración.

El golpe de mano se ha justificado con el argumento de que Sánchez estaba intentando una fórmula de gobierno –el pacto con Podemos y los independentistas- que no convenía al PSOE ni al país. Es evidente que el comité federal, que fue el que impuso el no a Rajoy en diciembre, podía haber impedido semejante experimento, que según todos los indicios no era cierto en absoluto (cuando se produjo el altercado, la cúpula del PSOE estaba convencida de la imposibilidad de una fórmula alternativa). Y, por supuesto, podía también haber impulsado la abstención total o parcial del grupo parlamentario para posibilitar la investidura de Rajoy. Por lo que puede hablarse más de golpe palaciego que de un movimiento filantrópico para salvar al país de no se sabe bien qué clase de amenaza.

Las consecuencias de aquella ruptura traumática no está todavía claras, pero todo indica que el PSOE está roto. En la militancia, se han iniciado movimientos para que la gestora convoque inmediatamente un congreso y para que se consulte cuanto antes a las bases. El alcalde de Jun ha recogido decenas de miles de firmas en Internet y se han iniciado varias campañas en change.org y en Twitter con hastags como #Decide, #QueNadieDecidaXTi, #ConsultaALaMilitancia, #DeTodosDepende… Hay demás otros movimientos en la cúpula, en los que, además de Josep Borrell –quien ya se ha pronunciado a placer contra la instigación de Felipe González al golpe de mano y las formas heterodoxas de los promotores de la rebelión, estarían personalidades de gran peso en le partido, asociadas en parte al ‘guerrismo’ y a los principales grupos intelectuales y universitarios, con varios exministros en su interior. En definitiva, la fractura no solo no se ha cerrado sino que se anuncian nuevas escaramuzas.

Así las cosas, la gobernabilidad en esta próxima legislatura, que no se asegura como es obvio mediante la investidura, aparece comprometida porque el PSOE será más un factor de inestabilidad que de certidumbre. Y estará más absorto en sus propios problemas que en pactar con el PP desarrollos racionales en materia socioeconómica. Este país necesita cambios, que vienen urgidos por la propia demanda social –el surgimiento de nuevos partidos no es más que la prueba de que gran parte de lo viejo ha caducado-, y pactos de Estado en los grandes asuntos, Cataluña en primer lugar, sin los cuales podríamos entrar en una deriva irreversible..

La titularidad de la oposición

 Ante la grave crisis del PSOE, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, bien afirmado al frente de su partido –las encuestas confirman que su liderazgo no está en cuestión, aunque haya de soportar polémicas públicas al respecto–, ha aprovechado el consejo ciudadano del pasado día 8 de octubre para remachar su posición radical ante la organización frente a las tesis blandas de Errejón y para proclamar que el joven partido protestatario se convertirá en la gran fuerza de oposición si el PSOE, como es previsible, termina facilitando al Partido Popular el acceso al gobierno mediante su abstención en una inminente sesión de investidura.

El análisis tiene efectivamente escasa complicación. Iglesias ha mencionado un juicio de valor de Juan Antonio Andrade (joven historiador de peso, autor de “El PCE y el PSOE en la Transición”), según el cual “a pesar de que en términos programáticos no ha habido gran diferencia entre PP y PSOE, representaban dos mundos, sus votantes no eran iguales”. Y ha concluido en que si el PSOE termina facilitando al Partido Popular la llave del gobierno, saltará por los aires ese “tablero simbólico” y “ya nadie se creerá ya que C’s y PSOE son oposición”. Con todo, está por ver qué papel jugarán los socialistas en un periodo tan complejo como el que se avecina.

Es muy probable que Iglesias acierte al pronosticar una caída del peso específico y de la significación electoral del PSOE, que sale gravemente debilitado del golpe de mano que ha tenido lugar por razones complejas para expulsar del liderazgo a un secretario general elegido por la militancia, y que es todavía el más deseado por el electorado según las últimas encuestas publicadas. Pero este decaimiento del PSOE no es suficiente para explicar el salto prodigioso de Podemos desde una posición lateral, marginal, al centro del escenario político como principal contradictor del PP. Porque, como ha dicho Errejón en el fragor del debate que tiene lugar en la cúpula de Podemos, “ese título –el de líder del espacio de la izquierda– no es automático, ni caerá del cielo por los errores de otros”. “El liderazgo de la oposición –continuó el número dos de Podemos–. Depende de nuestra virtud por representar los dolores pero también las esperanzas existentes”.

Es evidente, y Rajoy se ha percatado de ello si hay que creer en la sinceridad de sus ultimas declaraciones, que el PP tendrá por delante una tara difícil para gobernar en minoría y con la actual aritmética parlamentaria. Pero también lo es que el contrapunto eficiente al discurso de centro-derecha de Rajoy habrá de ser un discurso simétrico de centro-izquierda. De hecho, la constatación ya se hizo en su día: cuando gobernó la derecha en etapas anteriores –piénsese por ejemplo en la legislatura 1996-2000–, la dialéctica de poder más creativa se escenificó entre el PP y el PSOE, no entre el PP e Izquierda Unida, a pesar de que al frente de este organización estuvo Julio Anguita, el también secretario general del PCE por aquel entonces (lo fue hasta 1998), tan admirado por el actual secretario general de Podemos.

El PSOE, que ha escenificado un inconcebible espectáculo fratricida y bien poco democrático, pagará muy cara esta deriva, pero el protagonismo de Podemos en el inmediato futuro y en el medio plazo no depende tan solo de la buena o mala salud del partido socialista sino de los propios méritos de la formación populista. Un Podemos radical, con un pie en las instituciones y el resto del cuerpo en la calle como quiere Iglesias, extremoso y cuasi revolucionario, no va a entusiasmar a una ciudadanía que no ha confundido la irritación con la ira, ni la oposición con la revuelta.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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