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Roosevelt y Wilson: altura de Estado y vértigos

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Roosevelt y Wilson
Roosevelt (i) y Wilson (d)

Si para Clint Eastwood el mundo lo cohabitan dos tipos de personas, los que tienen el revólver cargado y los que cavan, en política podemos reducir también a un par los perfiles: los que llegan a acuerdos con los rivales y los que con los adversarios no caminan ni a la vuelta de la esquina. En el plano nacional, los primeros son una especie exótica, y no es algo que nos pille de nuevas. Ya en 1993, Felipe González, al frente de un PSOE en minoría, tuvo la posibilidad de sumar mayoría absoluta con Julio Anguita. Hoy, Pedro Sánchez e Iglesias no suman 176 escaños, pero están obligados a llegar a un acuerdo y enfundar sus revólveres para impedir que se celebren las cuartas elecciones generales en cuatro años.

La historia está trufada de políticos incapaces de llegar a acuerdos, pero también de líderes flexibles y capaces de estrechar la mano al rival y realizar concesiones. Franklin Delano Roosevelt (FDR) fue de estos últimos. El demócrata, trigésimo segundo presidente de Estados Unidos, se encontró con un país herido tras la gran depresión y un escenario internacional sombrío. Quizá por ello, como dice Margaret MacMillan en su libro Las personas de la historia. Sobre la persuasión y el arte del liderazgo, “nunca temió rodearse de caracteres fuertes”.

Capacidad de llegar a acuerdos

Huey Pierce Long, exgobernador de Luisiana desde 1928 a 1932, considerado como un populista, dijo de Roosevelt lo siguiente: “Uno entra ahí a ver a FDR con ganas de hacerlo trizas y sale silbando una canción”. Poco después de la caída de Francia, en 1940, incorporó a su gabinete a dos destacados republicanos, Henry Stimson y Frank Knox, y los puso al mando del departamento de Guerra y de la Armada.

Macmillan considera que Roosevelt también realizó algunos nombramientos incomprensibles: “Designó como embajador en Londres a Joseph Kennedy, que era profundamente antibritánico; le dio la embajada en Berlín, justo cuando los nazis llegaban al poder en Alemania, a William Dodd, un historiador procedente del sur de Estados Unidos sin ninguna experiencia diplomática previa; en 1933, cuando EE. UU. estableció relaciones con la Unión Soviética, FDR eligió a William Bullitt, un defensor del nuevo régimen soviético desde 1919”.

El mundo creado a partir de 1945 sería muy distinto sin el papel de Roosevelt

Roosevelt, como se ve con estos nombramientos, era un hombre práctico. En cierta ocasión dijo de sí mismo lo siguiente: “Puedo decir una cosa y su contraria, y además estoy perfectamente dispuesto a confundir y a no decir la verdad si eso ayuda a ganar la guerra”. Hay que recordar que el demócrata asumió el cargo en uno de los peores momentos para Estados Unidos: con uno de cada cuatro estadounidenses en paro debido a la gran depresión y con el desarrollo de la II Guerra Mundial, de cuyo final fue uno de los principales artífices. Como sostiene Macmillan, “nuestro mundo, el creado a partir de 1945, sería muy distinto sin el papel de FDR”.

Woodrow Wilson: un tirano de otro tiempo

Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos desde 1912, era todo lo contrario a Franklin Delano Roosevelt. El embajador francés en Washington dijo de él que “era un hombre que, de haber vivido hacer un par de siglos, hubiera sido el mayor tirano del mundo, porque no parece abrigar la menor sospecha de que pueda equivocarse alguna vez”.

El vigésimo octavo presidente estadounidense era más rígido e inamovible.  Se guiaba por la brújula de su criterio, algo que en ocasiones impedía que consiguiese sus objetivos. Edward House, uno de sus asesores de confianza, dijo con admiración sobre Wilson: “Cuando se plantea un problema, mantiene la mente completamente abierta y acepta todas las sugerencias o consejos que puedan ayudarlo a aceptar la decisión. Pero su receptividad solo dura el tiempo en que está sopesando la cuestión y preparándose para decidir. Una vez que toma la decisión, esta es definitiva y se acaban para siempre todos los consejos y sugerencias. De ahí ya no se mueve”.

Cuando nadie se mueve, sucede lo que estamos viendo: que la producción legislativa es bajísima y que las reformas estructurales son, desde 2014, prácticamente nulas. Si al contexto multipartidista se le suma el anquilosamiento de todas las posturas, no nos va a quedar más remedio que sacar la pala y velar los restos de los consensos, los pactos y las grandes reformas.

Iberia 350
Sergio García M.
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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