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Aniversarios (de la moción de censura a los 90 años de Pujol)

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10N. Pedro Sánchez y la solucion para un acuerdo de gobierno

Dos años de la moción de censura

Se han cumplido dos años de la moción de censura —censura constructiva, a la alemana, prevista en el art. 113 C.E.—, que se saldó con la salida de Rajoy de la presidencia del Gobierno y la investidura de Sánchez. El argumento esgrimido, que suscitó una heterogénea alianza contra el Partido Popular, fue la sentencia del ‘Caso Gürtel’ de mayo de 2018 que acreditó y condenó la corrupción de la formación conservadora entre 1999 y 2005.

Aquella moción, atribuida a una hábil iniciativa de Pedro Sánchez asesorado por su nuevo gurú, Iván Redondo, fue la consecuencia de una sucesión de escándalos de corrupción, del que el más notorio fue el descubrimiento de una gran fortuna personal en Suiza de quien había sido tesorero del partido. Rajoy, quien se había mantenido en puestos de alta responsabilidad durante toda la etapa de Aznar, no pudo hurtarse al escándalo, que le llevó a declarar ante los tribunales siendo presidente del Gobierno y que suscitó un gran consenso en su contra, puesto de manifiesto en aquella moción de censura. Prácticamente todo el arco parlamentario la respaldó, salvo naturalmente el propio PP y Ciudadanos, cuyo líder ya estaba entonces madurando su giro a la derecha con el ánimo todavía secreto de adueñarse del hemisferio de estribor. A favor de Sánchez, en la votación del 1 de junio de 2018, se decantaron el PSOE, UP, ERC, PDeCAT, Compromis, EH Bildu y Nueva Canarias, con un total de 180 votos.

Aquella moción de censura, la tercera que se presentaba en democracia y la primera que prosperaba, levantó fuertes y enconadas enemistades políticas, con una cierta traducción social, que todavía duran. La vida parlamentaria, que nunca fue florentina en este país, se agrió, a pesar de lo impecable del procedimiento y de lo fundamentado de la argumentación. De hecho, el Partido Popular había jugado con ventaja muchos años al disponer de muchos más recursos que sus antagonistas, sin que quedase constancia contable de ello. Pero esta clase de sucesos políticos son siempre traumáticos y aquel generó denigraciones personales difíciles de encajar en el fair play de estos depurados sistemas que son, o deberían ser, el método ideal de resolver los conflictos.

La sucesión de Rajoy en el PP —una formación arraigada que representa a un conjunto heterogéneo de intereses— fue relativamente compleja y a las primarias concurrieron las dos ‘números dos’ del propio Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría y Dolores de Cospedal, ambas avezadas abogadas del Estado de un nivel intelectual innegable, y, a modo de tercera vía, el joven Pablo Casado. Finalmente, en la segunda vuelta se enfrentaron Sáenz de Santamaría y Casado, que se identificaron hasta cierto punto con sus respectivos mentores, Rajoy y Aznar (Casado había sido jefe del gabinete del expresidente Aznar entre 2009 y 2012), y terminó siendo Casado el victorioso (julio de 2018), lo que provocó la retirada de la primera línea de toda la antigua plana mayor de Rajoy, con alguna excepción singular como Ana Pastor (la exministra gallega mantuvo explícitamente cierta distancia de este proceso típicamente madrileño). La llegada de Casado supuso —entre otras cosas— la plena profesionalización de la política popular, cuyo liderazgo —Fraga, Hernández Mancha, Aznar, Rajoy— había estado hasta entones en manos de prestigiosos funcionarios públicos, opositores a la vieja usanza, que tenían una vida intelectual que complementaba la ocupación política. Igual podría decirse del entorno de todos ellos.

Casado no ocultó su sintonía cuasi mimética con Aznar, de quien es plenamente dependiente, y prueba de ello es que situó a su lado a Cayetana Álvarez de Toledo, quien después de haber sido diputada del PP, rompió su relación con Rajoy en octubre de 2015 por la supuesta debilidad de este en la defensa de los principios conservadores. Actualmente es la portavoz del PP en el Congreso de los Diputados, y mantiene una línea autónoma, casi nunca coincidente con la política de su partido, y claramente alineada con las estridencias de Vox. Casado, que mantiene una relación fría pero correcta con Rajoy, está manifiestamente influido por el otro expresidente, cuyo entorno fundacional se considera personalmente agraviado por la desfachatez de Pedro Sánchez, un desclasado que tuvo la osadía de actuar constitucionalmente contra una corrupción intolerable que estaba siendo una de las causas de la ya larga inestabilidad política ulterior a las elecciones generales de diciembre de 2015, cuando se desvaneció el bipartidismo imperfecto. Y hoy, dos años después, se perciben algunos destilados de odio que envilecen la vida pública e irritan sobremanera a la opinión pública. Nadie sabe si el tiempo mitigará esta tensión, o si estamos condenados a padecerla siempre, como una característica étnica más de nuestra identidad (no dude el lector de ver entre líneas la ironía).

El PP salió lógicamente debilitado de aquel grave contratiempo, y la crisis electoral que le causó, que en última instancia fue más imputable a la corrupción en tiempos de Aznar que a las políticas del moderado Rajoy, tuvo una consecuencia inquietante, que fue la pérdida de envergadura del histórico partido, no sólo por el centro —Ciudadanos, que había emprendido una línea conservadora con la que arañaba ostensiblemente terreno al PP— sino también por la derecha, con la irrupción de VOX. En las elecciones de 2015 y de 2016, Vox, ya con Santiago Abascal al frente, apenas alcanzó el 0,20 y el 0,23%, respectivamente, de los votos y ningún escaño. En cambio, en las primeras elecciones a las que acudió Casado, en abril de 2019, la formación de extrema derecha alcanzó el 10,26% y 24 diputados. La catástrofe para el PP fue todavía mayor en las elecciones de noviembre de 2019 en las que Vox logró el 15,09% de los votos y 52 escaños, convirtiéndose en la tercera fuerza del país.

El problema que se le plantea a Casado por el surgimiento de la extrema derecha era/es colosal. En Europa, la derecha democrática no pacta con la extrema derecha, la CDU/CSU no se habla con la AfD, Merkel desprecia a ojos vista a los radicales neonazis. Pero Vox es una criatura de Aguirre y de Aznar, y además la única forma que tenía el PP, con 88 escuálidos escaños en el Congreso (el 20,8%), de arañar poder territorial era prestándose al tripartito conservador, a la famosa foto de Colón. Gracias a Vox, el PP gobierna en Andalucía, en Murcia, en Castilla-León…

Sin embargo, la condescendencia del PP con Vox es delicada. En Francia, por ejemplo, el antiguo Frente Nacional (actualmente Ressemblement National) ya es dominante en el hemisferio conservador, en detrimento de la derecha tradicional, liberal y neogaullista. Aquí, el encrespamiento y la polarización de la política, debidos mucho más a la estridencia de la extrema derecha que al radicalismo, muy templado últimamente, de Unidas Podemos, favorecen objetivamente más a Vox que al PP, que se está quedando en tierra de nadie.

En realidad, la moderación que debería encarnar el PP como partido de Estado, dispuesto a alternarse con la socialdemocracia como había sido hasta ahora en España y sigue siendo en la mayoría de las democracias europeas, la están ejerciendo algunos líderes regionales, como el gallego Feijóo o el andaluz Moreno Bonilla. Casado está desvanecido en una eterna y desorientada negativa que Rajoy y Aznar, en la distancia y por distintos motivos, parecen estar encantados de atizar y mantener.

Noventa años de Jordi Pujol

El próximo martes, Jordi Pujol i Soley cumple noventa años. No habrá festejos, obviamente, ni senyeres, ni coblas de sardanas, ni castellers de uniforme porque el viejo patriarca está contaminado por su propia corrupción y la de toda su familia. El empoderamiento de su linaje sobre la Cataluña entera durante casi 23 años concedió a los Pujol una especie de patente de corso que fue hábilmente explotada por todo el clan, su mujer —Marta Ferrusola, que se entretuvo en pingües negocios de jardinería— y sus siete hijos, varios de ellos acaudalados y perseguidos por la justicia en un caso interminable que no acaba de sustanciarse. Lo cierto es que Pujol es un proscrito, sobre todo desde que se acreditó que sus delitos fueron los de un mediocre comisionista y que su largo mandato fue un discreto ocultadero bajo el que se cometieron innumerables corruptelas en que el nacionalismo dominante y sus principales familias se enriquecieron hasta la náusea.

Pese a esta anatema contemporánea, que mantiene al prócer confinado (visitado a hurtadillas por algunos representantes nostálgicos de su antiguo clan), no cabe duda de que Pujol pasará a la historia, la de España y la de la Cataluña, como personaje decisivo en la construcción del régimen del 78 y en la configuración de la actual identidad catalana, una construcción basada lógicamente en los antecedentes románticos pero construida artesanalmente por su líder, que formalizó una superestructura inventada basada en los conocidos tópicos y en una fabulación que se ha ido construyendo a medida que Pujol desarrollaba su visión singular de la patria catalana, que hoy tiene una entidad indiscutible, a medio camino entre lo ridículo y lo sublime.

Pujol, de formación conservadora —es curioso que se formó en el Colegio Alemán de Barcelona, antes y después de la guerra civil y en ambos periodos de tendencia filonazi—, cursó medicina y militó en sucesivas organizaciones católicas y nacionalistas, que mantuvieron viva la cultura catalana proscrita durante la dictadura. Militante antifranquista, fue condenado en 1960 por los sucesos del Palau de la Música —la difusión de unos panfletos antifranquistas— y estuvo en prisión más de dos años. En los años 70 fue vicepresidente de Banca Catalana, teóricamente implicada en la causa nacionalista (parece que más de un nacionalista se enriqueció con aquella aventura), que quebró en medio de un gran escándalo, y en 1974 fundó Convergencia Democrática de Cataluña, que en 1976 se convirtió en partido y en 1978 se alió con UDC para formar Convergència i Unio (CiU), que gobernaría la autonomía catalana desde las primeras elecciones autonómicas de 1980 hasta las de 2003, a  las que Pujol ya no se presentó; tras aquella consulta, se formó un gobierno tripartito presidido por el socialista Maragall.

Pujol, durante su dilatado mandato, construyó un gran relato sobre Cataluña merced a una gran mixtificación historiográfica y editorial, financiada generosamente. En las constituyentes de 1978, contribuyó a dibujar la España de las autonomías, y extrañamente se negó a que Cataluña quedara incluida entre los territorios forales, que disfrutaron desde el primer momento de gran independencia económica, y fortaleció una personalidad catalana fuerte, por el procedimiento de reforzar la lengua, potenciar los elementos identitarios clásicos y construir una narrativa victimista y creíble. Fue una labor lenta, en la que se prevalió de su presencia en el parlamento estatal para reforzar la autonomía política, legitimar el sectarismo y obtener privilegios y recursos. Pujol no practicó desde el poder el soberanismo, más bien todo lo contrario, pero puso los ingredientes para que sus epígonos se montaran a lomos del independentismo, una vez que CiU empezó a rivalizar con una renacida Esquerra Republicana (ERC), alimentada por el nacionalismo españolista de la derecha estatal (Aznar en el periodo 1996-2004).

La responsabilidad del dislate posterior a la retirada de Pujol –desde 2003 a la actualidad— tiene muchos padres. La reforma del Estatuto de Autonomía impulsada por Maragall fue un disparate que colisionó con el Tribunal constitucional, mientras el PP y el PSOE tomaban en rehén Cataluña para destriparse mutuamente. Las corrupciones catalanas, incluida la del clan Pujol, radicalizaron al catalanismo más fervoroso, que trató de atribuir aquella ‘persecución’ judicial a la malquerencia del Estado. En definitiva, Pujol, apergaminado, asiste hoy, se supone que con cierto horror, a la decadencia de un monstruo que él creó y acunó, y que ahora es muy difícil devolver a la madriguera de la que nunca debió salir. Pero esta es otra historia.

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Antonio Papell
Director de Analytiks

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