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Barcelona en llamas: arden el periodismo… y las redes

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Disturbios. La foto no es de Barcelona
Un manifestante con un bote de humo. La imagen NO pertenece a los disturbios de Barcelona | AdobeStock

El tercer día de protestas en Barcelona por la sentencia del procés terminó con cerca de veinte personas detenidas y medio centenar de heridos. Cubos de basura y coches incendiados, gente corriendo de aquí para allá y barricadas en prime time en una ciudad que a la mañana siguiente madrugaba para pagarse el alquiler y el pan. En medio de todo este escenario —el apocalipsis para unos, el Hong Kong europeo para otros—, un periodismo que engrandece la profesión, otro que la avergüenza y unos quieroynopuedo empeñados en llevarse el agua a su molino. Como sea.

El medio que rectifica

Engrandecen el oficio los que están allí, en la calle, con el chaleco de prensa. Los que se patean las calles en busca de testimonios y quienes realizan conexiones en directo a escasos metros de las llamas. También aquellos que no mienten, e incluso los que rectifican. Las redes, el maximalismo de los tiempos, han lanzado pendiente abajo nuestras exigencias. Hoy en día, no publicar bulos o corregir una información falsa son actos que merecen una medalla al trabajo bien hecho.

 

El Canal 24 h publicó en su perfil de Twitter una imagen de la Fira de Barcelona en llamas que resultó ser de 2010. Según decían, las imágenes fueron enviadas por “fuentes policiales a RTVE”. Cualquiera que haya trabajado en medios de comunicación —en realidad, cualquiera que esté en las redes y sea un usuario habitual de prensa digital— sabe de la importancia que se le da hoy a la celeridad. Todas las profesiones acarrean una serie de riesgos. Un cirujano, en el peor de los casos, puede acabar con la vida de su paciente; un error periodístico, engañando a sus lectores/oyentes/espectadores.

El periodismo y los nuevos agentes

Últimamente han proliferado los digitales dedicados a desmentir bulos. Hay quienes los han criticado, no por su presencia en sí (o eso quiero pensar), sino porque han nacido para cubrir la orfandad periodística a la hora de contrastar hechos y datos, algunos por error; otros, por mala baba.

Por cada acción, una reacción. Nacieron estos fact checkers y los medios tradicionales —algunos, ya saben: generalizar funde matices— crearon sus propias brigadas cazabulos y se adhirieron a consorcios internacionales que establecen “estándares de confianza” y trabajan con plataformas tecnológicas “para reafirmar el compromiso del periodismo con la transparencia, la precisión, la inclusión y la imparcialidad”, según la explicación que da uno de los adheridos a The Trust Project, El País.

Del mismo modo que la irrupción de Uber y Cabify ha obligado al sector del taxi a modernizarse y acoplarse a los tiempos que corren, la prensa profesional y responsable ha espabilado gracias a estos nuevos agentes. Porque las redacciones ya no estarán nunca más ocupadas únicamente por periodistas. Bienvenidos sean los expertos que nos ha traído la tecnología.

Pseudoperiodismo a costa de los sucesos en Barcelona

Es cierto que, paralelamente a esto que narramos, se han producido dos factores que socavan la calidad periodística. Uno es la creación de medios dedicados a la creación y difusión de bulos, que dan voz a personajes con escrúpulos de cartón piedra, a avatares malintencionados que solo buscan defender su punto de vista. Y para ello mienten, manipulan y tergiversan desde su trona digital.

La forma en la que los ciudadanos reciben información ha cambiado. Por el retrovisor vemos en miniatura aquellos tiempos donde el tradicional tridente formado por prensa, radio y televisión poseía el monopolio informativo del pueblo. Ahora, y este es el segundo factor, un perfil digital con miles de seguidores tiene la capacidad de convertirse en un micro medio de comunicación.

Sus palabras se copian, se tuitean; sus imágenes se distribuyen por grupos (de WhatsApp, de Facebook) y así se generan nuevas corrientes de opinión, generalmente con un cierto poso de odio. Con el riesgo que conlleva tratar de comprender la realidad con una parrafada de 280 caracteres o un vídeo de pocos segundos (dando por hecho, en el mejor de los casos, que sea real, y no de hace un lustro, en otro país). Hace años, una profesora me dijo en la universidad que para ser periodista solo era necesario ser buena persona. Qué tiempos aquellos y qué ingenuos éramos.

Lo que es, lo que parece y lo que algunos quieren que sea: el tuitero que no rectifica

En Barcelona asistimos, de nuevo, a una batalla entre lo que es, lo que parece y lo que algunos quieren que sea. Una cuenta de Twitter que no mencionaremos por no darle publicidad cuelga un vídeo donde aparecen unos supuestos policías nacionales atropellando a catalanes; otro le reprende y le corrige: “Son Mossos”. El primero, con miles de seguidores, jamás quitará el vídeo de su perfil porque de hacerlo se queda sin su relato, eso que ahora está tan de moda.

Ejemplos como este los hay a patadas. Gente que, desde el salón de su casa, asomados a una ventana a lo sumo, tratan de orquestar a la sociedad, manipular la opinión, combatir la irresponsabilidad con más irresponsabilidad. Ciberprofetas errados de un mundo que jamás será blanco o negro, muy a su pesar. Pirómanos con ínfulas de tertuliano a la espera de que les llegue su momento. En un tiempo en que todo arde, parece que es su momento.

Iberia Alexa
Sergio García M.
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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