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Ciudadanos y la falta de contrapesos internos: de rozar la gloria al olvido

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Ciudadanos declive arrimadas

Los partidos políticos en las democracias parlamentarias tienen un designio que cumplir, que es su razón de ser y que es el elemento del que pende la confianza que deposita en ellos una parte del electorado. En nuestra todavía joven democracia, las grandes organizaciones, PP y PSOE, han representado las dos grandes tendencias ideológicas predominantes tras la II Guerra Mundial. La gran recesión de 2008 dio lugar al nacimiento de nuevas formaciones políticas, en nuestro país fueron principalmente Ciudadanos y Podemos, dispuestas a abanderar un nuevo discurso reformador que sirviese de bálsamo a una sociedad que sentía que el bipartidismo les había fallado.

El PP, como fuerza conservadora, ha propugnado por dar facilidades al mercado y a los empresarios para que puedan generar plusvalías y generar empleo. El PSOE, por su parte, sin negar el modelo capitalista, ha optado por la redistribución de la renta y de la riqueza, de la igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos y de la supervivencia de un Estado protector que vele por que nadie se quede rezagado.

En la balanza, grosso modo, vemos a un lado la libertad mercantil; al otro, la preservación del estado de bienestar. La alternancia en el poder de las dos grandes formaciones durante tantos años no ha sido mala. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), España es la 13ª economía del mundo; excluyendo a Reino Unido, la cuarta de la Unión Europea (UE), muy cerca de la tercera (Italia).

La crisis que lo cambió todo: llegan formaciones como Ciudadanos y Podemos

Con la crisis de 2008 llegó la desacreditación de los dos grandes partidos, PP y PSOE. Golpeados y desacreditados, hicieron un hueco a organizaciones llamadas a perfeccionar y completar el sistema, aliviando sus carencias y ofreciendo a los electores nuevos caminos de participación. Desde entonces hasta hoy, han surgido varias formaciones: Podemos (ahora, Unidas Podemos), que ha abandonado el barco antisistema para subirse al constitucionalismo; Vox, los herederos de Fuerza Nueva; y Ciudadanos, hoy sumidos en la irrelevancia parlamentaria.

Estos últimos surgieron en Cataluña como reacción a los excesos introspectivos del nacionalismo catalán, que se extendió a todo el país con un mensaje centrista, regeneracionista, a medio camino entre el liberalismo y la socialdemocracia. Era un partido bisagra, nacido con la pretensión de sustituir a los nacionalismos periféricos que habían desempeñado un papel arbitral en ausencia de mayorías absolutas.

Los naranjas fueron bien acogidos por el electorado, pero han echado por tierra esos apoyos

En abril de este año, el electorado aceptó de buen grado a Ciudadanos, otorgando a la formación naranja 57 escaños. Pero la frivolidad del líder, ahora traspapelado en las revistas del corazón, impidió que aquella formación cumpliera el designo histórico que le correspondía. No ejerció la ‘tercera vía’, no facilitó la gobernabilidad y abrió el camino a la ultraderecha.

Ciudadanos traicionó su propio ideario, como se encargó de recordar el propio Francesc de Carreras, uno de los fundadores del movimiento. Defraudó a sus votantes de corte progresista, pues no tuvo escrúpulos a la hora de llegar a pactos con Vox, aunque ni siquiera sacó provecho de ello. También intentó obtener el liderazgo de la derecha, sin entender que, en los países de larga historia, los roles sociopolíticos tienen raíces muy profundas. Estos han sido los peldaños que ha recorrido la formación naranja hasta llegar a los 10 escaños.

El problema de los liderazgos sin contrapesos

Albert Rivera cayó en su propia trampa. Los liderazgos sin contrapesos internos, además de ser una regresión democrática, son también una operación arriesgada para la propia supervivencia de los partidos, como bien explican José Antonio Gómez Yáñez y Joan Navarro en su obra Desprivatizar los partidos. “Como cualquier otra institución, como cualquier asociación, empresa o comunidad de vecinos”, el funcionamiento interno de los partidos “debe sujetarse a unas normas democráticas que permitan a sus miembros fiscalizar la acción de sus dirigentes y reorientar su acción en caso necesario”.

En Ciudadanos no existen contrapesos, ni siquiera voces discordantes, y aquellos que fruncieron el ceño decidieron largarse a tiempo. Ahora todo apunta a que el liderazgo recaerá en las manos de Inés Arrimadas, la sombra de Albert Rivera en todo momento. El cambio que merece la formación debe ser más profundo si no quiere desaparecer por completo.

Ahora, los dos bloques estatales de derecha e izquierda, sin bisagra en la que apoyarse, se encuentran a merced de alguna formación excéntrica –ERC, en este caso– que podrá obtener una cierta cuota de responsabilidad si hace bien las cosas. Lo que está en juego es algo más que la salida de un conflicto circunstancial.

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