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Coronavirus: el día después

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El Coronavirus pandemia

Con buen sentido, el confinamiento de la ciudadanía, que es necesario para aplanar la curva de propagación del coronavirus y evitar en lo posible situaciones de sobresaturación (lamentablemente, no se ha conseguido evitar del todo esta situación indeseable, que se traduce en más pérdidas de vidas humanas), se ha tratado de conjugar en España con el mantenimiento de una actividad económica al ralentí. Siguen en funcionamiento aquellas industrias y actividades relacionadas con la alimentación y provisión de productos de primera necesidad, industrias química y farmacéutica, empresas de servicios y mediación —bufetes de abogados, notarías, etc.— que pueden funcionar mediante el teletrabajo, etc. Por supuesto, siguen activas aunque al ralentí las principales redes de transporte, las prestatarias de suministros (agua, luz, gas), el sector agropecuario, etc.

Se trata, en fin, de lograr que, sin afectar al confinamiento general, que debe ser intenso, predominante y riguroso, se consiga evitar que paren las máquinas íntegramente. Primero, porque no colisiona esta cautela con la lucha eficaz contra la pandemia y, segundo, porque un buen gestor no puede mirar exclusivamente al hoy sin echar una mirada intensa al mañana, y no hace falta ser un especialista para entender que el regreso a la normalidad no será sencillo. Por un lado, porque habrá que hacerlo probablemente por etapas y sin que nadie pueda descartar que la pandemia tenga un comportamiento en dientes de sierra, con periódicas recidivas que habrá que controlar; y, por otro, porque no todas las actividades son resilientes, y muchas de ellas tardarán mucho en recuperarse del parón.

El turismo, por ejemplo, está en una situación delicada. Primero, porque después del terrible mal trago, y en un mundo en que previsiblemente perdurará bastante tiempo el coronavirus en los países más subdesarrollados, que habrán sido los últimos en contaminarse, es imprevisible cómo se irá desarrollando la afición a viajar de los supervivientes. En todo caso, parece lógico pensar que se tardará años en recuperar los niveles anteriores a la pandemia, tras un incidente tan grave que ha roto la mayoría de las inercias anteriores. Asimismo, la demanda interna y el sector exterior tardarán en tirar del carro: en la convalecencia de un sobresalto tan intenso, el ciudadano no se verá inclinado a cambiar de coche o de vivienda, al menos en un tiempo considerable que le permita entonarse de nuevo y corroborar que el peligro ha quedado atrás.

Efectos del coronavirus

Cuando asomó el coronavirus en China, en Europa se hablaba de una rebaja de décimas de la expectativa de crecimiento para 2020, que era en nuestro caso del 1,6%

En los análisis sobre los efectos de la pandemia hay que introducir forzosamente numerosos elementos imprevisibles que impiden cuantificar los procesos. Cuando asomó el coronavirus en China, en Europa se hablaba de una rebaja de décimas de la expectativa de crecimiento para 2020, que era en nuestro caso del 1,6%. Posteriormente, las agencias de rating, que son muy audaces porque están acostumbradas a equivocarse estrepitosamente, siguen haciendo cábalas. Así por ejemplo, el 19 de marzo Fitch estimaba que el PIB español se contraerá el 0,8% este año y ya hablaba de “recesión global”.

Standard & Poors, por su parte, entre grandes cautelas y con datos todavía muy provisionales, preveía la semana pasada un retroceso del PIB español para este año del 1,8%, pero un rebote para el año que viene del 3,1%… En realidad, el daño que padecerá nuestra economía dependerá de la duración del confinamiento y de la excepcionalidad… Con la particularidad de que cuanto más largo sea ese periodo, más empresas se destruirán y más puestos de trabajo desaparecerán.

El pasado jueves, los sindicatos UGT y CCOO denunciaron que muchas empresas estaban despidiendo a sus trabajadores, de forma que, según sus cálculos, marzo concluirá con un millón de despidos (750.000 por rescisión de contratos temporales). Y exigieron al gobierno que tome medidas para tapar esta “vía de agua”, estableciendo por ejemplo una moratoria similar a la italiana que prohibió los despidos por dos meses, o la elevación disuasoria de la indemnización a 45 días por año trabajado. El gobierno les ha hecho caso este viernes pasado y se han prohibido radicalmente los despidos, que deberán desviarse hacia los ERTE, pero lo ocurrido indica que la tesis de que se puede hibernar la economía para que “resucite” en cuanto pase la pandemia puede contener en la práctica dosis importantes de bien intencionado  voluntarismo

En cualquier caso, el pasado día 20, las agencias de rating S&P y Moody’s mantuvieron sin cambios la nota de la deuda del Tesoro español (tanto la calificación como la perspectiva estable), pese al impacto por la situación de alerta y la pandemia del coronavirus que evidentemente llevará a la economía a la recesión en 2020. Y aplaudieron las mejoras de la economía española en los últimos años a la vez que manifestaron que esperan una fuerte recuperación en 2021.

Los malos presagios, que la mayoría de expertos realiza por simple aplicación de la observación atenta y el sentido común, justifican, en fin, que se procure que no decaiga el ralentí actual del sistema productivo español, ya que sería mucho mas costoso arrancar a motor parado. De cualquier modo, a pesar de las buenas decisiones gubernamentales impulsadas por Calviño y encaminadas a conseguir que las actividades del sistema productivo que han cesado no mueran para siempre sino que resuciten al final de la crisis, será inevitable que ciertas empresas precarias aprovechen la ocasión para echar el cierre definitivamente. También el pasado jueves, Cepyme, previó que medio millón de empresas podrían cerrar por la crisis. Lo que, de confirmarse, añadirá un número indeterminado de desempleados a los que ya había antes de la pandemia.

Nos aguarda, en fin, un periodo sumamente ingrato en el que se irá mitigando poco a poco el temor a la enfermedad mientras crece lentamente la inquietud por la supervivencia económica. Sobre todo si no se ha arbitrado una renta básica universal, que ya piden desde Luis de Guindos a Pablo Iglesias, pasando por todo el arco democrático europeo. La transición desde la excepcionalidad hacia la progresiva normalidad ha de hacerse sin que nos acucie el estado de necesidad de la gente.

Los más optimistas presagian una imposible salida en V, es decir, una remontada tras el hundimiento de la actividad que nos devuelva con rapidez a los niveles de renta, bienestar y seguridad anteriores a la crisis. Más realistas son quienes ven una salida en U, pero lo más probable es que el segundo palo de la quinta vocal se incline hasta convertirse en una línea ascendente bastante abatida, de cuya inclinación dependerá el tiempo que tardaremos en regresar a la normalidad. Una normalidad que no será idéntica a la anterior al coronavirus: las empresas menos eficientes no resucitarán y asimismo aparecerán otras nacidas al socaire de la adversidad, que siempre estimula el ingenio de los más capaces. De cualquier modo, el cómo saldremos del bache dependerá en cierta medida de la actitud de Europa.

Europa, como siempre

El martes, 24, el Eurogrupo fracasó estrepitosamente en el intento de buscar soluciones europeas anticrisis que pudieran ayudar a las economías más afectadas por la pandemia. Infortunadamente, como en la anterior crisis, también son dos países del Sur los más afectados por la actual, pero en esta ocasión no valen los discursos morales: no se puede achacar a España y a Italia que no hayan hecho los deberes, que no hayan sido previsores, que hayan despilfarrado a destiempo.

La víspera de la reunión del Eurogrupo, Sánchez había lanzado un llamamiento ambicioso: Europa necesita un plan Marshall que incluya eurobonos para mutualizar la deuda, avales del Banco Europeo de Inversiones (BEI), la puesta en marcha de un reaseguro de paro para aliviar el impacto de las prestaciones por desempleo y sobre todo la posibilidad de utilizar con condiciones el Mecanismo Europeo de Estabilidad (Mede), con una potencia de fuego de 410.000 millones que estaban llamados a complementar el bazuca de 750.000 millones del Banco Central Europeo (BCE).

El miércoles, 25, Pedro Sánchez, Emmanuel Macron (Francia), Giuseppe Conte (Italia), António Costa (Portugal), Sophie Wilmès (Bélgica), Leo Varadkar (Irlanda), Xavier Bettel (Luxemburgo), Janez Jansa (Eslovenia) y Kyriakos Mitsotakis (Grecia), nueve líderes que representan a 200 millones de ciudadanos (pero que representan también el 72% de la deuda de la UE), publicaron una carta a Charles Michel, presidente del Consejo, en la que lamentaban la falta de ambición de la UE y reclamaban actuaciones urgentes, tanto en el plano sanitario como en el económico: “Tenemos que trabajar en un instrumento de deuda común” —decía la misiva—. “Necesitamos reconocer la gravedad de la situación y la necesidad de medidas más ambiciosas para apuntalar nuestras economías”, lo que requiere que “el presupuesto de la UE incorpore dinero fresco para luchar contra el coronavirus” […] “Si queremos que mañana Europa esté a la altura de las aspiraciones por las que se creó debemos actuar hoy”.

El jueves tuvo lugar el Consejo Europeo telemático, al que Michel envió un orden del día ambiguo que ya presagiaba lo peor… La cumbre estuvo a punto de desembocar en un fracaso sin paliativos, cuando Sánchez, secundado por el italiano Conte, se opuso a aprobar un comunicado final redactado por el presidente del Consejo, Michel, repleto de vaguedades y sin concreción alguna. Tras un largo y tenso forcejeo que alargó el encuentro hasta seis horas, prosperó la decisión de que los ministros presenten en quince días un plan de reactivación de la economía europea. Nadie piensa que en dos semanas se obrará milagro alguno.

Se está, en definitiva, repitiendo el relato de hace diez años: los países ricos del norte, capitaneados por Países Bajos y Austria con apoyo alemán, partidarios de la austeridad, prefieren ensayar primero soluciones nacionales

Se está, en definitiva, repitiendo el relato de hace diez años: los países ricos del norte, capitaneados por Países Bajos y Austria con apoyo alemán, partidarios de la austeridad, prefieren ensayar primero soluciones nacionales, facilitadas por la suspensión del pacto de estabilidad, frente a los países pobres del sur, que quieren repartir el gasto. Los ricos alegan que para esto se ha flexibilizado el límite presupuestario, pero no dicen que el margen de maniobra de países fuertemente endeudados, como Italia o España, es el que es, y de lo que se trata es de no tener que transferir los problemas de hoy a las futuras generaciones.

Cínicamente —han explicado los corresponsales de El País—, el ministro holandés de Finanzas, Wopke Hoekstra, ha llegado a sugerir en las reuniones mantenidas con sus homólogos por videoconferencia que la Comisión Europea debería investigar por qué algunos países no disponen de margen presupuestario a pesar de que la zona euro lleva siete años de crecimiento ininterrumpido, el periodo más largo de bonanza desde el nacimiento de la moneda única en 1999. Las posiciones son las de 2010, y el clima puede deducirse del léxico empleado: el primer ministro de Portugal calificó el jueves de “repugnante” la actitud de HoIanda en la cumbre.

Sea como sea, Merkel, resucitada de sus cenizas por el coronavirus —ha vuelto a escalar altas cotas de popularidad—, ha descartado con toda claridad la posibilidad de mutualizar la deuda mediante eurobonos, e Italia se resiste a aceptar el recurso al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), pensado para una crisis de deuda y destinado a los países parias en la anterior recesión; Merkel ha dado a entender que se el dilema es entre recurrir al MEDE y la nada.

Todo indica, en fin, que más allá de las medidas de política monetaria del BCE, la Unión Europea seguirá sin funcionar como un ente federal solidario con mecanismos internos de compensación. Aunque esta vez, la crisis provocada por el coronavirus es fortuita y no se podrá decir que los países del sur no han hecho los deberes como debían.

No es difícil adivinar que si no se consigue cambiar la perspectiva dominante, la idea de la Unión Europea se desacreditará esta vez definitivamente a los ojos (al menos) de los países del Sur.

Los valores y los equilibrios futuros

China no sólo ha dado una lección al mundo al controlar y resolver la epidemia internamente sino que ha demostrado ser la única potencia industrial capaz de proveer a la comunidad internacional del equipamiento sanitario y demás manufacturas que el planeta necesita

Paradójicamente, China, que produjo y sembró la epidemia del coronavirus —el virus fue engendrado por la peculiaridad cultural del país asiático que orilló los más elementales criterios de salubridad alimentaria—, saldrá cambiada y fortalecida de la prueba. No sólo ha dado una lección al mundo al controlar y resolver la epidemia internamente sino que ha demostrado ser la única potencia industrial capaz de proveer a la comunidad internacional del equipamiento sanitario y demás manufacturas que el planeta necesita para combatir él también la pandemia. No han sido los Estados Unidos los que han hecho el alarde de fabricar en masa mascarillas y respiradores sino la vieja China, que ha aprovechado la ocasión para una gigantesca operación diplomática y reputacional de lavado de imagen.

El lado oscuro de esta evidencia es que los hechos homologan el autoritarismo: la disciplina ha salvado a los chinos de una gran mortandad y el régimen dictatorial ha hecho posibles una eficiencia y una capacidad industriales inauditas. El gran modelo norteamericano de libertades se ha eclipsado, y la introspección del gran país americano empuja a Europa hacia China. Llegan, en fin, tiempos inquietantes para las libertades civiles.

De cualquier modo, ya puede asegurarse que tendrán poco que decir en el futuro los ultraliberales que defiendan el adelgazamiento del Estado, la privatización de los servicios públicos o la renuncia a un acogedor Estado de Bienestar

Desde el punto de vista español, de política interna, las repercusiones de lo que está ocurriendo serán complejas y potentes, y parece conveniente aplazar el análisis de fondo hasta que se constate la magnitud de la conmoción, es decir, el tiempo que durará esta situación excepcional y el saldo en vidas humanas. De cualquier modo, ya puede asegurarse que tendrán poco que decir en el futuro los ultraliberales que defiendan el adelgazamiento del Estado, la privatización de los servicios públicos o la renuncia a un acogedor Estado de Bienestar.

Lo lógico es que salgamos de esta con una sanidad pública muy acreditada, insustituible y a punto de consolidarse sobre una ambiciosa base presupuestaria; con una renta  básica universal que ponga fin a las tasas insoportables de pobreza con las que salimos de la crisis anterior; con una legislación laboral más humanizada; con el proverbial europeísmo por los suelos, y con un país curtido y dispuesto a reconstruir con ilusión lo devastado, de la mano de quienes den las respuestas oportunas y eficaces al gran reto que tenemos abierto.

Iberia Navidad
Antonio Papell
Director de Analytiks

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