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¿Desmovilización? Izquierda y derecha ante las elecciones del 10N

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Desmovilización en la izquierda y la derecha
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La tesis dominante asegura que la izquierda es menos vehemente y más selectiva y cuidadosa que la derecha a la hora de votar. O, dicho de otro modo, que la derecha tiende a ser en general más participativa en defensa de sus intereses y que la izquierda es en cambio más propensa a la desmovilización en cuanto surge cualquier contrariedad o determinadas actuaciones le producen escrúpulos de conciencia. Los intereses de clase pasarían supuestamente a un lugar secundario.

La progresiva desmovilización de la izquierda

Esta tesis aparece ya en un análisis de Belén Barreiro publicado en 2002 en la Revista Española de Ciencia Política titulado ‘La progresiva desmovilización de la izquierda en España: un análisis de la abstención en las elecciones generales de 1986 a 2000”’. En dicho trabajo, el mero recuento numérico de la abstención por sectores ideológicos confirma la tesis: en cada elección, la participación es crecientemente mayor en el trayecto entre la extrema izquierda y la extrema derecha, y estos resultados se intensifican a lo largo del tiempo. Todo ello, con alguna oscilación que no modifica la tendencia general.

En cada elección, la participación es crecientemente mayor en el trayecto entre la extrema izquierda y la extrema derecha

La propia autora del ensayo, que desarrolla una evaluación interesante del efecto de la ideología como determinante de la participación, sugiere que “el debilitamiento del voto ideológico en la izquierda puede deberse, por un lado, al protagonismo que han adquirido en la política española cuestiones ajenas a las discusiones ideológicas, como la corrupción o el debate sobre la Constitución. Por otro lado, en los individuos de izquierda no ha pesado tanto la ideología como el convencimiento de que un equipo de gobierno, el del PP, ha sido el mejor para afrontar los problemas del país”…

Sucede sin embargo que aquel trabajo impecable se circunscribía a un modelo homogéneo y relativamente cerrado en que siempre jugaban los mismos actores. Era el ‘bipartidismo imperfecto’, en el que, con la excepción del efímero CDS de Adolfo Suárez, las dos grandes opciones ideológicas antagónicas estaban perfectamente estructuradas.

Derecha, izquierda y neoliberalismo

La etapa en que se desenvolvió aquel análisis era el del auge del neoliberalismo —el surgimiento de la Escuela de Chicago de la mano de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher—, que provocó el declive del consenso socialdemócrata con la teoría de que sólo la derecha sabía crear riqueza.  Con aquellas premisas, lo “natural” era que se permitiera a las fuerzas conservadoras impulsar el progreso económico, de forma que la izquierda sólo tenía oportunidades cuando se “movilizaba” al incrementarse la desigualdad y desequilibrarse el sistema.

La derecha conseguía el crecimiento y la izquierda lo redistribuía. Tal teoría es anterior a la plena globalización económica, que se se hizo patente en la crisis 2008-2014, cuando se vio que las presunciones anteriores eran erróneas. En nuestro país, Tanto Rodríguez Zapatero como Mariano Rajoy se vieron obligados a cumplir las recomendaciones —¿órdenes?— comunitarias, coordinadas con el FMI y con los grandes bancos centrales. La autonomía de los actores nacionales fue prácticamente nula, como se cuidó de demostrar Bruselas al imponer a España y a otros países reformas constitucionales que garantizasen sus derechos a los acreedores (en España, la reforma del articulo 135 CE).

Hoy, en el contexto español, esta división del trabajo se ha relativizado mucho. La confianza de los agentes económicos ha dejado de estar en exclusividad en manos de la derecha, y es probable que Nadia Calviño inspire más tranquilidad al capital que cualquier hipotético ministro conservador. De hecho, la resistencia del PSOE a una coalición con Unidas Podemos se debe fundamentalmente a la negativa socialista a lanzarse a aventuras que desacrediten al PSOE como gestor económico (y no sólo económico).

La desmovilización se mantiene

Sin embargo, aunque hayan desaparecido muchos de aquellos argumentos, la desmovilización (de la izquierda y probablemente también de la derecha) parece mantenerse: la propia Belén Barreiro, autora del trabajo mencionado, directora de la firma demoscópica 40dB, declaraba este domingo a la prensa madrileña que “todo apunta a día de hoy a que habrá una importante desmovilización electoral, especialmente entre los jóvenes. La abstención podría llegar a subir los 10 puntos”.

Barreiro no afirma que la abstención perjudicará sobre todo a la izquierda, pero sí Carles Castro, el experto en estos temas de La vanguardia, afirmaba también este domingo que “la fatiga electoral al repetir o anticipar comicios afecta más a los votantes de centroizquierda que a los de centroderecha”. Y para acreditarlo, en un informe titulado ‘El elector no siempre vota dos veces‘, analiza lo ocurrido en la repetición de las generales de 2015 y 2016,  en el anticipo electoral forzado de 1996, y en el adelanto catalán de 2012. Su aportación es objetiva; lo que resulta más dudoso es que los casos sean verdaderamente comparables

Una tesis difícil de extrapolar

Aunque Castro secunda a Barreiro, parece difícil extrapolar la tesis sistemática de esta a la hora actual: la causa de la movilización y de la desmovilización son mucho más complejas, y es improbable que persista un sesgo ideológico tan pronunciado como antaño. Es lógico pensar que cuando las elecciones se producen en un momento de cierto dramatismo haya más incentivos para votar que cuando la actualidad discurre con normalidad. Pero en el aquí y el ahora, es difícil creer que ante unas nuevas —y bien justificadas— elecciones la izquierda se desmovilizaría y la derecha no.

Lo que si es seguro es que el hecho de que haya que repetir eleccciones irrita  a la opinión pública porque la incapacidad de gestionar el mandato popular constituye un desaire de la clase política al electorado. Es como decir a los electores que se han equivocado al votar y que deben pensarlo detenidamente antes de volver a errar. Con todo, la consecuencia más racional de semejante fracaso es que los electores racionalizarán su voto más intensamente, los fundamentarán mejor, buscarán la coherencia entre los discursos y las actitudes, ponderarán los móviles que preceden a las actuaciones y en concreto indagarán si  las posiciones adoptadas han atendido a intereses magnánimos o a la ambición inconfesable de los distintos actores.

Seguro que el lector ha realizado ya este ejercicio, o está en vías de realizarlo una vez que reúna todos los argumentos necesarios.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

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