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Donald Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos contra el establishment

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Donald Trump

Contra buena parte de los líderes de su propio partido. Contra los demócratas y en particular los Clinton y los Obama. Contra los periódicos. Contra las televisiones. Contra las mujeres. Contra los inmigrantes. Contra el mundo. El resto del mundo. Y, sobre todo, contra el establishment. Donald Trump ha ganado las elecciones de Estados Unidos y se convertirá en unas semanas en su Presidente para los próximos cuatro años. Lo logrado, precisamente, haciendo gala de tener todo en contra, una baza que ha sabido jugar y que le ha dado la victoria.

Comenzó la noche electoral en Estados Unidos –madrugada electoral en España– como se esperaba. Estados del Noroeste como Nueva Jersey, Maryland y Massachusetts, junto al poblado Nueva York, caían del lado de Hillary Clinton, además de Illinois. Hasta ahí, se cumplía el guión previsto pero, a medida que avanzaba el recuento electoral y se sucedían las proyecciones de los principales medios de comunicación norteamericanos, el mapa del país se iba tiñendo, de derecha a izquierda, de este a oeste, de rojo. Del rojo republicano de Donald Trump. Incluso estados tradicionalmente demócratas que hace cuatro años se decantaron por varios puntos de diferencia porcentual por Barack Obama frente a Mitt Romney, han preferido a Trump.

El dólar comenzaba a bajar levemente por la incertidumbre y la contienda se apretaba en algunos estados como Ohio que acababa del lado de Trump. Virginia en cambio iba a parar a Clinton por apenas 57.000 votos. Se empezaban a hacer realidad las peores pesadillas de los menos partidarios del magnate inmobiliario, que temían el voto del miedo. Porque si algo ha quedado claro tras los resultados electorales de Estados Unidos es que no se puede creer ni en sondeos –una vez más las encuestas han fracasado estrepitosamente, de lo que se sacan dos consecuencias claras: las muestras son muy pequeñas y por tanto poco representativas y las personas mienten sobre su intención de voto, la famosa espiral del silencio–, ni en los grandes medios, ni en gurú alguno. Después del Brexit y del no del referéndum sobre el acuerdo de paz en Colombia, con lo ocurrido hoy nada será igual ante una llamada a las urnas.

A la hora de la redacción de esta crónica Trump no ha sido declarado ganador oficial pero se espera el reconocimiento de Clinton en breve una vez concluya el lentísimo recuento en Arizona, Wisconsin, Minessota y, sobre todo, Michigan, clave en estos comicios junto a Florida, donde la victoria fue también para Trump. Florida no es Miami, solo Miami, y el republicano ha registrado más voto hispano del previsto en ese estado. Era una variable que se contemplaba, igual que su triunfo en los estados centrales y del sur del país, lo que no entraba en muchos cálculos electorales es que sacara petróleo de los estados en torno a los Grandes Lagos, con histórica presencia sindical y afinidad demócrata, quizá donde más ha acudido a las urnas el desencanto. La cantidad de votos republicanos ha sido abismal frente a los que recogió Romney hace cuatro años.

Algunos analistas –muy interesante escuchar al comienzo de la noche electoral a Karl Rove en la Fox– achacaban al tercero en discordia, el liberal Johnson, haber quitado entre uno y tres puntos porcentuales de voto a Hillary que hubieran sido vitales para ganar esos estados, aunque antes de las elecciones los medios le situaban ideológicamente más próximo a Trump. Otra de las claves apuntadas es el sufragio masivo hacia el candidato republicano de los varones blancos, en especial de clase media-baja, a la que no ha llegado la recuperación económica. Y es que la victoria de Donald Trump ha sido una bofetada en toda regla a su contendiente pero también a líderes de su partido que no le han apoyado como los Bush y, cómo no, a Barack Obama y a sus recetas económicas. La ciudadanía no quiere ni un solo político más del sistema.

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Trump lideró la carrera desde el principio y no desfalleció. Pudo haber una especie de come back de Clinton cuando se le adjudicaron los delegados de California –eran las 5:15– y, con Florida aún pendiente, adelantó por primera vez en número de electores a su rival, pero fue un espejismo. Nunca hubo asomo de remontada. Las caras largas en los centros de reunión de los demócratas no tardaron en aparecer. Asomaba también la sospecha de que la candidata pudiera ganar en votos y el aspirante en delegados pero pronto se vio que el republicano también ganaría en ese cómputo. Cuatro veces hasta ahora no ha gobernado quien ha logrado más votos populares. Y no iba a ser ésta la quinta.

Pero lo fundamental ha sido el desencanto por el establishment, por la casta política, la carta que ha jugado Donald Trump, crecido cuanta más oposición, interna y externa, ha recibido. No hay que olvidar que a George W. Bush se le despreciaba por su escasa inteligencia en sus primeras elecciones frente a Al Gore y ganó. No ha podido llegar, por primera ocasión, una mujer a la Casa Blanca, una mujer a la que se ha visto, por encima de esa condición, como una política del sistema. Que los partidos europeos pongan sus barbas a remojar. Le Pen ya se frota las manos –ha sido de las primeras en felicitar a través de las redes sociales a Trump– y el contagio es posible. Por supuesto, se da por finiquitado el aún no suscrito TTIP mientras los mercados se tambalean en estas primeras horas. El peso mexicano ha caído más de un 10 % y la Bolsa de Japón, abierta mientras se producía el desenlace de la jornada electoral, se ha desplomado. Ha bajado el petróleo y ha subido el oro.

Tanto el Senado –repiten como senadores los republicanos Marco Rubio y John McCain– como la Cámara de Representantes –Paul Ryan, líder republicano de esta institución salió a congratularse por su victoria sin mencionar a Trump– quedan en manos del partido del nuevo Presidente, con una mayoría más ajustada en el primero pero suficiente. De ellos dependerá que se pongan en marcha las políticas de Donald Trump porque una cosa son los exabruptos de campaña, sobre todo pensando en pescar en los caladeros electorales, y otra impulsar medidas y políticas desde el despacho oval de la Casa Blanca. No obstante, está claro que algunos de los legados de Obama, como sus acuerdos con Cuba, sin ir más lejos, se revertirán con una presidencia que está convulsionando los mercados internacionales.

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