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El caballo, el ciervo y el cazador

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El caballo, el ciervo y el cazador

Llegó a mis manos hace unas semanas la obra de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias (Ariel, 2018). Cualquier hipocondríaco con sensibilidad política habrá sentido cierto vértigo al leer las primeras páginas. Las democracias ya no mueren asaltando el palacio presidencial, con tanques en la calle y aviones Hawker Hunter atravesando los cielos. Desde el final de la Guerra Fría, la mayoría de las quiebras democráticas las han provocado los propios gobiernos electos.

Estas rupturas, la violenta muda de piel de las democracias, tienen sus patrocinadores –Donald Trump, Viktor Orbán, Jair Bolsonaro, etc.–. Todos ellos se consideran la quintaesencia del nuevo orden mundial, los escuderos de un mundo en peligroso declive, un muro de contención frente al progresismo y sus causas. Quién nos iba a decir que la solidaridad iba a desaparecer. Quién nos iba a decir que los parlamentos se volverían a ensuciar con ideas racistas, clasistas, xenófobas y machistas.

Los cambios pocas veces se consuman de la noche a la mañana. Del blanco al negro hay un inmenso desierto gris minado de esquirlas. Unos inician esa peligrosa travesía, otros se colocan a rebufo y al final es la inercia de los acontecimientos la que certifica el cadáver. Pero cómo pudo pasar, si ayer estaba aquí, con nosotros.

Fábulas de Esopo

Los autores de Cómo mueren las democracias utilizan la fábula de ‘El caballo, el ciervo y el cazador’ para explicar la llegada al poder de Benito Mussolini en Italia. La situación era la siguiente: el duce, a pesar de que su partido solo contaba con 35 escaños de un total de 535, utilizó las divisiones entre las grandes formaciones políticas, el temor al socialismo y la amenaza de los ‘camisas negras’ para atraer la atención del rey, Víctor Manuel III, quien vio en aquel fascista a una estrella en ascenso y un instrumento para neutralizar el malestar social, como explican Levitsky y Ziblatt. En octubre de 1922, Mussolini llegó a Roma para, invitado por el rey, jurar el cargo de primer ministro.

Reproduciremos aquí la fábula:

«Un caballo decidió vengarse de cierto venado que lo había ofendido y emprendió la persecución de su enemigo. Pronto se dio cuenta de que solo no podría alcanzarlo y, entonces, pidió ayuda a un cazador. Este accedió, pero le dijo: “Si deseas dar caza al ciervo, debes permitirme colocarte este hierro entre las mandíbulas, para poder guiarte con estas riendas, y dejar que te coloque esta silla sobre el lomo para poderte cabalgar mientras perseguimos al enemigo”. El caballo accedió a las condiciones y el cazador se apresuró a ensillarlo y embridarlo. Luego, con la ayuda del cazador, el caballo no tardó en vencer al ciervo. Entonces le dijo al cazador: “Ahora apéate de mí y quítame esos arreos del hocico y el lomo”. “No tan rápido, amigo –respondió el cazador–. Ahora te tengo tomado por la brida y las espuelas y prefiero quedarme contigo como regalo”»*.

Quién es el caballo y quién el ciervo

Algunos han querido llegar al poder de cualquier manera. Lo han hecho con los que reniegan del feminismo, de la Memoria Histórica, de la igualdad, los que bajo argumentos falaces camuflan su racismo y homofobia. Aquellos que hoy comparten tareas ejecutivas con los que se niegan a ir a manifestaciones por crímenes machistas (aunque luego acuden, únicamente por el gusto de montar el espectáculo preelectoral) son los corceles de esta fábula.

Nuestra democracia no ha muerto, pero son muy llamativos los movimientos que ha producido en la derecha la llegada al panorama político de Vox. Hemos aceptado con total normalidad que el PP pacte con la ultraderecha y asumido que Ciudadanos –ellos solos se han ocupado de que así fuese– lo volverá a hacer si los números le dan. Tragar con el ideario de Vox, sentarse en la mesa con ellos y rogarles que no se levanten. En las elecciones de noviembre veremos si se aísla a Vox o si se les invita a los salones del poder. Mientras, nosotros, los ciervos, vagamos sin rumbo hasta que alguien nos cace.


*Posiblemente, si buscan en Internet, encuentren la misma fábula con un final distinto al que aparece en Cómo mueren las democracias, uno en el que no dan caza al ciervo. En cualquier caso, la enseñanza es la misma.

Iberia 350
Sergio García M.
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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