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El debate tabernario y el lenguaje desaforado.

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Pablo Casado, líder del PP
Pablo Casado, líder del PP

Se atribuye a Talleyrand la ocurrencia de que el lenguaje le ha sido dado al hombre para que pueda ocultar el pensamiento. Se trata evidentemente de una boutade que sin embargo es precursora de las numerosas alertas sobre las trampas de la palabra: de Baudelaire a Nietzsche y de Kraus a Canetti, una de las constantes de nuestra cultura ha sido la crítica a la manipulación o a la fetichización de la palabra.

En nuestro país, el lenguaje se ha vuelto últimamente un arma de mellado filo que todavía blanden sin estilo los facinerosos. En general, su papel como descriptor del debate se ve con frecuencia ocultado por otros objetivos menos dignos, y en ocasiones francamente detestables. La mayor perturbación ha venido la mano de los nacionalismos (no solo de los periféricos sino también del nacionalismo españolista, del que de un tiempo a esta parte hay abundancia de ejemplos). Miriam Bascuñán lo detectó hace ya tiempo y lo explicó en estos términos: “El mecanismo es el siguiente: identificar la crítica con un calificativo que estigmatice a su emisor. Cualquier objeción sobre la hoja de ruta del Gobierno permanece inaudible porque el dilema lanzado por el disidente a la conversación pública se torna, interesadamente, en postura antipatriótica […] Si leemos, por ejemplo, que “poner urnas es democrático”, observaremos esta perversa trampa del lenguaje: el desacuerdo será tildado inmediatamente de “antidemócrata”, y cualquier objeción se juzgará simplemente como reaccionaria […] Es un juego viejo y peligroso: introducir en el debate la distinción entre discursos políticos legítimos e ilegítimos, entre los que pueden aceptarse públicamente y los que no. Lo público se convierte de nuevo en ese lugar donde no se dice lo que se piensa, un espacio cercado y limitado por lo que se ha excluido. He aquí la absurda y perversa paradoja, porque lo verdaderamente democrático siempre será proteger la disidencia”.

Hoy, podría escribirse un asombroso tratado sobre el desarrollo de las sesiones de control al Gobierno en la Cámara Baja, residencia de la soberanía. La periodista de La Vanguardia Lola García, hablando de la sesión del pasado miércoles, comentaba el desplante de Casado cuando le espetó al presidente del Gobierno: “¿Qué coño tiene que pasar en España para que usted asuma alguna responsabilidad?”. Y comenta la periodista: “En apariencia, no es más que una expresión malencarada que puede considerarse impropia de una sede institucional como el Congreso, pero el trasfondo es más profundo. Cuando el líder del PP dice algo así está trasmitiendo la idea de que delante tiene a un insensato al frente de un desgobierno absoluto que pide a gritos que alguien ponga orden”. E indica —habría que añadir— que quien recurre a estos párvulos argumentos tiene la estatura intelectual del tierno infante que para “épater les bourgoeois” grita procaz aquello de “culo, caca, pis”.

Casado, en la política casi desde la infancia, es un personaje con manifiesta falta de fondo intelectual, sin el barniz universitario y refinado que muestran quienes ha cursado una carrera en el ambiente plural y festivo de esos años en que tiene lugar el acceso a la edad de la razón

Leo sin embargo que, pese a las críticas generalizadas y agraces, el Partido Popular ha decidido afirmarse en su línea dura, que en realidad consiste en la aplicación de un tono desaforado y rudo, rayano en el grito, en el que insulta a sus contendientes, les atribuye infracciones que  no siempre son verdad (en realidad , la mayoría de las veces son mentira) ni vienen a cuento, y en mostrar en fin un rostro curtido de boxeador.

Casado, en la política casi desde la infancia, es un personaje con manifiesta falta de fondo intelectual, sin el barniz universitario y refinado que muestran quienes ha cursado una carrera en el ambiente plural y festivo de esos años en que tiene lugar el acceso a la edad de la razón. Tiene memoria para recordar meritoriamente los discursos que le preparan y lanza los dicterios con desparpajo e irresponsable frescura pero no tiene la cabeza suficientemente amueblada para utilizar la ironía, que exige reflejos e ingenio. Lo suyo es la descalificación y el dicterio, como lo demuestra la lista de víctimas que ha dejado en el camino.

La última de ellas ha sido Nadia Calviño, una de las mejores cabezas del Gobierno y de la izquierda de este país, una experta económica de cotización internacional con una larga carrera por delante, una mujer refinada, elegante y culta en la que el insulto rebota para herir al desaprensivo que lo lanza. Calviño afeó a Casado, fuera del hemiciclo, que el líder de la oposición sacara en la tribuna delitos comunes —abusos de menores— sin venir en absoluto a cuento, tan solo para enfangar al adversario, y llegó a comentar al alcalde de Madrid que su jefe de filas es un “desequilibrado”, tesis que muchos compartimos. La respuesta ha sido zafia y desproporcionada, por más que no hiere quien quiere sino quien puede. Por esta “estrategia de injurias”, Casado no llegará a dirigir el país. Es una certeza tan obvia que no necesita constatación. La ambición amorfa ha sustituido a la masa encefálica.

La desfiguración del debate

El debate de cómo se hacen las cosas, entre las dos opciones tradicionales, la liberal y la socialdemócrata, que hoy estructuran el universo ideológico occidental, ha desaparecido de la política española. Las grandes disyuntivas que maneja la oposición en este momento son legitimidad/ilegitimidad, competencia/incompetencia, buena fe/ mala fe, con lo que se borra el sobreentendido en que se fundamenta la democracia constitucional: la de la buena voluntad de todos, la del acatamiento del rouseeauniano contrato social, cuya regla de oro es el gobierno de la mayoría con respeto a las minorías, de forma que no es preciso que vengan redentores, ni que exista algún poder suprapolítico (la monarquía absoluta de derecho divino del Antiguo Régimen) a poner orden en el caos organizado por los súbditos incompetentes.

Desde hace tiempo, estamos asistiendo a una desfiguración de la democracia, en que el país atónito no sabe cómo encajar la deslegitimación constante que el Partido Popular hace  de las formaciones de izquierda, lo que como es lógico deriva en una deslegitimación general de la política a los ojos de las multitudes, del cuerpo electoral. Si los políticos no se reconocen entre ellos, no se respetan entre sí, ¿cómo se le podrá pedir al ciudadano que se incline ante el dechado de racionalidad que es una constitución democrática? ¿Cómo incluso se le podrá exigir que cumpla las leyes si sus políticos las relativizan, las ignoran o las violan sin escrúpulos o, en el mejor de los casos, disculpan a quienes las han violado con anterioridad?

El lenguaje no es la política pero es en este caso el vehículo del encanallamiento. Los periodistas, que algún derecho tenemos sobre las palabras, estamos obligados a denunciar esta corrupción.

El beneficioso desequilibrio de la Unión Euroepa

La pedestre política que se hace en el Parlamento es tan rudimentaria y falta de altura que la metáfora del vuelo gallináceo resulta casi siempre perfectamente adecuada. Y sin embargo, puesto que la influencia de la Unión Europea sobre la cotidianidad española es tan notoria, ya que incluso buena parte del Presupuesto viene de Bruselas, convendría de vez en cuando alzar los ojos para vernos desde más arriba, en el contexto de una UE a 27 que nos condiciona, para bien y para mal, en casi todo.

Viene esto a cuento de los cambios habidos en Alemania. Como es conocido, la gran coalición entre socialdemócratas y democristianos, que se ha reiterado tres veces bajo el liderazgo de Merkel, que ha permanecido 16 años en el poder, se ha sustituido por otra alianza entre socialdemócratas, verdes y liberales (como es sabido, antes de Merkel, ya funcionó a satisfacción una alianza entre socialdemócratas y verdes encabezada por Schröder). Y es lógico pensar que esta mudanza ocurrida en el mayor y más potente país de la Unión Europea tendrá repercusiones en el funcionamiento y en las políticas de la Unión Europea, ya que el liderazgo de Merkel, una mujer poco dominante que sin embargo tenía ideas firmes que conducía con plausible suavidad, ha determinado el porvenir de la UE durante su largo mandato, para lo bueno y para lo malo, obviamente.

Uno de los europarlamentarios del PP, Esteban González Pons, un personaje moderado y razonable, ha expresado el lógico temor a que se produzca un cambio conceptual inconveniente a causa del cambio alemán. Sobre todo a la vista de que en España, donde la ‘gran coalición’ sería en este momento inconcebible —la agresividad de los partidos entre sí es una lacra que nadie sabe como resolver—, la enemistad política entre derecha e izquierdas se ha vuelto extraordinariamente agresiva. “Si la coalición semáforo se traslada a Bruselas, la UE puede perderse”, ha escrito el parlamentario europeo, en un largo artículo en ‘El Confidencial’ con ese título.

Es cierto que la cooperación entre centro derecha y centro izquierda en las instituciones comunitarias ha sido productiva en ese dilatado periodo, y lo lógico sería que en esta asociación supranacional se mantuviera la cooperación entre todos los actores. Pero también lo es que el conjunto de la UE ha experimentado un cierto deslizamiento hacia la izquierda que no se puede ignorar, no solo para que queden bien marcadas las tendencias sino también porque tras ellas hay políticas económicas que se corresponden con los planteamientos ideológicos. González Pons reconoce que “el PPE ha pasado de ser la fuerza dominante en el Consejo a quedarse solamente con ocho sillas, las de Lituania, Letonia, Austria, Eslovenia, Croacia, Rumanía, Chipre y Grecia. Ni un solo Gobierno de Europa occidental está en manos del PPE. Tampoco el Gobierno de ningún país fundador”.

Este escoramiento hacia la izquierda plantea problemas en el reparto de cargos futuros ya que la simetría ha desaparecido en beneficio de equilibrios más complejos, pero esta circunstancia le interesa poco al ciudadano, que lo que exige es que las instituciones europeas se adapten a la realidad y por tanto a la síntesis ideológica del conjunto. Porque el retroceso de la derecha y el ascenso socialdemócrata no han sido casuales sino consecuencia de las vicisitudes europeas a lo largo de las grandes crisis experimentadas.

La doble crisis de 2008-2014, económica y financiera, fue resuelta mediante la austeridad y la ortodoxia conservadoras, y no solo ha tardado lo indecible en resolverse sino que ha dejado muertos y heridos en el camino: todavía padecemos la desintegración y la desigualdad generada por aquellas políticas reaccionarias y recesivas.

En cambio, la crisis sanitaria de 2020 ha encontrado respuestas distintas, afortunadamente, y la Comisión y el Parlamento Europeos han impulsado políticas expansivas y progresistas que mitigan el sufrimiento, abren expectativas de reconstrucción y crecimiento, y son conscientes de que el problema no se puede resolver con más desigualdad sino al contrario: ya es una evidencia de que solo la solidaridad y la equidad  proporcionarán los incrementos de productividad que necesitamos para salir del bache y para afrontar los grandes cambios que introducirán las nuevas tecnologías en nuestras vidas y en los escenarios productivos.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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