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El lento retorno al bipartidismo imperfecto

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Bipartidismo. Repetición de elecciones

El bipartidismo imperfecto no fue en España una azarosa consecuencia de una ley electoral improvisada. Alfonso Osorio, vicepresidente del Gobierno con Suárez e íntimo amigo de este cuando se preparó el decreto ley electoral que serviría para celebrar las elecciones constituyentes de 1977, ha explicado en sus memorias Trayectoria política de un ministro de la Corona (Planeta, 1980) las razones por las que se desechó para el Congreso el sistema mayoritario, propuesto por Fraga y en general por la derecha neofranquista —Cruz Martínez Esteruelas defendía el sistema mayoritario para la elección del Congreso, porque favorecería “la constitución de grandes fuerzas políticas”; “de lo contrario, cualquier rencilla se puede convertir en un partido”— en las que pesó mucho una larga conversación que mantuvo con el francés Maurice Faure, antiguo miembro de la Resistencia y miembro del Consejo Constitucional de Francia.

El catedrático, jurista y diputado Óscar Alzaga reconoció más tarde que la ley electoral, elaborada por el Gobierno y pactada con la oposición, que se plasmaría en un decreto ley y que más tarde se transcribiría casi íntegramente en la Ley Orgánica Electoral General (LOREG), no era inocente:

Puesto que los sondeos preelectorales concedían a la futura Unión de Centro Democrático un 36-37% de los votos, se buscó hacer una ley en la que la mayoría absoluta pudiese conseguirse con alrededor del 36-37%. Y con un mecanismo que en parte favorecía a las zonas rurales, donde en las proyecciones preelectorales UCD era predominante frente a las zonas industriales, en las que era mayor la incidencia del voto favorable al Partido Socialista (…). [Además,] se procuraba que el logro de la mayoría absoluta para el Partido Socialista estuviera situado no en el 36-37%, sino en el 39-40%”.

La clave, más allá de la adopción de la ley D’Hondt y de la provincia como circunscripción, estaba en la fijación de dos diputados por provincia, con lo que el reparto de escaños en función de la población era sólo de 248.

Pues bien: el fundamento teórico y el desarrollo normativo de la ley electoral sigue vigente (la LOREG sólo se ha ido modificando en aspectos accesorios) y aquel modelo cuasi bipartidista perduró durante casi cuarenta años, hasta mediados de la década actual

Nuevas formaciones

Los nuevos partidos, primero Ciudadanos y después Podemos —la irrupción de VOX ha sido mucho más reciente, y aunque su génesis tiene las mismas causas, todavía es pronto para valorar su actuación—, nacieron por la gran crisis global, particularmente grave y dañina en España, que tumbó el bipartidismo y desacreditó a partir de 2008 a los partidos tradicionales, que desde la Constitución y hasta entonces habían gestionado con solvencia, a los ojos de una clara mayoría, el Estado español.

La ‘nueva política’, término que se acuñó sobre todo cuando Podemos hizo acto de presencia, representaba no sólo la llegada de nuevas ideas —muchos intelectuales de las generaciones emergentes y algunos de las ya instaladas leyeron embelesados En defensa del populismo, de Carlos Fernández Liria, con un iluminador prólogo de Luis Alegre— sino la renovación de la clase política, envejecida, de la Transición, a la que se incorporaron numerosas personalidades entre las que descollaban Pablo Iglesias e íñigo Errejón, que hasta entonces por su juventud no habían formado parte del establishment.

Lo viejo contra lo nuevo: ruptura del bipartidismo

La ocasión de aquellas incorporaciones guardaba relación con el desprestigio de los partidos tradicionales. Aun sin ánimo de analizar a fondo este fenómeno, que requeriría muchos matices, era claro que el PSOE, que gobernaba desde 2004 y que había tenido que renunciar a sus políticas para practicar una austeridad castradora y frustrante, mientras tenía que gestionar el dramático empeoramiento del mercado laboral bajo la tutela de Bruselas y del G-20, salía muy desacreditado de la aventura; Zapatero, acuciado por las críticas, tuvo que adelantar las elecciones generales de 2012 a 2011  y su sucesor, Pérez Rubalcaba, pese a sus innegables dotes, cosechó el peor resultado del PSOE en toda la etapa democrática.

El PP, por su parte, que ganó en 2011 con mayoría absoluta, no tuvo más remedio que dar nuevas vueltas de tuerca al ajuste, mientras se veía obligado a rescatar las Cajas de Ahorros con un préstamo comunitario, al tiempo que aparecía una acumulación creciente de destructivos casos de corrupción… En aquellas condiciones, no fue extraño que tanto Podemos como Ciudadanos consiguieran representación significativa en las elecciones europeas de 2014 y unos grupos parlamentarios importantes en las elecciones generales de diciembre de 2015, que supusieron el final del bipartidismo imperfecto. La ley electoral no les favoreció pero tampoco les cerró el paso (lógicamente, los ‘nuevos partidos’ son partidarios de una reforma de la ley electoral, pero los ‘viejos partidos’ se oponen).

La reacción ciudadana frente a los antiguos elementos del bipartidismo, PP y PSOE, que sin embargo siguieron siendo los dos principales actores parlamentarios, introdujo al sistema en una inquietante inestabilidad, que obligó a repetir las elecciones generales en junio de 2016, que fracturó al PSOE por discrepancias en la estrategia más conveniente para el partido, y que dio lugar a la moción de censura contra Rajoy de mediados de 2018, que dio el poder al socialista  Pedro Sánchez.

El panorama tras el 28A

Las elecciones generales del 28-A han mantenido básicamente el esquema multipartidista, aunque han elevado significativamente la representación del PSOE con respecto a los resultados de 2015 y 2016, muy lejos todavía de la mayoría absoluta, con lo que la investidura presidencial ha fracasado porque no se ha podido/querido superar la dificultad de formar una coalición.

Sánchez y el PSOE no han disimulado su desagrado ante la expectativa de incluir en el gobierno a una representación de Unidas Podemos, que si al comienzo de la negociación, celebrada exprofeso a última hora, exigió la luna, al final rebajó sensiblemente sus condiciones, pese a lo cual Sánchez optó por la ruptura. A todas luces, el socialismo y la mayoría de sus cuadros dirigentes, no ven con simpatía la coalición, por lo que el desenlace del actual bloqueo pasa por in simple pacto de legislatura PDOE-UP (al que se sume ERC y alguna otra minoría) o por nuevas elecciones el 10 de noviembre.

La última estridencia de Unidas Podemos ha sido la presentación este jueves de una gran querella por la “Operación Chamartín”, que paradójicamente acaba de aprobarse por unanimidad en los términos en que la dejó el equipo de Carmena, que en un cierto momento, hasta la ruptura de relaciones, representó el espíritu de Podemos en el ámbito municipal. La operación ha llegado a su fin tras veintiséis años de idas y venidas.

En la pintoresca denuncia aparecen como demandados ocho exministros de Fomento (Josep Borrell , Rafael Arias Salgado , Francisco Álvarez Cascos , Magdalena Álvarez, José Blanco, Ana Pastor, Íñigo de la Serna  y José Luis Ábalos), dos expresidentes de la Comunidad de Madrid (Esperanza Aguirre e Ignacio González) y dos exalcaldes de la capital (Alberto Ruiz-Gallardón y Ana Botella).

La denuncia de una gran conspiración en que habrían estado implicados los partidos y las personas de las últimas tres décadas y en la que aparece Ábalos, hombre fuerte del PSOE, incorporado a la lista infamante, parece una broma de mal gusto que sólo es concebible en la mente de algún megalómano dispuesto a redimir a toda la humanidad. Lo único que cabe extraer de este soberano disparate es que el PSOE ha hecho lo que debía cuando ha evitado por todos los medios ponerse en manos de estos integristas desorientados.

Las opciones imposibles

Otra opción sería que el Partido Popular, que pese a su mal momento ha conseguido mantener el liderazgo de la oposición (Ciudadanos, que la pretendía, ha perdido una ocasión irrepetible, y si persiste ahora en esta estrategia podría sencillamente desaparecer), facilitase al PSOE la investidura, pero tampoco esta posibilidad está en la cultura política de estos cuarenta años.

La clientela del PP no entendería que los conservadores facilitaran la gobernabilidad sirviendo lealmente al modelo constitucional en un turnismo semejante al de la Restauración (la verdad es que la alternancia entre Cánovas y Sagasta no fue precisamente ejemplar), pero parece evidente que Casado entiende perfectamente que le conviene trabajar en favor de la recuperación de la vieja dialéctica. Sólo así se entendería la frase clave que dirigió Casado a Sánchez durante el debate de investidura: “Usted y yo tenemos una tarea común por delante: ensanchar el espacio de la moderación y hacerlo tan grande que, de nuevo, puedan ganar en él socialistas y ‘populares’ “.

Basta seguramente con una complicidad de fondo para que PP y PSOE consigan reconstruir el viejo esquema del bipartidismo, una vez que el electorado se percate de que la ‘nueva política era en realidad un bluff, cuyos líderes están en franco y precipitado retroceso.

Iberia 350
Antonio Papell
Director de Analytiks

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1 Comentario

  1. Un artículo bien escrito y que hace un análisis riguroso del momento presente y ,desgraciadamente, futuro de la política en España. Digo "desgraciadamente" porque bajará el apoyo,poco a poco, a los nuevos partidos. No creo que sean un "bluff". Han aportado más cosas positivas que negativas a la política española. Por lo menos,han conseguido que los afiliados de base de los dos grandes partidos hayan sido ESCUCHADOS a la hora de elegir a sus líderes. Y que los partidos grandes se lo tengan que trabajar más para ganar votos. Un saludo!

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