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El nuevo PSOE

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Pedro Sánchez

Este sábado  ha tenido lugar un comité federal del PSOE, en que se han aprobado medidas que renuevan la estructura del partido en línea con las tesis que mantuvo Pedro Sánchez en su programa de primarias. La aprobación de un único reglamento que agrupa a todos los anteriores y avanza en la dirección de un mayor control del aparato por la militancia representa una estabilización de la organización y una concordancia de la misma con los tiempos, en que las bases reclaman participación y protagonismo.

Con semejante medida que debe regir los rumbos internos del partido, tras una reunión para solemnizarla a la que sin embargo han faltado algunos barones clave (los secretarios generales de Andalucía, Valencia y Baleares), y después de haberse forjado la paz interna entre los expresidentes González y Zapatero y el actual secretario general, el PSOE debe dedicarse ya a llenar completamente el espacio que le corresponde, y que es de considerable amplitud, dado el deslizamiento de Ciudadanos hacia la derecha, al haber abandonado la etiqueta socialdemócrata y quedarse apenas con la liberal, y el confinamiento de Podemos en el rincón de la izquierda, en su alianza con Izquierda Unida.

Queda por hacer, en definitiva, el trabajo  más arduo, que es el de la construcción del enunciado programático y la seducción del electorado. Del electorado que se marchó decepcionado y de la clientela joven que ha de encontrar argumentos para sumarse a la causa socialdemócrata. Una causa que, pese a las transformaciones y cambios de toda índole, debe pivotar indefectiblemente sobre un criterio: hay que garantizar, potenciar y mejorar los grandes servicios públicos, universales y gratuitos, que constituyen el Estado de Bienestar.

Pero no es tan fácil. Jordi Sevilla, colaborador precoz de Pedro Sánchez, que, sin embargo, se ha distanciado de la política activa y está ejerciendo su profesión de economista, ha publicado un artículo “De nuevo socialismo”, con el mismo título que un libro suyo del 2000 en el que venía a decir que, tras la larga etapa felipista y la resonante derrota de aquel año de la mano de Almunia, había que producir una renovación generacional en el partido semejante a la que tuvo lugar en 1974, en Suresnes. Y, en efecto, al amparo de la corriente “Nueva Vía”, surgió el liderazgo de Rodríguez Zapatero, que  marcó una época y que periclitó con la derrota electoral de Rubalcaba en 2011 y la elección de Pedro Sánchez como secretario general en 2014. En definitiva, Sevilla lanza dos ideas: en primer lugar, los cinco secretarios generales que ha tenido el PSOE desde 1974 han comprometido, al llegar, cambios en caras, proyectos e ideas. Es decir, han sentido la necesidad de hacer un importante corte con el pasado inmediato. En segundo lugar, en cada sucesión, los de antes se han sentido molestos por la marginación a la que, supuestamente, les suelen someter los nuevos. Por tanto, “podemos concluir que no hay nada diferente en la pretensión de Pedro Sánchez de construir un ‘nuevo PSOE’, ni en el enfado que ello provoca en quienes se sienten condenados al mismo olvido, real o no, al que ellos condenaron, en su momento, a sus antecesores”.

Al llegar a este punto, Sevilla, que escribe evidentemente al hilo de la relativa soledad en que algunos ubican a Sánchez y de la hostilidad que le han profesado durante largo tiempo sus antecesores, introduce un elemento decisivo que debería conmocionar a la familia socialista: esta vez, la necesidad de modernización integral del partido es más intensa que nunca, por los cambios de contexto que se han producido, y que, en la práctica, han causado estragos en la familia socialdemócrata europea. De hecho, la necesidad de construir un ‘socialismo nuevo’ parte de la base de que en las elecciones de 2015 y de 2016 ya no se ha reproducido el bipartidismo imperfecto al que estábamos acostumbrados, lo que indica que tanto el centro-derecha como el centro-izquierda tienen que replantearse su posición y su estrategias si quieren recuperar cierta hegemonía.

Pero, además, ha variado el contexto. El viejo capitalismo en el que habíamos construido el estado de bienestar ha cambiado radicalmente y hoy tenemos otro distinto “basado en tres propulsores -explica Sevilla—: la globalización real de la economía que salta por encima de las fronteras nacionales; una revolución tecnológica acelerada que gira en torno al conocimiento (digitalización, inteligencia artificial, big data, robotización) y la amenaza a la supervivencia del Planeta en forma de cambio climático”. En este contexto, las viejas recetas ya no sirven, de forma que tenemos que buscar soluciones nuevas a los problemas nuevos, sin perder de vista los grandes valores éticos que están en la base de la izquierda: tensión hacia la igualdad, solidaridad, equidad.

Destaca Sevilla que el cambio principal se ha operado en las fuerzas productivas, de modo que  han saltado por los aires las viejas relaciones de producción y el propio pacto social  basado en la empresa industrial clásica y el estado nación. El vaciamiento del Estado de Bienestar basado en el trabajo industrial con base nacional ha producido el efecto de laminar las clases medias, mientras engordan los extremos: hay más ricos que nunca y se está instalando una clase trabajadora pobre y sin expectativas que crece y se tensiona hasta el límite del estallido. El populismo es, de momento, la consecuencia incruenta de esta situación, que, sin terapias políticas adecuadas que produzcan las debidas transformaciones, podría llegar a ser explosiva.

En definitiva, la socialdemocracia tiene que experimentar, proponer, idear para sobrevivir al cambio de ciclo y tratar de reconstruir el Estado de Bienestar. Los viejos socialistas, que tuvieron su etapa de gloria en la gestión del viejo régimen, deberían facilitar de buena fe y no dificultar esta transformación.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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