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El Partido Democrático Español (PDE)

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El Partido Democrático Español (PDE) 1

La socialdemocracia, concebida como un partido unitario, acaba de experimentar un gran revés en Francia. El presidente saliente de la República, François Hollande, ha desarrollado un quinquenio tan lamentable que, con los índices de popularidad por los suelos, ni siquiera se ha atrevido a presentarse a la reelección. Y el Partido Socialista, que ha celebrado elecciones primarias, decidió inclinarse por un candidato excesivamente radical, Benoît Hamon, del que se han desmarcado Valls y buena parte de los líderes más caracterizados, lo que ha redundado en un resultado lamentable: un 6,36% en la primera vuelta, que lo excluye de la segunda y hace de su organización política una fuerza marginal. Manuel Valls ha diagnosticado lacónicamente que este pésimo desenlace es “el fin de una historia”. Y, tras haber apoyado expresamente a Emmanuel Macron, ha reivindicado una posición “central” para el socialismo.

En Italia, el Partido Socialista Italiano, una de las fuerzas sobre las que pivotó el régimen surgido de la Segunda Guerra Mundial, tuvo que ser disuelto en 1994 por la vergonzosa participación del partido en la tangentopoli y la desviación de Bettino Craxi, el decadente líder socialista que tuvo que exiliarse para no ser detenido y acabó muriendo en el exilio; muchos socialistas se agruparon entonces en el movimiento ‘Demócratas de Izquierdas’, siempre cercanos a los socialcristianos agrupados en ‘La Margarita’. Posteriormente, un centro izquierda más amplio, que incluía a socialistas, socialdemócratas de diversas procedencias, radicales de izquierdas, democristianos y verdes se aglutinó en ‘El Olivo’, una coalición electoral que permaneció activa entre 1996 y 2007, aunque desde 2005 fue prácticamente sustituida por una coalición más amplia, ‘La Unión’, que llevó a Romano Prodi al poder en 2006.

Heredero de ‘El Olivo’ fue el ‘Partido Democrático’, que se fundó en octubre de 2007 como depositario de las esencias socialdemócratas y socialcristianas, con aditamentos socialiberales y ambientalistas. El presidente de la Asamblea Constituyente de aquella nueva organización que pretendía aglutinar a todo el hemisferio izquierdo fue Romano Prodi, quien fue también el primer presidente de la organización. El Partido Democrático ganó las últimas elecciones generales italianas de febrero de 2013, con 345 diputados de una cámara de 630. Y sucesivamente desde entonces han sido primeros ministros Enrico Letta, Matteo Renzi –quien dimitió al perder un referéndum reformador— y Paolo Gentiloni, que gobierna en la actualidad. La política italiana está llena de matices, y en realidad esa victoria del centro-izquierda fue protagonizada por una gran coalición denominada ‘Bien Común’ encabezada por el Partido Democrático pero en la que también figuraban otros muchos grupos, cada cual con su propia personalidad.

[pullquote]La victoria de Macron se puede interpretar como el comienzo del Partido Democrático Francés[/pullquote]

Lo sucedido en Francia, la victoria de Macron, un político procedente del PS pero al margen de la vieja organización (y de sus primarias), apoyado por gran parte del centro izquierda pero también del liberalismo progresista, ha sido interpretado por diversos analistas –Pablo Simón, profesor de Ciencia Política en la Carlos III, por ejemplo, en un artículo muy comentado— como el final del Partido Socialista y el principio del ‘Partido Democrático Francés’, al modelo del italiano. De hecho, Hollande y Valls ya intentaron, sin éxito, una maniobra parecida.

En España, la política institucional está mucho más simplificada: el centro-izquierda estatal pertenece sin discusión al PSOE, en el que ni siquiera existen ya significativas corrientes internas como sí hubo en el pasado (Izquierda Socialista fue un relevante reducto de discreta heterodoxia al margen del viento predominante). Sin embargo, la mucha mayor complejidad del abanico parlamentario, la imposibilidad en la práctica de formar gobiernos monocolores y la reconocida necesidad de modernizar las estructuras de los viejos partidos oligarquizados e impermeables amenazan la supervivencia del PSOE como tal. La gran quiebra que acaba de producirse, en que quizá las querellas personales no permitan ver en toda su magnitud el disenso ideológico y táctico que en realidad ha rodeado el golpe de mano, sugiere que haya que generar una plataforma que agrupe las sensibilidades contiguas, incapaces de fundirse pero no de colaborar entre sí. El PSOE de Sánchez, decidido a formar una mayoría de izquierdas con un ideario radical y europeísta, tiene seguramente poco que ver con el PSOE de Díaz, más propenso a las formulaciones híbridas que socialdemócratas y socialcristianos han consensuado en la legislatura alemana que concluye. La ruptura, posible, no es sin embargo inevitable si se plantea de este modo, como la participación diferenciada de las dos sensibilidades en una opción común.

Pero la necesidad de esta plataforma multifronte trasciende de la esfera socialista y se relaciona con la complejidad del hemisferio de babor, en que Podemos se encuentra asimismo escindido en dos corrientes dispares. La facción de Íñigo Errejón, en minoría y contraria a la alianza de la formación populista con Izquierda Unida, se sentiría más cómoda seguramente con aliados socialistas que con los sectarios de rodean a Pablo Iglesias y con los neocomunistas de Alberto Garzón.

[pullquote]El PSOE de Sánchez tiene poco que ver con el de Díaz[/pullquote]

El populismo errejonista, desarrollado por ejemplo en los trabajos de Carlos Fernández Liria (“En defensa del populismo”, con un instructivo y clarificador prólogo de Luis Alegre) y en los propios escritos del antiguo número dos de Podemos, tiene poco que ver con la socialdemocracia, un concepto que en cualquier caso habrá que redefinir después de los últimos cataclismos, pero no es en absoluto incompatible con ella, como no eran incompatibles sino cómplice naturales (es sólo un ejemplo) el socialismo y la democracia cristiana en la Italia de finales del siglo pasado.

En suma, el modelo cuatripartito que ha sustituido al bipartidismo imperfecto no tiene por qué ser definitivo. El PSOE tiene una larga y venerable historia tras de sí (como la tiene el PCE), y sus siglas son entrañables para sus seguidores, pero ello no significa que haya de acartonarse en modelos periclitados. Los viejos partidos decaen, y las organizaciones que se necesitan para vertebrar las opciones de poder son mucho más ligeras y flexibles que los antiguos aparatos. De ahí que no haya que descartar que, en el futuro cercano, la izquierda moderada y europeísta se organice también de otra manera.

Iberia Navidad
Antonio Papell
Director de Analytiks

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