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El PP, la renovación democrática

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El PP, la renovación democrática 1

La decadencia del PP, constatable en la última etapa del largo mandato de Rajoy, no solo provenía de la corrupción: en realidad, este decaimiento en los peores vicios de la partitocracia era la consecuencia, y no la causa, de una decadencia intelectual y política, provocada por el anquilosamiento de una organización sin ideas en que el líder era incapaz de enunciar un verdadero proyecto político y tenía a gala resolver los problemas mediante el absentismo: su mayor mérito fue no haber reaccionado ante la crisis económica cuando las instituciones europeas sugerían un rescate integral a la griega.  Aquella pasividad nos salvó supuestamente de innumerables males… aunque es una verdad objetiva que Irlanda, que sí fue rescatada en 2010, está hoy más y mejor recuperada que nosotros de aquella adversidad.

Indudablemente, las sentencias judiciales por corrupción y en especial la primera del ‘caso Gürtel’, que consideraba probada la existencia de una caja B en el PP y desdeñaba por inverosímil el testimonio prestado por el propio presidente del Gobierno, fue el detonante de gran terremoto. Pero es probable que pronto se reconozca que la expulsión de Rajoy por una oportuna moción de censura fue providencial para el PP. Para un partido que había perdido la hegemonía en el hemisferio de estribor, sobrepasado claramente por Ciudadanos, que, de proseguir aquel proceso, se erigiría con seguridad en representante genuino y principal del centro-derecha.

Pero la marcha de Rajoy ha obligado al PP a  reconstituirse. Y a aplicar los mecanismos de selección y promoción que ya son habituales en el panorama político español. La democracia interna de los partidos es un mandato constitucional. El art. 6 CE, incluido en su vertebral Título Preliminar que establece los fundamentos principales del régimen político, dispone que los partidos “expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son un instrumento fundamental para la participación política”, y el artículo concluye estableciendo que “su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”.

Este mandato ha determinado lógicamente la vida de los partidos, que, básicamente, han mantenido para su gobernanza un sistema derivado del modelo parlamentario, de elecciones indirectas: las agrupaciones eligen a representantes (compromisarios) que se reúnen periódicamente en congresos soberanos, que eligen a las ejecutivas entre las distintas candidaturas presentadas.

Sin embargo, las formaciones de izquierdas y los nuevos partidos surgidos después de la Transición han ido avanzando hacia la elección directa de las cúpulas por las bases. El PSOE utilizó por primera vez la institución de las primarias para elegir al secretario general en 1998: el 24 de abril, los militantes eligieron entre el secretario general, Joaquín Almunia, y José Borrell para cubrir la candidatura a la presidencia del gobierno en las elecciones del 2000. Ganó Borrell, y existió durante unos meses una disfuncional bicefalia, que concluyó con la dimisión de Borrell, víctima del juego sucio del aparato. El sistema fue arrinconado hasta 2014, cuando Sánchez ganó a Eduardo Madina y a José Antonio Pérez Tapias días antes del Congreso extraordinario de julio de aquel año. En 2017, Sánchez, que había sido descabalgado de la secretaría general por un golpe de mano interno, volvió a ganar unas elecciones primarias, esta vez frente a Susana Díaz.

El PP, por su parte, estaba acostumbrado a otras prácticas. Aznar fue designado por Fraga, tras algún ensayo previo y no sin conocidas vacilaciones, y Rajoy fue designado por Aznar, quien barajó además los nombres de Rodrigo Rato y de Jaime Mayor Oreja. El déficit democrático era patente, pero sólo resultó llamativo cuando el resto de las formaciones realizaron una gran apertura.

Últimamente, el PP no ha podido resistirse a la presión de los partidarios de una mayor apertura y del recurso a la militancia, y en el último congreso instauró un sistema de elección del secretario general a dos vueltas, no muy funcional, que se está aplicando para resolver la sucesión de Rajoy. La primera votación ha estado abierta a todos los militantes al corriente de pago, que han elegido entre los candidatos que han cumplido el requisito de presentar sólo cien avales, y la segunda, entre los dos candidatos más votados, se celebrará entre los compromisarios que asistan al congreso extraordinario de los días 20 y 21 de julio. De momento, tal apertura ha evidenciado que el partido, lejos de contar con los más de 800.000 militantes de que alardeaba, era una escuálida formación en la que tenían derecho al voto poco más de 60.000 afiliados. Y ahora, los dos finalistas no saben muy qué hacer ante el rechazo que muchos manifiestan a que se produzca un debate entre ambos y frente a las presiones que tratan de evitar una nueva confrontación final.

En este caso, pero también en las primarias de los demás partidos —del PSOE, de Izquierda Unida o de Podemos— se advierte una personalización de los procesos de selección que no tiene sentido. La democracia interna no debería consistir únicamente en abrir una competencia entre aspirantes a líderes sino en provocar también un debate entre ideas distintas. El pluralismo no se acaba con la existencia de tres o cuatro grandes partidos que cubran todo el espectro: lo ideal sería que en cada partido hubiera corrientes internas que compitieran por impulsar orientaciones distintas. Durante años, la existencia de Izquierda Socialista, una facción interna del PSOE, enriqueció al socialismo con su crítica leal al ala más conservadora…

Frente a quienes en el PP recomiendan que Soraya Sánchez de Santamaría y Pablo Casado eviten cualquier confrontación, eludan el debate y se integren pacíficamente en una sola candidatura de forma que se evite votar de nuevo, habría que recomendar que ambos contrapusiesen su visión del partido para que sus conmilitones pudieran elegir. Si es cierto que uno es el trasunto aproximado de Aznar y la otra de Rajoy, lo natural sería que pusiesen a competir ambas concepciones del PP… U otras distintas, porque en democracia todos los problemas tienen siempre más de una solución posible.

La desafección de los ciudadanos con respecto a los partidos proviene precisamente de la artificialidad del pluralismo interno. Nadie debería dudar de que la confrontación entre corrientes fraternales de la misma organización, lejos de destruir, fortalece los partidos y los acerca al pueblo llano. Y el PP puede recuperar su posición hegemónica en el centro-derecha si su renovación resulta verosímil. Es decir, si el nuevo líder no sólo sabe gestionar y evita radicalmente la corrupción sino también asoma con un proyecto político moderno e ilusionante que vuelva a cristalizar unas adhesiones que deben basarse en propuestas concretas de futuro, en ilusiones de construir mediante la política un país mejor.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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