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EL PSOE, al frente de la recuperación de la izquierda europea

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La izquierda europea
Pedro Sánchez y Antonio Costa

Uno de los destrozos que ha causado la gran crisis económica de la que salimos teóricamente en 2014 fue el derrumbamiento de la izquierda europea, por más que, paradójicamente, el crash fue el resultado del fracaso de una globalización liberal excesivamente desregulada en manos de gestores sin escrúpulos y, en definitiva, consecuencia de los excesos del capitalismo salvaje —las hipotecas basura y las burbujas inmobiliarias estuvieron en su génesis—.

La gran recesión, que en algunos países como España fue doble —en forma de dientes de sierra—, fue resuelta mediante duras políticas de estabilización y austeridad, que se impusieron tanto en Europa como en Estados Unidos a las soluciones keynesianas, descartadas por la UE (Aemania) y el G-20. El socialismo español en 2011 y el francés en 2017 salieron del poder muy maltrechos, y la izquierda experimentó también duros reveses en Italia, Grecia y varios países del Este, y todo ello en un marco en que comenzaban a emerger con fuerza nuevas opciones populistas de derechas y de izquierdas, que cuestionaban no solo la política concreta de los grandes partidos sino también el statu quo, el sistema.

Superada la crisis y alcanzada una etapa de crecimiento —al que se le augura ahora una cierta ralentización debida a las rigideces comerciales impuestas por EEUU pero no otro periodo crítico—, las políticas conservadoras (en España y en otros países) no han revertido las inequidades generadas por las duras terapias aplicadas para recuperar los equilibrios macroeconómicos. En España, por ejemplo, tras cuatro años de crecimientos cercanos al 3 % del PIB anual los salarios están estancados —el informe de Infojobs sobre 2018 lo confirma— y aunque se ha reducido el desempleo, la participación de las rentas salariales en el PIB que bajó con la crisis no se ha recuperado, ni ha mejorado la calidad del empleo, ni se ha amortiguado la pobreza laboral, que padecen trabajadores cuyo salario insuficiente no les permite mantener la unidad familiar. Tampoco se ha avanzado en la financiación de la dependencia, ni se ha reducido la brecha salarial de género, ni se ha pactado un modelo justo de pensiones.

El éxito portugués

Uno de los escasos éxitos de la izquierda en la UE durante la etapa de salida de la gran hecatombe ha sido el registrado en Portugal. Como es conocido, Antonio Costa, secretario general del Partido Socialista portugués, gran alcalde de Lisboa entre 2007 y 2015, se convirtió en primer ministro en noviembre de 2015 tras un fallido Gobierno de 11 días del conservador Pedro Passos Coelho (PSD), que había ganado las elecciones con 102 escaños en un parlamento de 230. Tras intensas, hábiles y pragmáticas negociaciones, Costa, al frente de la segunda fuerza en votos (86 escaños), consiguió el respaldo del Bloco de Esquerda (BE), con 19 escaños; del Partido Comunista de Portugal (PCP), con 15 escaños; y del Partido Ecologista Os Verdes (PEV), con 2. La suma de estas organizaciones se impuso al bloque conservador. Y el modelo ha sido un completo éxito.

Costa tuvo una acogida escéptica dentro y fuera de Portugal, dado el histórico odio visceral  entre su partido (PS) y el comunista y antieuropeísta PCP, pero a la hora de la verdad la oportunidad de reformar el Estado prevaleció sobre personalismos de poca monta. Aquel Ejecutivo tuvo que bregar con el rechazo expreso de parte de la oligarquía financiera y del mundo empresarial, y fue bautizado irónicamente por adversarios como el gobierno de la “geringonça”, una cosa mal hecha que, sin que nadie sepa cómo, funciona. Aquí también la derecha habló reiteradamente del “gobierno Frankenstein” de Sánchez, surgido de la moción de censura. El ingenio hispano acuñó poco después lo de “gobierno Francostein” aplicado a Andalucía, y que las tres derechas trataron de implantar en el Estado el 28-A.

Los partidos que se prestaron a aquella operación portuguesa no formaron coalición sino que han avanzado mediante acuerdos parlamentarios sucesivos, sin apenas problemas; aunque, como es lógico, con intensas discusiones hasta el logro de los consensos necesarios. El gobierno de Costa tuvo que enfrentarse con un rescate gigantesco –78.000 millones de euros— que había dejado a dos millones de personas —el 20% de la población— en riesgo de pobreza, pero en 2016 el PIB ya creció un 1,4 %. Al igual que pasó con Grecia, la Troika (FMI, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo) impuso durísimas condiciones de austeridad, que obligaron a recortes generalizados.

Nueve años después del rescate y tres años y medio después de la llegada de Costa al poder, Portugal es hoy uno de los miembros más virtuosos de la UE, con sus cuentas cerca del equilibrio presupuestario y un crecimiento superior a la media europea. Costa es reconocido como el responsable de ese milagro, si bien todos los actores implicados comparten el mérito. El balance del Ejecutivo portugués ha impresionado al resto de la UE y el Eurogrupo incluso nombró como presidente al hombre de confianza de Costa y ministro de Economía, Mario Centeno. «Es el Cristiano Ronaldo de la economía europea», dijo de él Wolfgang Schauble, el exigente exresponsable de Finanzas alemán.

La fórmula portuguesa ha dado resultado

El desempleo, que durante la crisis había pasado del 8 % al 18 %, se encuentra hoy por debajo del 7 %. Los portugueses se muestran satisfechos con la estabilidad que la alianza de la izquierda ha traído al país vecino, y según la encuesta TSF/JN de finales de abril, todo indica que Costa vencerá las elecciones legislativas del próximo mes de octubre, aunque probablemente sin mayoría absoluta, lo que obligará una repetición de la “geringonça” que tan bien ha funcionado hasta ahora. Dicha encuesta, por cierto, no prevé el menor síntoma de que vaya a surgir una extrema derecha parlamentaria en el pequeño país que comparte con nosotros la Península Ibérica (hay dos grupúsculos sin apoyos bastantes para acceder a las instituciones). Ojalá no le contagiemos la enfermedad.

Por cierto, Portugal ha establecido un cordón sanitario constitucional frente a las organizaciones de extrema derecha: el capítulo 1, artículo 8 de la Constitución de 1976 veta los partidos políticos “armados, de tipo militar, militarizados o paramilitares, como así los partidos racistas o afines a la ideología fascista”. La normativa ha obligado a formaciones como el PDR y Chega a ‘descafeinar’ las partes más incendiarias de sus programas electorales, algo que les ha neutralizado. Gracias a estos frenos, durante las últimas cuatro décadas incluso los votantes más derechistas han terminado por votar a la centro-derecha tradicional.

Portugal ha establecido un cordón sanitario constitucional frente a las organizaciones de extrema derecha

La izquierda europea mira a Portugal con admirativa estupefacción. Desde Jeremy Corbyn, líder laborista británico, pasando por Benoît Hamon e incluso Jean-Luc Melenchon en Francia, todos aprecian la demostración portuguesa de que es posible un proyecto antiausteridad implementado por una izquierda unida.

El PSOE impulsa la recuperación del consenso socialdemócrata

La crisis, con la consiguiente generalización de políticas de austeridad, dio lugar al surgimiento de formaciones populistas, que recogieron el voto descontento de aquellos sectores sociales vapuleados por la crisis y que no encontraban respuestas adecuadas en los grandes partidos convencionales que habían tenido gran protagonismo en la formación del gran consenso socialdemócrata surgido tras la segunda guerra mundial. Aquel consenso consistía básicamente en la aceptación crítica del modelo capitalista, con sus reglas, a la vez que un Estado suficientemente potente se ocupaba de redistribuir la riqueza y de proporcionar servicios públicos universales y gratuitos, así como un sistema de previsión social para el desempleo y las jubilaciones.

La inequidad derivada de la crisis ha puesto en valor el decaído concepto del estado de bienestar, y, en puertas de las elecciones europeas  que se celebran del 23 al 26 de este mes (según los países), las victorias de la socialdemocracia en Finlandia —por muy estrecho margen y gracias a que la derecha liberal no ha querido pactar con la extrema derecha— y en España, este pasado domingo, inyectan dosis de moral al socialismo democrático, que según los sondeos podría ganar en Dinamarca en junio y revalidar la posición de liderazgo que actualmente ostenta en Portugal en otoño. También se prevén buenos resultados relativos en las elecciones europeas en Italia (el Partido Democrático alcanzaría al M5S en la segunda posición) y en Bélgica (ocuparían la segunda plaza, tras el partido nacionalista flamenco N-VA).

En el caso español, está a punto de reproducirse el modelo portugués, aunque lógicamente a una escala mayor. El PSOE no parece dispuesto a entrar en coalición con comunistas, populistas y nacionalistas de izquierdas, entre otras razones porque la nula tradición española en partidos mixtos —fruto de una coalición entre dos o más socios— haría muy difícil conciliar los acuerdos, que serán muchos y sustanciosos, con los desacuerdos, que tampoco faltarán. El principal socio del PSOE para la investidura, Podemos, es una organización que acaba de viajar de los parajes antisistema al constitucionalismo, que ha formado una sólida asociación con Izquierda Unida y que mantiene posiciones en distintas materias —en política exterior y economía, por ejemplo— difícilmente conciliables con las posiciones de Bruselas y con el ideario del PSOE, plenamente acoplado al proyecto europeo.

No hay crepúsculo de las ideologías

Cada cierto tiempo, la derecha se inventa la muerte de la izquierda. Pero ni la caída del Muro de Berlín ni la práctica desaparición de la izquierda totalitaria desacreditada y fracasada indican que el socialismo democrático, la socialdemocracia, vaya a perecer. Antes al contrario, cada vez es más evidente que el parlamentarismo, tan enraizado en nuestros países occidentales, necesita dos polos sólidos, el liberal y el socialdemócrata, para ofrecer un dialéctica creativa que haga innecesarios los populismos.

Por ello es una buena noticia el “regreso” de la socialdemocracia, cuyo éxito incrementará su efecto expansivo (es curioso, por ejemplo, constatar que el ‘modelo portugués’ está últimamente a diario en la prensa argentina, donde se combina el fracaso de Macri con el presagio funesto de que podría regresar Cristina Kirchner).

Las oscilaciones ideológicas en el seno de la UE son un hecho seguramente aleatorio, porque las coyunturas de los países no son sincrónicas. Y además, es momento de reconocer que la institucionalización política de Europa ha fracasado como tal y se limita a ser la suma de las actitudes nacionales. Es probable que ningún lector sepa que el pasado 29 de abril hubo un gran debate previo a las elecciones europeas en Maastricht y el último jueves hubo otro de gran nivel en Florencia… Ni que decir tiene que los medios audiovisuales españoles han pasado por alto ambas citas, un hecho coherente con la evidencia de que las elecciones europeas del día 26 reflejarán la correlación de fuerzas en España, casi sin conexión alguna con el proyecto europeo.

La resurrección de la socialdemocracia sobreviene a pesar del mantra de la ineficiencia económica de la izquierda, que durante mucho tiempo habría optado por una redistribución ineficaz de los recursos

Sea como sea, la resurrección de la socialdemocracia sobreviene a pesar del mantra de la ineficiencia económica de la izquierda, que durante mucho tiempo habría optado por una redistribución ineficaz de los recursos. Pero hoy, la izquierda europea ha abandonado todos los dogmatismos y, sin desdeñar una discreta redistribución que no interfiera en la lógica del mercado, ya vincula la igualdad de oportunidades a la existencia de unos servicios públicos de gran calidad, universales y gratuitos, y de una asistencia social suficiente y segura. La mayor nivelación social actúa favorablemente sobre la demanda, influye en la formación de las generaciones emergentes y es un antídoto contra los populismos disolventes.

La implementación de estos elementos contribuirá poderosamente a la restauración del ascensor social, que ha dejado de funcionar en varios países europeos y que debería ser esencial en todos, con independencia de las ideologías que gestionen cada país en cada momento. Frente al arraigado individualismo insolidario norteamericano, la grandeza de la UE debe consistir en que cada individuo pueda llegar a la cumbre con su solo esfuerzo, con independencia de la cuna y de la suerte.

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Antonio Papell
Director de Analytiks

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1 Comentario

  1. Muy bueno el análisis de Antonio Papell. El derrumbamiento de la izquierda europea ha sido nefasto durante estos años, porque lo que ha originado han sido gobiernos de derechas y ultras. Por eso es muy buena noticia que España haya cambiado la tendencia, un gobierno socialista que se suma al de Portugal. Pedro Sánchez, con políticas como las de Antonio Costa.
    Portugal ha sido el mejor ejemplo de las políticas que se tienen que poner en marcha para salir el país de la crisis junto con los ciudadanos. Las políticas conservadoras no han revertido en la ciudadanía, la crisis ha pasado, pero el bienestar social ni está ni se le espera con las derechas. Estabilidad, reformas y sensibilidad social para resolver las importantes emergencias que ha dejado la crisis. Un gobierno socialista con acuerdos. El presidente portugués lo ha conseguido, porque la lealtad de sus socios, los partidos comunistas, los verdes, han sido la máxima de todos ellos. Pedro Sánchez está por lo mismo, un gobierno socialista con pactos con la izquierda. Mi pregunta, más que pregunta, mi duda es si Pablo Iglesias va a ser tan leal como han sido los socios de Costa, porque empieza mal, declarando que tiene que haber un gobierno de coalición, para que se puedan realizar las políticas de izquierda. ¡Así vamos mal, esperemos que sea porque todavía estamos en campaña! ¡Ojito, una equivocación sería un paso para atrás, porque los votantes de izquierda no perdonan! Nos jugamos mucho y la responsabilidad es nuestra, de la izquierda de una vez por todas, dar un golpe en la mesa y trabajar por el Estado del Bienestar, como lo ha hecho durante estos diez meses el Gobierno de Pedro Sánchez.

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