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El PSOE, en el camino de la abstención

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El PSOE, en el camino de la abstención 1

El presidente de la comisión gestora del PSOE, Javier Fernández, un ingeniero de minas reflexivo y parco en palabras, reunió el martes pasado a sus grupos parlamentarios en el Congreso y el Senado para dar los primeros pasos hacia la abstención en la investidura de Rajoy que decidirá el comité federal del PSOE este domingo y que quedará planteada por el Rey la próxima semana, tras la preceptiva ronda de consultas con los representantes de las fuerzas políticas que se celebrará lunes y martes.

Fernández, que ya reconoció que su papel en la gestora consiste sobre todo en convocar un congreso que resuelva la crisis actual, ha explicado que la abstención en la próxima investidura de Rajoy es el “mal menor” con que tendrá que condescender su partido, porque la opción alternativa, la de negar tal apoyo y provocar así nuevas elecciones, tendría efectos catastróficos para el PSOE. En efecto, el brillante estudio de Gómez Yáñez en Analytiks confirma que la fuerza electoral del PSOE alcanzaría tras la implosión del primero de octubre apenas los cuatro millones de votantes.

El argumento utilizado por Fernández es impecable porque, efectivamente, después del aparatoso golpe de mano organizado por el PSOE en su último comité federal, la cotización del partido en las urnas ha caído en picado. Pero es también un argumento inquietante. Porque, ¿cómo es posible que un gran partido del que depende nada menos que la estabilidad del Estado adopte una decisión tan grave no por razones positivas y constructivas sino ‘como mal menor’, para evitar un daño incrementado?

Fernández, hay que reconocerlo con generosidad, ha hecho autocrítica porque es consciente de que los responsables de la crisis son los propios dirigentes –todos– por no haber encarado el problema desde el principio. Todavía hoy, la hipótesis de la abstención se pronuncia en voz baja y con evidente desazón. Cuando hubiera sido deseable que, desde el primer momento, desde que se conocieron los resultados de las elecciones del 20 de diciembre del año pasado, el PSOE hubiese abierto ese debate. Puesto que el PP había ganado las elecciones y no parecía conveniente en absoluto pactar una coalición con Podemos, era una opción legítima dejar gobernar al PP tras negociar con él condiciones muy estrictas. De aquel modo, se conseguirían bastantes de los objetivos del programa electoral socialista –el fin de los recortes, la reversión parcial de la reforma laboral, una nueva política económica, etc– y se evitaría un periodo de interinidad que podía ser largo –lo ha sido, en efecto– y que podía perturbar el crecimiento económico ya emprendido –por fortuna, esta posibilidad no se ha cumplido–.

Sin embargo, ni una sola voz propuso aquella opción. Quizá fue así porque, como ha reconocido hoy el presidente de la gestora, todos pensaron que aquel rígido “no es no” se convertiría más tarde en “de entrada, no”. Pero el caso es que el comité federal del 28 de diciembre de 2015 fijó por unanimidad la negativa radical a cualquier pacto con el PP, lo que fue tácitamente ratificado tras las elecciones del 26J. Y Pedro Sánchez mantuvo y cultivó la negativa, intentando tras el 20D una opción alternativa con Ciudadanos que no salió adelante, y barajando después del 26J tal posibilidad, que nunca llegó a tener visos de verosimilitud, a pesar de ciertas versiones más o menos pintorescas que se han propalado, y que en cualquier caso no hubieran justificado el golpe de mano.

El PSOE cometió, pues, colectivamente, una omisión que ya no tenía arreglo porque la negativa se había solidificado entre las bases, como ahora se observa: la militancia ha recibido con hostilidad a la gestora. Y quienes no habían sido capaces de marcar un rumbo más practicable, en lugar de atreverse a reconocer su error en un comité federal y tratar de abrir un debate sensato que incluyera la retractación y el cambio de postura, optaron por generar la confusión de un gran golpe de mano orquestado para cumplir sus propios objetivos de poder y reconsiderar el asunto desde otras perspectivas. Con un resultado claro: ahora, el PSOE facilitará la gobernabilidad, pero a costa de su propia supervivencia.

Porque el dilema que plantea Fernández entre abstención y ruina electoral es certero a día de hoy pero no lo era en absoluto ayer: nadie sabe a ciencia cierta qué hubiera ocurrido en unas terceras elecciones, de haberse celebrado por persistir el PSOE en su negativa, sin que mediase el golpe de mano (algunas encuestas interesadas anunciaban una subida del PP y un retroceso del PSOE, pero los sondeos no son de fiar en este país, como se vio el 26J). Es ahora, después de la cuartelada, cuando el PSOE, destruido, se suicidaría si fuese a elecciones.

En definitiva, el país está a punto de salir del impasse –se ha impuesto la teoría del mal menor– y ello es objetivamente satisfactorio y hemos de congratularnos por ello, pero el centro-derecha no se ha regenerado completamente todavía (ni lo hará del todo si no media una profunda renovación intelectual y generacional) y el centro-izquierda puede darse por desaparecido. Y en su lugar asoma un intranquilizador Podemos, dispuesto a sobrepasar los cauces parlamentarios ya a explayarse en la calle. A corto plazo, vuelve la normalidad, y ello es una gran noticia, pero a medio plazo este país sigue con serios problemas de representación política, de liderazgo y de futuro.

El PSOE, en busca de un líder: entre Urquizu y Susana Díaz

Varios análisis elaborados a partir de datos estadísticos del CIS han permitido poner de manifiesto que la clientela electoral de los viejos partidos, PP y PSOE, está formada por personas mayores de 50 años, con bajo nivel cultural y escasa formación tecnológica. Por el contrario, los votantes de Ciudadanos y Podemos son menores de 50 años que usan en porcentajes elevados los gadgets de las nuevas tecnologías: teléfono móvil, tableta, ordenador…

Este es sin duda el problema más grave del PSOE –y también del PP, obviamente–, el que le ha acarreado el declive que padece y el que, de no remediarse, comprometería irremisiblemente su futuro. Si las nuevas generaciones emergentes desertan de la socialdemocracia, esta terminará convirtiéndose en una opción residual, como ya sucede en algunos países europeos.

La implosión del PSOE que acaba de acontecer, que en buena medida está vinculada al progresivo deterioro electoral del partido que comenzó en 2011, debería servir al menos para reflexionar sobre las razones complejas de esta decadencia, que no puede atribuirse exclusivamente a la mala gestión de la crisis económica que arrancó en 2008. La emergencia de los nuevos partidos se produce por razones cuasi físicas: Ciudadanos y Podemos acuden a llenar un vacío manifiesto en el abanico social e ideológico.

En definitiva, la gran conmoción que afecta al espacio socialista, y que amenaza con dejarlo reducido a la irrelevancia –Fernández ha acertado al reconocer que prácticamente lo único que queda es el solar–, debe terminar generando un debate sobre la naturaleza misma del partido y, por ende, sobre la dirección de avance. Y, de momento, se perfilan dos opciones genéricas: la que postula el PSOE de Andalucía, amparada en su relativo éxito objetivo, y la que insinúan algunos jóvenes valores, como Ignacio Urquizu, que tratan de ir a las raíces últimas del problema y a realizar planteamientos de largo alcance.

El modelo andaluz de socialismo, que fue sin duda útil el siglo pasado para redimir a una región postrada y hambrienta pero que no ha conseguido sacarla de los últimos peldaños del ranking de renta y riqueza en España –en 2015, el PIB per cápita andaluz fue de 17.263 euros, solo superior al de Extremadura, inferior a los 23.200 euros de la media española y que contrasta con los 27.663 euros de Cataluña y con los 31.812 euros de Madrid– ni modernizar su sistema económico. No hacía falta descubrir el fraude de los EREs para entender que el modelo de desarrollo andaluz ha sido excesivamente clientelar, basado en la cultura del subsidio, y no creativo ni moderno.

Frente a este modelo, que infortunadamente parece llevar hoy la voz cantante en el PSOE, Urquizu destaca que “el principal problema del Partido Socialista no es tanto ideológico como de conexión con sectores representativos de los valores de progreso”. La observación que realiza es elocuente: “Si analizamos los apoyos electorales según el tamaño de nuestros municipios –escribe–, vemos que en las ciudades de más de 50.000 habitantes el Partido Socialista viene siendo, como mucho, la tercera fuerza política en las dos últimas elecciones generales. En urbes tan significativas como Madrid o Valencia, el PSOE se situó como la tercera fuerza. Por no hablar de lugares como Barcelona o Bilbao, donde caímos a la cuarta posición el 26-J”.

Y en otro orden de ideas, detecta: “Al mismo tiempo, cuando pasamos a mirar los datos de las encuestas del CIS, vemos que el Partido Socialista solo es capaz de ser una alternativa al PP entre los ciudadanos que tienen, como mucho, los primeros años de educación secundaria. En cambio, entre aquellos que declaran tener estudios superiores, el PSOE cae a la cuarta posición. Si analizamos los datos de todas las elecciones, nunca el Partido Socialista había tenido tan pocos apoyos entre la gente con estudios universitarios. Por clases sociales, el PSOE solo obtiene un amplio apoyo entre los obreros, mientras que en las clases medias y en las clases medias-altas se sitúa en tercera o cuarta posición. Esto no siempre ha sido así. En los años 80 y en las dos victorias electorales de José Luis Rodríguez Zapatero, las clases medias depositaron su confianza de forma mayoritaria en el Partido Socialista”.

En definitiva, “el principal problema del Partido Socialista no es tanto ideológico, sino de conexión con sectores de la sociedad que son muy representativos de los valores de progreso. Así, el PSOE debe comenzar a pensar cómo vuelve a conectar con unos grupos sociales en los que sí fue un referente en el pasado”. Y concluye expresando que “seguramente deberemos abrirnos a nuevas ideas, ser valientes en los debates, quitarnos muchos prejuicios y ser conscientes de que los retos de la sociedad del futuro exigen medidas audaces. Así, combatir la desigualdad exige modernizar nuestro Estado de bienestar, o tener una economía más competitiva implicará una mayor racionalización de nuestro sistema productivo. Lo que cambia el mundo no son los golpes de efecto o los tuits, sino las ideas”.

Los socialistas tienen la palabra: habrán de elegir entre lo que representa Susana Díaz y lo que propone Ignacio Urquizu.

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Antonio Papell
Director de Analytiks

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