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¿El retorno del bipartidismo? El regreso del PSOE y la reconstrucción del PP

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¿El retorno del bipartidismo? El regreso del PSOE y la reconstrucción del PP 1
MADRID 13 06 2016 POLITICA Debate a cuatro en la campana electoral del 26J Mariano Rajoy PP Pedro Sanchez PSOE Pablo Iglesias Podemos y Albert Rivera Ciudadanos FOTO JOSE LUIS ROCA

En las pasadas elecciones europeas del 25 de mayo de 2014, irrumpió en el panorama político Podemos, con el 8 % de los votos —1.250.000 electores— y cinco eurodiputados. Tres años antes, el 15 de mayo de 2011, los antisistema habían adquirido notoriedad y presencia en lo más profundo de la crisis, adueñándose de la Puerta del Sol y poniendo en evidencia a los partidos tradicionales, que habían fracasado en la previsión de la crisis y en la generación de la frágil burbuja inmobiliaria, que había estallado con estruendo.

En las siguientes elecciones generales de finales de 2015, el viejo bipartidismo se quebró y apareció un nuevo mapa cuatripartito. El PP obtuvo el 28,7 % de los votos; el PSOE, el 22 %: Podemos, el 20,7 %; y Ciudadanos, el 13,9 %. Aquella estructura parlamentaria se confirmó seis meses después, en las elecciones de junio de 2016: entonces el PP obtuvo el 33,0%; el PSOE, el 22,6%; Podemos, el 13,4% y Ciudadanos, el 13,0%. En 2015 fue imposible formar gobierno y en 2016 solo se logró después de que, tras una turbia maniobra, se quebró el PSOE y una parte del socialismo apoyó a Rajoy. Desde entonces, el esquema cuatripartito parecía consolidado, pero ahora comienzan a plantearse algunas dudas.

La víspera de la moción de censura que ganó Pedro Sánchez contra Mariano Rajoy, algunas encuestas aseguraban que Ciudadanos había adelantado al Partido Popular, en un ya permanente declive, en tanto el PSOE trataba dificultosamente de mantenerse al nivel de las dos formaciones conservadoras y Podemos intentaba zafarse del cuarto puesto, a no mucha distancia de los socialistas. La fractura del espectro político en cuatro fuerzas principales parecía irremisible; el PP estaba viéndose gravemente afectado por el tableteo en los tribunales de los casos de corrupción, el PSOE tenía grandes dificultades para hacerse notar, entre otras razones por la ausencia de Pedro Sánchez del Parlamento y por la falta de medios de comunicación afines, y Podemos se debatía en su diversidad interna sin haber resuelto la contradicción entre sus dos alas populistas, la cercana a IU y la representada por Errejón. El pesimismo se abatió sobre el país y cundía, más o menos solapadamente, la sensación de que la escena política había decaído, de que los graves problemas pendientes —el de Cataluña en primer lugar— podrían ser contenidos, pero no resueltos, de que la grave crisis había vaciado la democracia política y nos había dejado en manos de organizaciones huérfanas y desvalidas. De hecho, era manifiesta la alergia de todos los actores a unas nuevas elecciones, que solo hubieran servido para reafirmar la mediocridad de las opciones concurrentes.

La moción de censura ha sido, evidentemente, un revulsivo. Mucho más poderoso e intenso de lo que pareció al anunciarse. Pedro Sánchez, un líder aparentemente desvanecido, cobró un impulso inaudito y dominó la liturgia del acontecimiento con inesperada maestría. Prodigiosamente, consiguió unir voluntades a su alrededor, con la única contrapartida de provocar el cambio, de conmocionar la situación, de poner fin a la agonía. Pero lo más llamativo es que con la llamada del secretario general se ha puesto en pie un ejército de profesionales que estaban a otras cosas, y que no han vacilado ni un segundo en ofrecerse al servicio del interés general cuando han sido convocados para ello. Junto a Borrell, reminiscente luchador de la etapa de Felipe González, otra generación —la de Nadia Calviño— que brillaba en otras ocupaciones se ha apresurado a situarse al pie del cañón para defender el futuro en riesgo. Un banquillo poblado de profesionales de fuste ha cubierto en cuestión de días los puestos clave de una administración que no se ha resentido de vacío alguno y que seguirá funcionando, aunque hacia otra singladura tras el cambio de timonel. Sin sectarismo ni sobresaltos: los márgenes de la pertenencia europea son los que son y no admiten bandazos.

Pero no solo el socialismo, que temía haberse marchado por el sumidero de la historia como el francés, ha resucitado cargado de posibilismo: también el Partido Popular, conmocionado por el gran trauma, ha rejuvenecido súbitamente, una vez que ha pagado —ahora sí— la responsabilidad política por el gran desaguisado que ha llegado a poner en peligro al régimen mismo. Una formación caduca, personalista, dirigida con mano de hierro y por tanto sin iniciativa, ha descubierto de un plumazo la maravilla de la democracia interna. Las caras de los candidatos, liberados del eterno yugo de su propia historia, muestran inocultable felicidad porque se han quitado de encima una gran losa y están en condiciones de llevar a cabo una renovación, definitivamente abierta y pluralista, en que los cargos ya no son taumatúrgicos ni las asambleas monocordes. Los principales líderes compiten entre sí y emprenderán un nuevo e intenso viaje hacia la hegemonía y el poder… que volverán a ostentar cuando les llegue la hora.

Ciudadanos, que tocaba el cielo con la punta de los dedos, ha sido la víctima de toda esta conmoción. Había logrado imponerse a la decadencia del PP y la aparente decadencia del PSOE parecía haberle entregado un gran espacio central. La recuperación de PP y PSOE le ha dejado nuevamente sin sitio, en ese lugar angosto de los partidos bisagra, cuyo espacio vital es siempre incierto. Y Podemos, ubicado en el lugar de IU, parece aceptar con deportividad que no tiene más remedio que secundar el gran giro. Diríase que el bipartidismo ha vuelto.

La difícil recuperación del PP

En el PP hay euforia contenida, pero no le será fácil al partido conservador salir del agujero, recuperar la credibilidad y el prestigio, ser de nuevo la gran opción de poder del centro-derecha.

Desde su llegada al Gobierno a finales de 2012, Rajoy organizó su reinado mediante una equilibrada distribución de las responsabilidades que le garantizaba la estabilidad de su organización, el PP, y el control del poder acumulado en el gobierno del Estado y en numerosos entes regionales y locales. Apoyado en dos brillantes y jóvenes abogadas del Estado, entregó a una de ellas, Dolores de Cospedal, las llaves del PP –tarea compatible con la gobernación por cuatro años de la Comunidad de Castilla-La Mancha-, una tarea sin duda apasionante pero erizada de espinas ya que Cospedal ha debido asistir como algo más que simple espectadora a los sucesivos procesos judiciales sobre las innumerables episodios de corrupción, tanto en el PP estatal cuanto en algunas organizaciones territoriales, la valenciana y la madrileña especialmente. Corrupción que alcanzó una masa crítica cuya explosión ha producido los efectos conocidos.

Al mismo tiempo, Rajoy otorgaba todo el poder político ejecutivo a Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta única del Gobierno y dotada incluso con el control del CNI. Soraya, de una capacidad innegable, era la persona idónea para gestionar adecuadamente un encargo tan complejo, y lo hizo con tanto aprovechamiento que para Rajoy la tarea de gobernar fue llevadera: apenas había de tomar las grandes decisiones, mientras el día a día era resuelto adecuadamente por su equipo de leales.

Aquel montaje estaba además en equilibrio, en lo que sin duda fue fruto de la habilidad un tanto maquiavélica de Rajoy para ejercer el liderazgo: pronto surgió una lógica y clara rivalidad entre las dos lideresas, que compitieron denodadamente entre sí por agradar al jefe, recoger las mieles del poder, asentarse políticamente para asegurar su futuro. La operación de delegar el poder en dos personas al mismo tiempo, con una vaporosa diferenciación de funciones, para que ninguna de las dos pueda llegar a pensar que es el delfín, el epígono, el heredero, fue la gran jugada maestra de un Rajoy enigmático, como buen gallego.

En estas estábamos cuando Rajoy se ha ido. Lo ha hecho en horas, casi sin avisar, fulminado por la iniciativa de un adversario que tuvo el acierto de creer que todos los demás le apoyarían con tal de librarse de aquel a quien quería reemplazar. Con una presteza que nos ha cambiado a muchos el concepto que teníamos del personaje, Rajoy ha renunciado a la pensión, al coche oficial y a la escolta y se ha marchado a su viejo despacho periférico de registrador de la propiedad. No se ha pronunciado sobre la sucesión, y alguno ya se lo reprocha, pero se lo habrían reprochado también, y con más saña, si hubiera señalado a alguien, como Aznar hizo con él. De hecho, todos sabían en el PP que después de Rajoy iba a sobrevenir el diluvio. Y en este diluvio estamos.

Porque la pregunta es tan obvia como inquietante. ¿Puede provenir la gran renovación moral, intelectual y política que el PP necesita de la disputa entre las dos números dos de Rajoy? ¿Tiene sentido que todo se reduzca a la colosal confrontación entre quienes tenían al 50% el poder delegado del jefe? ¿Acaso no se ve que la falta de sintonía entre ambas que ha sido evidente durante todo el tiempo se convertirá fácilmente en irreconciliable hostilidad en cuanto una se sobreponga a la otra por fuerza de los votos de sus conmilitones, obligados a elegir, como en el cuento, entre papá y mamá? ¿No son conscientes los actores del PP de que, si de verdad quieren dejar atrás, no sólo jurídica y políticamente sino también psicológicamente, el gravísimo deterioro ético, será necesario poner al frente del partido a personas que no hayan estado en contacto directo con el drama?

En realidad, lo que está a la vista es que, descartado Feijóo (a quien se señaló como mirlo blanco sin demasiado fundamento), la elección interna en el PP se reduce a un alineamiento de todos los exministros y barones en torno a Soraya o a Dolores. Por este camino, la conflagración será de las que hacen época, en medio de una gran esterilidad.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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