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¿Por qué a los españoles nos gusta tanto odiarnos?

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Por qué españoles nos odiamos

Quizá esta séa la pregunta. Me la hacía días atrás un querido amigo que no puede comprender qué está pasando en España. Y probablemente la respuesta esté ligada a la carencia de nivel de quienes actualmente dirigen los destinos de España.

Si hubiera correspondido a los políticos de hoy en día la titánica tarea de devolver a los españoles el derecho a decidir su futuro después de decenios de dictadura militar, si esta generación hubiera tenido que elevar en las instituciones a la categoría de normal lo que ya en la calle era normal, si hubieran tenido que confeccionar, con acuerdos a múltiples bandas, un soporte legal para garantizar nuestros derechos, libertades y obligaciones, si hubieran tenido que sentarse a la misma mesa con personas de diferentes pensamientos, que en algunos casos venían de una dolorosísima guerra civil, ¿qué habría sido de nosotros?

A veces recuerdo, por ejemplo, los Pactos de la Moncloa, un acuerdo por el que los actores de aquel documento debieron aguantar bromas, chascarrillos y falta de confianza de todos los tipos. Recuerdo con verdadera emoción los años en que personas de trayectorias tan distintas y representantes de españoles tan antagónicos como Adolfo Suárez, Fraga, Carrillo, Tarradellas, Arzalluz, González, etc., colosos que fueron capaces de alcanzar acuerdos e incrementar la cualificación social de este país, lo suficiente como para ser altamente considerado y admitido en la Unión Europea, algo muy difícil en aquellas fechas.

Los españoles asombraron al mundo

Todos hicieron concesiones para avanzar por la senda de la modernidad, la paz y el progreso. Y lo consiguieron. Y España dejó boquiabierto al mundo entero. Y todos se dejaron algo en el camino. Y muchos de ellos, por puro patriotismo, entregaron unos años de su vida, y mucha vida privada, profesional y familiar para conseguir el objetivo final, esto es poner a España en el lugar que nunca debió abandonar. Y cuando pasó su tiempo volvieron a sus quehaceres, porque tenían su profesión y no quisieron convertirse en parásitos de la sociedad.

Algunos, especialmente los alcaldes de pequeños pueblos de esta España pobre, nos esforzamos en buscar unos miles de euros para arreglar las aceras de nuestro pueblos

La vida pública se ha convertido en un oficio, en muchos casos para gente que no podría ganarse la vida de otro modo, y mucho menos con la comodidad que lo hacen a través de la política. Eso que algunos entendemos únicamente como servicio público. Algunos, especialmente los alcaldes de pequeños pueblos de esta España pobre, nos esforzamos en buscar unos miles de euros para arreglar las aceras de nuestro pueblos o mejorar nuestras infraestructuras.

En muchos casos, sin recibir emolumento alguno a cambio de ese trabajo que ejercemos con gusto los siete días de la semana. Algunos ni tan siquiera estamos adscritos a ninguna organización, ni partido, lo cual no quiere decir que no tengamos una ideología más o menos definida. Pero es que en un pueblo pequeño de Castilla y León la militancia política puede restar más que sumar, sobre todo en lo que a las relaciones personales se refiere, salvo quienes se apuntan al carro del caballo ganador con unas exigencias previamente pactadas con quien aparente tener más posibilidades de ganar las elecciones en la provincia y región donde se enclave tu ayuntamiento y obtener los beneficios esperados.

Falta de líderes

Presidente Suárez

Adolfo Suárez.

¿Por qué esta desafección al sistema de partidos en que se basa nuestra democracia, según se estableció durante la Transición? Sin duda porque es difícil encontrar líderes que realmente representen intereses comunes y que inspiren confianza suficiente. Porque los partidos se han convertido en empresas con franaquicias.

Me han preguntado muchas veces si soy de izquierdas o de derechas. Mi respuesta es una serie de preguntas: ¿Construir un consultorio médico, arreglar la Plaza Mayor, buscar inversión de empresas privadas y públicas que generen riqueza para las empresas y empleo para los trabajadores o mantener los servicios elementales para que la gente no tenga que irse a vivir a otro sitio es de izquierdas o de derechas? Suelo contestar que sigo siendo suarista –si es que eso existe- y me explico: soy partidario de escuchar las necesidades de los ciudadanos y tratar de llegar a acuerdos con todos para obtener el fin deseado, que no es otro que mejorar la calidad de vida de mis convecinos.

No seré yo quien odie a los catalanes, pero aborreceré a los mentirosos y a los delincuentes que impiden la convivencia de nuestros pueblos

Me entristece, como casi nadie sabe, lo que estamos sufriendo en Cataluña porque nos perjudica a todos, y especialmente a los catalanes. Salvo a los que están obteniendo un rédito político. Me genera mucho dolor ver a servidores público ser atacados como si fueran fuerzas de ocupación en un país extranjero. También me duele la frustración que pueden estar padeciendo los que lícita y pacíficamente defienden la independencia. La diferencia es que ese sentimiento, y quizá ese pensamiento, está garantizado por la Constitución que ampara todas nuestras libertades.

He tenido la suerte de visitar frecuentemente Cataluña desde mi más tierna infancia, aún en vida de Franco. Y los catalanes que he conocido me han inculcado los mejores sentimientos sobre su tierra, que también es la mía. Puede que si fuera catalán fuera independentista, no lo sé, pero lo que si espero es que quienes defienden ese derecho a decidir, no me falten al respeto y se sometan al imperio de la ley que garantiza nuestra convivencia.

La clave es la empatía

La mejor receta para entender el punto de vista del otro es ponerse en su lugar, pero con honestidad y generosidad.

Supongo que la mayoría de independentistas piensan como yo y quizá algún día veamos curada esta herida que han abierto personas interesadas en que nos odiemos una y otra vez. No seré yo quien odie a los catalanes, pero aborreceré a los mentirosos y a los delincuentes que impiden la convivencia de nuestros pueblos. Y es que tengo que estar agradecido a vivir en un país que me ha sido entregado con un ordenamiento jurídico que me permite ejercer mi derecho a pensar y opinar libremente sin correr el riesgo a ser detenido, porque aquí no se ingresa en prisión por expresar opiniones, sino por ejecutar acciones ilegales dimanantes de pensamientos.

En eso soy consciente de que no voy a coincidir, incluso con amigos queridísimos con los que espero seguir compartiendo mesa y mantel, incluidos los hijos del mejor amigo de mi padre.

Lo que sinceramente espero es que mis nietos no tengan que preguntarse como ahora: ¿Por qué a los españoles nos gusta tanto odiarnos?

Iberia Alexa
Juan Carlos Cabrejas
Alcalde de Ortigosa del Monte

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