Debate

Falta cultura pactista

1
Falta cultura pactista 1

Los constituyentes de 1978, que tenían un importante bagaje doctrinal pero nula experiencia democrática, buscaron un difícil equilibrio entre la proporcionalidad electoral y la gobernabilidad, que intentaron plasmar a través de dos mecanismos singulares: la ley d’Hondt, que potenciaba las dos opciones políticas mayores, conservadora y progresista, y la moción de censura constructiva, que obligaba a que quienes intentasen derrocar al presidente del Gobierno, hubieran de hacerlo por el procedimiento de proponer un candidato alternativo. Con aquellos mimbres, -pensaban los padres de la democracia-, se obtendría un pluripartidismo manejable, sin excesos a la italiana y lejos de los modelos mayoritarios anglosajones que se consideraban poco adecuados (con la excepción del neofranquista Fraga, que siempre defendió el bipartidismo británico).

No sucedió de aquel modo ya que –a la vista está- nunca en toda la etapa iniciada en 1977 hubo otra cosa que un gobierno monocolor. Y en las ocasiones en que las mayorías necesitaron el apoyo de las minorías, lo consiguieron no a través de pactos ideológicos sino mediante concesiones competenciales y dinerarias a las formaciones nacionalistas… Hasta 2015, cuando, tras la desastrosa gestión de la crisis llevada a cabo sucesivamente por el PSOE y por el PP, la ciudadanía quebró la norma y entronizó un pluripartidismo con cuatro grandes actores, en el que los dos partidos tradicionales son todavía hegemónicos (de hecho, de lo que suceda en el futuro inmediato dependerá que se restituya o no el viejo bipartidismo).

Por tal motivo, los dos grandes partidos no tienen experiencia alguna de pactar sus programas con otras formaciones, de formar mayorías híbridas y por lo tanto resultantes de una transacción. Tanto el PP como el PSOE han sido rígidos en sus etapas de poder, y aquel magnífico el consenso originario no pasó de la etapa fundacional: se practicó en los Pactos de la Moncloa y en el proceso constituyente, y cesó súbitamente a partir de entonces, con alguna escueta excepción como el Pacto de Toledo, que en realidad cuajó no por alguna decisión idealista sino por el interés de las grandes organizaciones, que quisieron librarse de la guerra sucia que suponía competir en el terreno de las concesiones a los electores pasivos.

Esta indisposición al pacto está asomando ahora con preocupante intensidad. Puestos a hablar/negociar el Partido Popular y Ciudadanos, ha sido claro que el PP no piensa apearse en absoluto de sus grandes determinaciones: la absoluta preferencia del equilibrio presupuestario sobre el gasto social; la voluntad indeclinable de mantener una presión fiscal muy baja con el argumento de que sólo así se consiguen tasas apreciables de crecimiento; el axioma de que la mejor receta contra el desempleo es la más completa desregulación, sin la menor atención a los derechos laborales; el mantenimiento a ultranza de las diputaciones, grandes instituciones burocratizadas que facilitan el clientelismo y el control político; la insistencia en mantener un modelo arcaico de partido, que probablemente no cumpla el precepto constitucional del art. 6 CE (“su estructura interna y su funcionamiento [de los partidos] deberán ser democráticos”); el rechazo a planes de asistencia social que resuelvan problemas concretos con el argumento insuficiente de que la mejor política social es la creación de empleo…, etc. Todos ellos son rasgos que el PP ha mostrado siempre en el poder, con buenos resultados económicos en la etapa de Aznar (aunque de aquella época provino la destructiva burbuja inmobiliaria) y con resultados mucho más controvertibles en la etapa de Rajoy, ya que la salida de la crisis en términos macroeconómicos ha costado un gran sacrificio social, que todavía mantiene postradas a grandes capas de población.

En definitiva, la resistencia del PP a las propuestas de Ciudadanos, que estos últimos días ha endurecido la relación entre ambas formaciones y ha llegado a amenazar con la ruptura, proviene de que el PP, con sus 137 diputados, está decidido a mantener lo esencial de sus anteriores políticas, tan solo con alguna concesión a la formación que le aporta los 32 diputados restantes… y con algún gesto simbólico a quienes finalmente suministren el resto de los diputados que contribuyan, si llega el caso, a la mayoría absoluta.

Con independencia de que parece cada vez más difícil que el PSOE haga alguna concesión al PP, es claro que el planteamiento de la formación que acaba de gobernar con mayoría absoluta es sencillamente inaceptable: su estrepitosa caída en escaños y en votos debe interpretarse como una decisión del electorado en la dirección de obligar a la mayoría relativa a cambiar sus puntos de vista, a acentuar la equidad, la redistribución, la sensibilidad social, los derechos laborales, las políticas sociales de atención a la pobreza y a la infancia, etc., etc. Y como una enmienda a la totalidad contra la política económica de austeridad que se ha impuesto con escalofriante frialdad a las necesidades reales de unas clases medias empobrecidas que reclaman atención y cuidado. El ajuste era inevitable pero no es cierto que no se pudo hacer de otro modo, sin cargar tanto peso sobre los hombros de las clases menos favorecidas.

En otras palabras, no es fácil en cualquier caso que Rajoy consiga la investidura, pero la dificultad se agrava al observar que el PP no se ha percatado ni de su posición ni de los pasos que debe dar para conseguir los apoyos que necesita imperativamente para conservar el poder. Un poder en todo caso muy disminuido, y desde luego compartido con sus adversarios. Es posible que en estas circunstancias Rajoy y su equipo prefieran probar fortuna en unas terceras elecciones antes que someterse a la lógica parlamentaria emanada del 26J. Allá ellos, pero muchos tenemos la intuición de que se equivocan si piensan que a la tercera va la vencida: si el PP no logra una alianza inteligible con Ciudadanos y no cambia el tono de su discurso para reconocer humildemente sus errores –la corrupción es el principal de ellos pero no el único-, será altamente improbable que logre atraer más apoyos que los que ya tiene, digan lo que digan estos sondeos interesados que vuelan estos días como armas arrojadizas.

Dos colosos de la velocidad: el Audi R18 e-tron Quattro y el Eurofighter Typhoon

Entrada anterior

También te puede interesar

1 Comentario

  1. Un buen análisis que comparto en su práctica totalidad. Pero hay un gravísimo error, quizás producto de los vientos anticatalanes que azotan la capital del Reino.
    Se trata de la consideración acerca de los pactos de gobierno entre los partidos estatales y los partidos de otro ambito nacional.
    Quisiera pedir simplemente la relectura del llamado Pacto del Majestic entre el PP y CiU. Se trata de un acuerdo global, en el que ciertamente aparecen cuestiones competenciales ( la mayoría aplicables a todas las CCAA) pero sobretodo temas relativos a dos cuestiones. En primer lugar a la modernización del Estado, con temas como la supresión del servicio militar obligatorio. Y, en segundo lugar temas económicos y sociales, en un momento en el cual la economia española debía afrontar un reto tan crucial como era el cumplimiento de los llamados criterios de convergencia de cara al acceso a la moneda única.
    Fue un acuerdo real, negociado y pactado de forma ejemplar y cuyos resultados para el crecimiento de la economia española fueron decisivos.
    Estaría bien no contribuir desde vuestros analisis, por lo demás tan ponderados, a la estrategia de acoso y derribo contra Catalunya de imprevisibles resultados.

Dejar un comentario:

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más en Debate