A debate

La clientela de Vox

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Abascal

Durante cuatro décadas, este país pudo alardear de no tener un partido político de extrema derecha con presencia en las instituciones. Fuerza Nueva, del notario franquista Blas Piñar, fue apenas una agrupación de nostálgicos, que consiguió un único escaño en la última legislatura de UCD y que no tuvo relevancia en el desarrollo político español. Los analistas políticos pensábamos que el antecedente franquista, muy desacreditado, nos había vacunado contra experimentos de la misma índole, pero en realidad lo que ocurrió fue que el exministro franquista Manuel Fraga, reconvertido a la democracia, fundador de Alianza Popular y después del Partido Popular, tuvo la habilidad, más innata que premeditada, de atraer también a la extrema derecha a su partido, situación que sus sucesores han conseguido mantener hasta que Rajoy, muy moderado, se ha marchado de la política. Con la llegada de Pablo Casado ha llegado también Vox, formación dirigida, cómo no, por disidentes del PP por la derecha, hartos de que la formación conservadora admitiera tímidamente las políticas contra la violencia de género, contemporizara con los colectivos LGTB, se sintiera cómoda en la diversidad autonómica y hubiera dejado de rasgarse las vestiduras por la legalización del aborto.

Se como sea, la llegada de Vox, en los tiempos que corren por Europa, era un futurible previsible que tendría que acaecer antes o después. Nuestro entorno político está registrando el inquietante ascenso de partidos populistas de extrema derecha. En Francia, en Alemania, en Italia… De hecho, lo grave e inquietante no es que un grupo de políticos cree una organización de estas características sino que encuentre a una voluminosa y significativa cantera de votantes dispuesta a respaldarla a la primera oportunidad.

En algún momento, habrá que analizar qué es Vox, que por las señas de identidad que muestra en sus páginas oficiales no es desde luego una formación fascista, entendiendo por tal la que propone un modelo totalitario de Estado basado en una idea unívoca de nación y de pueblo en el sentido que daba recientemente a estos conceptos Santos Juliá en un artículo preclaro sobre el fascismo. Tan sólo se perciben en Vox los ecos de las “llamadas a la unión sagrada de la patria contra el enemigo común”. Y —siguiendo con Juliá— puede decirse asimismo que “los dirigentes de Vox no dudan en presentarse con un lenguaje que Ramiro Ledesma llamaría fascistizado”. Los elementos más llamativos de su ideario son un claro rechazo a la inmigración, el retorno al estado unitario y por lo tanto la laminación del Estado de las Autonomías, la abolición delas políticas de género… Por el momento, no se explicita un rechazo a la Constitución, que lógicamente habría de reformarse para admitir semejantes regresiones.

[pullquote]De cualquier modo, lo que aquí interesa no es tanto el mensaje sino quienes lo interiorizan y lo abrazan[/pullquote]

De cualquier modo, lo que aquí interesa no es tanto el mensaje sino quienes lo interiorizan y lo abrazan. Hay quien dice que de repente han surgido en Andalucía 396.000 fascistas, que debían estar emboscados en varios de los partidos que hasta ahora se han repartido la tarta electoral. Pero el arriba firmante se apunta más bien a la tesis, siempre acertada, del catedrático Antón Costas, quien denunciaba recientemente en La Vanguardia que “una parte de nuestras sociedades se siente olvidada en las cunetas de la falta de empleo, la pobreza y la exclusión. Están reclamando ser tenidos en cuenta a la hora de repartir los beneficios del crecimiento. Son personas con sus mochilas llenas de agravios: pérdida de empleos por la desindustrialización y la globalización, bajos salarios, deterioro de las condiciones de vida y de sus expectativas, exclusión financiera, desaparición de servicios públicos y falta de otros servicios cívicos y culturales. Los estilos de vida de sus comunidades se han deteriorado”. Y esas personas no se han resignado a su exclusión o a la emigración y han utilizado el voto agresivamente.

“¿Son ‘fascistas’ por votar a Trump o a Vox? —se preguntaba Costas— No. Se trata de la clase media empobrecida y airada: obreros, empleados, autónomos, o personas sin empleo. Sus salarios y prestaciones sociales no dan para más que pagar la vivienda, los servicios fundamentales como el agua, la electricidad, el gas, el teléfono, internet y… ¡los impuestos!”

La gente airada es la que votó en su día a Podemos cuando la crisis había llegado al cenit más inhumano y destructivo. Los ciudadanos airados y cabreados empezaron a desconfiar del sistema que los ahogaba y no les ofrecía soluciones. Podemos prometía conquistar los cielos y cambiar el sistema. No consiguió lo uno ni lo otro, y hoy Unidos Podemos está perfectamente integrado en el marco jurídico político del 78. La vivienda medioburguesa de Pablo Iglesias en un arrabal de Madrid —autorizada, eso sí, mediante pintoresco referéndum— es la prueba del nueve de lo que ya nadie niega. Y las muchedumbres de nuevo desairadas que confiaban en que la política cambiaría de rumbo, han regresado a la desolación y el escepticismo.

Y en esto ha surgido Vox, con un mensaje de cambio radical. Y le han votado, qué duda cabe, las gentes de extrema derecha que han encontrado a su representante genuino después de muchos años de votar por aproximación. Pero también un gran grupo de ciudadanos empobrecidos y airados, la clase media baja que se ha proletarizado hasta la desesperación. La gente que no se ha realizado en el régimen del 78, la que encuentra dificultades insalvables para vivir con dignidad de un trabajo que le permita sostener una familia.

Podría, en fin, decirse que los responsables de los votos que ha cosechado Vox son los gestores del régimen vigente que no han sabido contener una excusión sangrante y masiva que afecta a demasiada gente. Esta es la realidad, y quienes no la entiendan no atinarán a proporcionar las respuestas que la coyuntura requiere.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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