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La derecha progresa

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Juanma Moreno
Juanma Moreno, próximo presidente de la Junta deAndalucía | Foto: Flickr Canal Sur

Ya hay gobierno andaluz, formado por el three party (el término ocurrente es de Rodríguez Zapatero), la deslizante y exótica combinación de conservadurismo tradicional, liberalismo montaraz y un tanto radical y extrema derecha nacionalista. Con la particularidad de que cuando el agua se mezcla con unas gotas de anilina, el colorante tiñe de amarillo todo el líquido irremisiblemente.

En la alianza recién formada entre las tres fuerzas –es ilusoria la afirmación de Ciudadanos de que no se ha contaminado con el acuerdo con los de Abascal—, el Partido Popular y Vox han alcanzado con facilidad un acuerdo de familia puesto que ambas organizaciones tienen un ideario semejante aunque por razones estratégicas modulen el programa según la oportunidad. Lo extraño es que la ambición de poder de Ciudadanos, unida a unos celos primarios y poco explicables de Ribera hacia Sánchez que ha generado una inquina poco pragmática, hayan llevado al joven partido liberal (hace poco abandonó expresamente la etiqueta socialdemócrata) a cometer el error de descentrarse hasta participar en la oscura alianza andaluza.

El único modo de disimular la catástrofe andaluza del PP era situar a Juanma Moreno en el Palacio de San Telmo

A. Papell

El margen de maniobra de Pablo Casado era escaso. El único modo de disimular la catástrofe andaluza del PP (no hay que olvidar que gobernará con 26 escaños cuando Arenas logró 50 en 2011) era la que pasaba por el pacto de gobierno que situará a Juanma Moreno en el Palacio de San Telmo (si logra eludir el escándalo que probablemente se desencadenará cuando alguien —¿Luis Garicano por ejemplo?— entre en averiguaciones sobre su titulación profesional). Pero el éxito elusivo puede ser efímero, ya que las encuestas sugieren que el PP se seguirá desangrando, con una continua evasión de votos moderados hacia Ciudadanos y de votos radicales hacia Vox. Por algo los principales barones populares han intuido certeramente el riesgo que acarrean estos movimientos. De cualquier modo, las duras críticas de Núñez Feijoo (Galicia)  y de Alonso (País Vasco) a Vox son un serio aviso para Casado, que podría ver comprometido su liderazgo si las elecciones de mayo le son adversas.

La posición de Ciudadanos es menos inteligible. No se puede jugar con la credulidad de la gente porque, al final, resulta que la gente es más inteligente de lo que pensaban los escépticos. Y el salto de C’s en Andalucía, desde una apacible alianza con el PSOE a un gobierno sostenido por Vox, es difícil de entender y de justificar. De entrada, Ribera, que había hecho una inteligente apuesta aproximándose al centrismo de Macron, tendrá serios problemas para ser recibido en Europa por las Internacionales decentes. Y Valls no tendrá más remedio que regresar a la política de la dulce Francia si no quiere hacer un estrepitoso ridículo en Cataluña, donde Vox es doblemente rechazado por ultraderechista y por nacionalista

El salto de C’s en Andalucía, desde una apacible alianza con el PSOE a un gobierno sostenido por Vox, es difícil de entender y de justificar.

A. Papell

El éxito inefable de la derecha dura y descarada

La pregunta flota en el aire en busca de una respuesta convincente, que siempre habrá de ser necesariamente compleja: ¿Por qué la derecha más dura y descarada ha irrumpido de forma tan notoria en este país, en clara alineación con lo que ha sucedido en los Estados Unidos, donde un personaje repulsivo, que exhibe una mezcla de chulería, misoginia, homofobia y alardes de nuevo rico, ha aplastado el secular consenso socialdemócrata?

La explicación más clara es la aportada al pensamiento político por (entre otros) la politóloga belga Chantal Mouffle, esposa del argentino Ernesto Laclau. Mouffle escribió con Laclau en 1985 Hegemonía y estrategia socialista, el gran referente de Podemos, que, partiendo de la dialéctica de Carl Schmitt, establece el antagonismo como principio regenerador de la democracia, teóricamente degradada por el consenso consociativo, que embrutecería las conciencias y desactivaría las convicciones operativas.

Las nuevas políticas del trumpismo y de Vox –aquel, abusador de mujeres; esta organización, empeñada en combatir las efectivas políticas de género en España- quieren aprovecharse del teórico disgusto masculino por la pérdida de la hegemonía en favor de la mujer, que ha dejado de estar bajo la tutela y la obediencia del varón, que a su vez se ha convertido en sospechoso de explotación. La oferta electoral de estos reaccionarios ya no es la de la igualdad sino la del supremacismo protector: la mujer, en vez de rebelarse contra la opresión del individuo masculino, se cobija bajo la protección del macho alfa. Por ello, se supone que las mujeres más desprotegidas y vulnerables votan a Trump, votan a Vox. “Es el nuevo encuadre de la derecha neocon –ha escrito Gil Calvo-, desde Trump a Salvini, desde Bolsonaro a Abascal, desde Teodoro García Egea a Pablo Casado con Vox”.

Leer más: ‘La amenaza de los hombres fuertes para la democracia

 

La ‘nueva derecha’ desprecia en definitiva el conservadurismo blando, de la misma manera que la ‘nueva izquierda’, el populismo progresista, mira por encima del hombro a la socialdemocracia, falta de testosterona. Lo que sucede es que la izquierda marxista y con propensión a la utopía no ha conseguido zafarse aún de su descrédito que desembocó en la caída vergonzante del Muro de Berlín en 1989 (Podemos se ha consumido en cuatro días, sabiamente ayudado por la excentricidad del propio Pablo Iglesias), en tanto la derecha montaraz y agresiva piensa que ya hemos olvidado los genocidios de hace ochenta años (algunos menos en el caso español).

El otro mecanismo que está poniendo en tensión la ‘nueva derecha’ es el moral: frente a la izquierda, inevitablemente heredera del pensamiento marxista y por tanto preocupada por la economía y convencida de que solo la equidad nos redimirá de la lucha de clases, la derecha ha optado por ofrecer ideas, trascendencia, nutrientes morales a los ciudadanos (Max Weber frente a Karl Marx). Es curioso comprobar la alianza entre los jóvenes populismos y las iglesias emergentes, en muchos casos desgajadas de los dos grandes troncos nacidos de la reforma y la contrarreforma. En los Estados Unidos o en Brasil, ese efecto es muy evidente. Los viejos partidos, convertidos al agnosticismo y a la racionalidad, han desistido de utilizar las religiones como instrumento de dominación y no consiguen llenar determinados vacíos psicológicos que sí colman los ‘pastores de almas’ mediante métodos taumatúrgicos, seguramente ilegítimos desde el punto de vista de la moral laica pero plenamente efectivos.

Ante esta situación, que flirtea peligrosamente con ciertas ideas disolventes que Europa ya tuvo que expulsar dramáticamente el siglo pasado, la idea del ‘cordón sanitario’ que vete el escenario público a quienes niegan los grandes derechos humanos y los fundamentos éticos del gran consenso socialdemócrata que nos ha traído hasta aquí, no es descabellada en absoluto. No debemos permitir que se reabra el debate sobre la igualdad de sexos o sobre las libertades LGTB o sobre  la conducción humanitaria de las migraciones. Hay límites que lindan con el fascismo que no pueden franquearse. Y que dejan en la indigencia intelectual y política a quienes lo hagan, invalidados para participar como actores en la ceremonia democrática.

Antonio Papell
Director de Analytiks

La amenaza de los ‘hombres fuertes’ para la democracia

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