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La derecha que falta

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Feijoo
Alberto Núñez Feijóo | Foto: Conchi Paz (2015, Wikipedia)

Tras la Segunda Guerra Mundial, que las democracias ganaron a las dictaduras —con la extraña pero significativa ayuda de Stalin—, Europa ideó el que fue llamado “consenso socialdemócrata” que, con el auxilio norteamericano —el Plan Marshall—, logró erigir sobre la devastación de la guerra y la miseria de la mayor parte de la ciudadanía potentes estados de bienestar sobre los que se recuperaron o erigieron ex novo sólidos sistemas democráticos, basados en la complicidad positiva del centro izquierda keynesiano y la democracia cristiana, de un lado, y del centro derecha liberal, de otro. España, por aquel entonces, estaba en otras cosas.

En la década de los 80 del pasado siglo, el auge de Margaret Thatcher en el Reino Unido (en el poder entre 1979 y 1990) y de Ronald Reagan en los Estados Unidos (1981-1989) supuso en Occidente un declive de la socialdemocracia y una gradual irrupción de un neoliberalismo antiestatalista y desregulador, un tanto ácrata y ultra, partidario de la intervención y del estado mínimos, que se mantuvo en candelero hasta el desencadenamiento de la gran crisis financiera, monetaria y —en algunos países— inmobiliaria de 2008, que no cesó hasta al menos 2014 y que frustró unas expectativas que la globalización había creado y que presagiaban una especie de bienestar perpetuo, un alargamiento indefinido de la fase ascendente de un gran ciclo económico.

La crisis, provocada por el descontrol financiero —las inconcebibles hipotecas basura fueron la espoleta—, debilitaron a la derecha, lo que en Europa dio un respiro a la socialdemocracia, actualmente hegemónica en la UE. Pero aquel serio contratiempo, mal resuelto mediante políticas absurdas de austeridad que causaron gran sufrimiento, desacreditó en realidad a las formaciones clásicas, incapaces de prevenir y de evitar la crisis, primero, y de darle una solución indolora y rápida, después. La consecuencia se ve plásticamente en el parlamento español: PP y PSOE mantienen una débil hegemonía que les permite dirigir todavía la dialéctica y el debate, pero están en manos de minorías radicales. Primero, surgió Ciudadanos como tercera vía; más tarde, tomaron cuerpo unos nuevos entes políticos a la izquierda del PSOE; por último, el PP se vio sorprendido por la emergencia a su derecha de una formación híbrida de conservadurismo exacerbado y de nostalgia franquista, que conectaba perfectamente con otras corrientes similares europeas.

El PSOE parece estar resolviendo su problema en el espacio de babor (es muy pronto para afirmar que recuperará el liderazgo claro de su sector, pero está en camino de ello) basándose en el cambio de modelo productivo, la transición energética y la recuperación del dinamismo inversor tras la crisis sanitaria. En cambio, Casado no fue capaz de adoptar una estrategia para adueñarse de la parcela que había ocupado el PP y que le ha sido arrebatada en parte por VOX. Sus intentos de confinar a los radicales de derechas se han frustrado tanto por la presión de los ultras cuanto por la acción constrictora de una lideresa descarada y ambiciosa que, tras ganar con agresivas estrategias la Comunidad de Madrid, aspira a más, es decir, a gobernar su formación política. La crisis ha sido inevitable y se ha resuelto por elevación: Feijóo, el político popular más exitoso, el único que está en activo gobernando con mayoría absoluta, ha sido puesto al frente por aclamación de la fuerza declinante que fundó otro gallego, Manuel Fraga, con muchos errores pero con el acierto de agrupar en un solo escenario a toda la derecha polícroma de este país desorientada por los ecos de su propia historia.

Se ha dicho, probablemente con razón, que el PP solo recuperará la mayor parte del espacio perdido si opta sistemáticamente por no pactar con Vox, en cuyo caso deberá considerar fórmulas transversales como la alemana actual: la gran coalición. Solo la evidencia de que el voto a Vox es perfectamente inútil persuadirá a los más recalcitrantes a volver a la racionalidad y a la templanza del PP tradicional. Si no lo hace así, puede que la derecha democrática pierda esta batalla, como ya la ha perdido en Francia, donde una radicalización abismal se cierne sobre el país desde hace tiempo.

Los más grandes economistas que sientan hoy cátedra en el mundo —Piketty podría ser el paradigma— ya han evidenciado que la integración social, la lucha contra la desigualdad y la pobreza, impulsa la productividad y no al contrario. Sobre esta base y sobre el fortalecimiento de los servicios públicos como ascensor social, PP y PSOE tienen asideros sobre los que fomentar un fecundo debate. Siempre que la derecha recupere su discurso, su ética y su clásico sentido de la orientación.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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