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La Europa que viene

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Vivimos un momento crítico en Europa, donde los partidarios de acabar con la unión pueden crecer de manera alarmante, poniendo en peligro lo conseguido hasta ahora después de décadas de trabajo en favor de la construcción de lo que ya hoy es una gran potencia mundial en comercio, libre circulación de personas y mercancías y, sobre todo, de libertad y bienestar.

Como anunciamos en el último Boletín de Analytiks la semana pasada, incluimos el artículo “La Europa que viene”, centrado en la influencia que puede tener el Brexit del Reino Unido, si llega a producirse, en el futuro de la Unión.

La UE no siempre fue tan grande como hoy en día: cuando se inició la construcción económica europea en 1951, los únicos países participantes eran los seis pioneros que limitaban a la cooperación limitada a aspectos muy concretos de la producción y los aranceles  Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos.

Con el tiempo, se fueron sumando muchos más países. Tras la adhesión de Croacia, el 1 de julio de 2013,la Unión pasó a tener los 28 países miembros con que cuenta en la actualidad.

La cuestión que ahora crea inquietud es la Europa que viene o, lo que algunos piensan, la Europa que nos viene. Un pequeño matiz que refleja la percepción de un club que nos impone normas que, en ocasiones, resultan difíciles de cumplir.

Sea cual sea el resultado del referéndum británico, los europeos necesitan ya un nuevo aliento. Es mucho lo que está en juego: evitar la marginación de Europa, no solo desde el punto de vista económico y político, sino también moral y cultural. Nuestro desafío común es reconectar cuanto antes con unos ciudadanos desorientados para volver a crear una Europa influyente, que tenga un proyecto de futuro y de esperanza para todos; en caso contrario, moriremos. Si no damos este nuevo impulso político a nuestros conciudadanos, los demonios populistas que ya casi nos han destruido vencerán. La Historia varía en sus formas, pero el resultado volvería a ser desastroso.

Todos los ciudadanos tuvieron que agradecer en el verano de 2012 a Mario Draghi, presidente del BCE, que con una sola frase “haré lo necesario para sostener el euro” salvara su moneda de las desastrosas consecuencias de un colapso que parecía inminente. Sacó las castañas del fuego al Eurogrupo al anunciar que, de ser necesario, compraría deuda pública en cantidad ilimitada.

Draghi tuvo que dar un paso al frente porque los jefes de Gobierno eran incapaces de actuar en el interés común de Europa; todos estaban hipnotizados, presos de sus respectivos intereses nacionales.

En aquel momento, los mercados financieros reaccionaron —relajando la tensión— frente a la frase con la que el jefe del BCE simuló una soberanía fiscal que no poseía en absoluto. Porque, ahora como antes, son los bancos centrales de los Estados miembros los que, en última instancia, avalan los créditos. El Tribunal Europeo no ha podido refrendar esta competencia en contra del texto literal de los tratados europeos; pero las consecuencias de su sentencia llevan implícito que el BCE, con escasas limitaciones, puede cumplir el papel de prestamista de última instancia.

El gran problema de la Unión, no el único, es la falta de confianza. Hace bien poco, en un programa de la BBC, el director de ‘The Spectator’, una antigua revista semanal conservadora, dijo que la cooperación en seguridad entre los países de la Unión Europea no servía para nada, entre otras cosas porque los servicios de inteligencia de España eran “un desastre”.

Es verdad que, al poco tiempo, Sir John Sawers, jefe del servicio de inteligencia exterior de Reino Unido, MI6, de 2009 hasta 2014, saliera en defensa de sus homólogos españoles, contrariamente a lo que se había dicho, “son muy, muy buenos”.

Ante el crucial referéndum sobre la permanencia o no de Reino Unido en la UE, la opción de abandonar el club parece tomar ventaja. Dos encuestas online recientemente publicadas sitúan a los partidarios del Brexit cinco puntos por delante. Los mercados financieros han reaccionado con bajadas de la libra respecto al dólar.

La salida de Reino Unido puede cristalizar en un colapso de la Unión Europeo, ya que, con toda seguridad, acabará provocando un efecto contagio en otros países, un paso de consecuencias imprevisibles para el futuro del sueño de los estados unidos de Europa.

La alerta a Downing Street llegó de uno de los analistas de encuestas de cabecera de los conservadores. A no ser que algo sustancial cambie en los días restantes de campara del referéndum europeo, actualmente la mayor probabilidad es que la nación vote por abandonar la UE, advertía Rob Hayward, exdiputado tory, cuyos análisis demoscópicos se cuentan entre los más acertados desde que en 2010 identificó los factores clave de la primera victoria de Cameron.

Siempre hay opiniones para todos los gustos. Para el ministro de Exteriores en funciones, el Gobierno español no quiere que el Reino Unido abandone la UE, pero si ese escenario se produce, cree que puede sacar ventaja de ello. Además, José Manuel García-Margallo ha dicho que el  Brexit ofrecería a España la oportunidad de oro para convertirse en el socio privilegiado de EEUU dentro de la Unión.

Al mismo tiempo, García Margallo apuesta por la emisión de eurobonos y la mutualización de los costes del Estado de bienestar. El ministro de Exteriores añade que si se llega al momento en que el proyecto comunitario se tambalea, la única respuesta posible pasa por más Europa. “Eso quiere decir la emisión de eurobonos para avanzar hacia un proyecto político de primera magnitud”, detalló. En cuanto a Gran Bretaña, indicó que con un acuerdo comercial parecido a las atribuciones que las islas tienen como Estado miembro se podría apagar el fuego que provocaría el  a la salida de la UE en el referéndum del 23 de junio. Esa es la fecha clave para la Europa que viene.

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