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La exhumación que no fue

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Exhumacion

La historia se construye mediante relatos transmitidos de generación en generación. De los relatos quedan los grandes hechos, a veces salpicados de anécdotas, y es por ello que no podemos saber si del jueves 24 de octubre pasarán a la historia los dos ultras que acabaron hospitalizados con hipotermia por articular una protesta con bengalas en el entorno del Valle de los Caídos, el cómico bastón con la empuñadura de la cabeza de Franco que sostenía un nostálgico del régimen ni tan siquiera los insultos que un grupo de extremistas dirigieron al ministro del Interior, ausente en la ceremonia, utilizando como excusa su orientación sexual.

Lo que sí pasará a formar parte de nuestro relato colectivo, y como tal lo estudiarán los historiadores, es un acto de exhumación que fue solemne pero sobrio, con fuerte carácter simbólico, mediante el cual España terminaba con la anomalía democrática de mantener al fantasma de su dictador más longevo en una tumba de Estado. La presencia institucional era mínima y necesaria: la ministra de Justicia, Dolores Delgado, ejerciendo como notaria mayor del Reino (qué disgusto se habría llevado el exhumado al encontrar a una mujer al frente de semejante responsabilidad) y sosteniendo la mirada a una familia dolida que había pedido expresamente no tener que saludarla en el interior de la basílica; junto a ella, Félix Bolaños y Antonio Hidalgo. A unos cuantos metros, los descendientes de Franco sacaban a hombros el ataúd de su abuelo. La imagen de la familia operando en el vasto silencio de una plaza vacía, únicamente roto por algunas loas desesperadas al dictador, contrastaba con el multitudinario funeral que tuvo lugar el 23 de noviembre de 1975.

Los tres poderes del Estado, perfectamente alineados

Las evidencias no fueron suficientes para evitar que desde pequeñas burbujas, cuya voz amplifican los medios abonados al morbo y el universo de las redes sociales, se hicieran interpretaciones de lo más variopintas. De un lado, los que confundieron el acto con una “profanación humillante”, algo que se desmiente al constatar que los tres poderes del Estado se alinearon perfectamente para esta tarea. Primero el legislativo, con la aprobación de una proposición no de ley que instó a sacar al dictador del Valle en mayo de 2017 y la convalidación de un real decreto-ley en septiembre de 2018; después el ejecutivo, que lo marcó como prioridad en junio de 2018 sin sospechar las enormes trabas que encontraría en un proceso escrupulosamente garantista con la familia; y por último el judicial, que hace apenas unas semanas rechazaba el último recurso de los Franco y daba luz verde a la exhumación del cadáver.

Que a la familia se le permitiera sacar a hombros a su abuelo no fue ningún homenaje sino, como recordó el presidente del Gobierno, la prueba de superioridad moral de la democracia

Del otro lado, los que hablaban de funeral de Estado, algo tan sencillo de rebatir como buscar crónicas y fotografías de un verdadero funeral de Estado. Que a la familia se le permitiera sacar a hombros a su abuelo no fue ningún homenaje sino, como recordó el presidente del Gobierno, la prueba de superioridad moral de la democracia. Es porque la democracia se trata de garantías, y no de venganzas, que ofrece a los Franco ejercer el mismo derecho que ellos están negando a otras muchas familias. Que a las puertas de la ceremonia aguardasen cuatro exaltados es, hasta cierto punto, lógico; que elogiasen la simbología del régimen, también. Pues no deja de ser paradójico que quienes no albergan ninguna duda de la pervivencia de trazas del franquismo incluso en nuestros días descubriesen con la exhumación que sí, el franquismo pervive. Una de las percepciones agridulces de la jornada fue que la izquierda, como dijo Gaspar Llamazares, no valora la importancia de las pequeñas victorias y se recrea en las derrotas incluso cuando gana.

En el centro estratégico, un Rivera que llegó a votar a favor y en contra de la exhumación

En el centro, no ideológico sino estratégico, entre la ultraderecha de las profanaciones y la izquierda cainita, el Albert Rivera que llegó a votar a favor y en contra de exhumar a Franco aseguraba no sentirse interpelado por esta acción porque él nació después de la dictadura. Sería un argumento extraño de comentar paseando por un lugar como Mauthausen (¿acaso debería importar lo que allí ocurrió a algún nacido tras 1945?) o interesándose por su criterio sobre la prescripción de los crímenes de ETA en la memoria de los españoles. Su partido, Ciudadanos, gobierna comunidades y ayuntamientos apoyado en otro cuyos miembros de la dirección han rechazado explícitamente condenar el régimen franquista y se han mostrado cómodos con el “ejercicio fabuloso de cicatrizar heridas que ya hicimos en la transición”, valoración que nos da una medida aproximada de las heridas que todavía siguen abiertas.

Para cerrarlas de verdad la política debe continuar trabajando. Nos encontramos aún en el tramo inicial de un largo camino que hemos de recorrer en nombre de todas las víctimas: memoria, verdad, justicia, reparación, mientras nos ocupamos del resto de asuntos. Porque en esto también habrá que insistir: no existe ningún falso dilema, sólo excusas.

Iberia Alexa
Álvaro Lario
Politólogo por la Universidad Carlos III de Madrid. Actualmente trabaja como asistente en el Congreso de los Diputados.

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