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La lección francesa

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Emmanuel macron Elecciones francesa Francia

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, celebrada este domingo, las clásicas formaciones de la quinta República han quedado dramáticamente descartadas por el electorado.

Valérie Pécresse, la candidata de Les Républicains (LR) —organización fundada por Sarkozy sobre la antigua UMP de Jacques Chirac— tan solo consiguió el 4,8% de los votos, y Anne Hidalgo, del Parti Socialiste (PR), el 1,8%. En todo caso, las que habían sido grandes organizaciones vertebradoras de la política francesa han quedado por debajo del 5 % de los sufragios, el listón bajo el cual las opciones políticas no obtienen subvenciones públicas para financiar su actividad. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales anteriores, el 23 de abril de 2017, el candidato de LR, François Fillon, no logró superar a Marine Le Pen y llegó tercero con el 20% de los votos. Fue la primera vez en la Quinta República que un partido de la derecha clásica no consigue pasar a la segunda vuelta de semejante elección. En las elecciones del 2002, que ganó Chirac, el socialista Lionel Jospin (16,18%) se había visto apartado de la segunda vuelta por Jean-Marie Le Pen (16,86%).

En el quinquenio 2012-2017 gobernó el socialista Hollande, y lo hizo tan catastróficamente que no solo no se atrevió a aspirar a la reelección sino que el representante socialista, Benoît Hamon, apenas consiguió el 6,36% de los escaños. Sarkozy, con sus corrupciones, y Hollande, con su desastrosa gestión, fueron los enterradores de la vieja política francesa, que experimentó inquietantes transformaciones que todavía no han tocado fondo: Francia está en construcción, a medio camino entre la ambigüedad centrista de Macron y el iliberalismo reaccionario de Le Pen, que ha ablandado la dureza de su nacionalismo xenófobo pero que sigue siendo heredera de las nefastas corrientes autoritarias europeas.

Como prueba de la solidez democrática del sistema francés, se ha mantenido invariablemente un ‘cordón sanitario’ en torno a la extrema derecha —al Front National de Jean Marie Le Pen, reconvertido en el Rassemblement National (RN) de su hija Marina—, que parece sin embargo mucho menos sólido que anteriormente. Cuando en 2002 Chirac tuvo que enfrentarse a Le Pen padre en la segunda vuelta de las presidenciales, aquel obtuvo el 82,21% de los votos, por menos del 18 de su adversario; ahora, la encuestas afirman que Macron, si gana, lo hará por estrecho margen.

Cada país es un mundo y no hay reglas comunes que pauten los sistemas políticos español y francés, pero es evidente que ambos Estados tienen contextos semejantes, pertenecen al mismo ámbito cultural y han visto igualmente como la globalización imparable, tan ambivalente, se ha interrumpido por la gran e imprevista crisis económico financiera de 2008, que ha cuestionado y debilitado los estados de bienestar, y poco después por la gran pandemia. Ni aquel crash ni esta crisis sanitaria habían sido previstos por las instituciones, ni estas han sabido dar respuestas certeras y adecuadas a la mayoría de las demandas sociales que se han planteado en tiempos de dificultad. No es extraño que el establishment y el sistema hayan quedado en evidencia, y la ciudadanía, desengañada y dolorida, haya decidido pasar factura a tanta ineptitud, aderezada por ramalazos de flagrante corrupción.

En España, en las elecciones generales de 2004, el PP y el PSOE representaron al 80,30% de los electores. En las de 2008, el 83,81%. En las de 2011, el 83,49%. Y en las 2016, el 55,63%. En las de abril de 2019, el 44,38%, y en las de noviembre del mismo año, el 48,24%. El salto ha sido mortal, y la transformación todavía no ha concluido.

En efecto, mientras el PSOE gobierna con evidentes dificultades en coalición con UP y con imprescindibles apoyos externos, el PP, obligado a encontrar una fórmula de relación con VOX, está atravesando una etapa convulsa sin precedentes. Y en tanto parece que UP declina, sin que haya engrudo suficiente para construir una nueva opción cohesionada a la izquierda del PSOE, VOX se fortalece porque canaliza menor la irritación social, la de las chaquetas amarillas francesas, la de los camioneros vociferantes en nuestras autopistas, la de una ciudadanía que se ha vuelto escéptica y está cabreada y atemorizada.

Es poco útil tratar de hacer pedagogía dirigida a los partidos porque estos conocen mejor que nadie sus potencialidades y sus carencias. Pero sí puede ser útil recomendar mirar a Europa para interiorizar sus logros. En Alemania ha funcionado bien la gran coalición; en Francia, hubo que recurrir hace tiempo a la cohabitación. Hay modos de gestionar el pluralismo que deben contribuir a mejorar nuestro mejorable sistema de representación. Siempre, claro está, que no se conciba la política como una verdadera guerra.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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