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La política española ha entrado, con la irrupción de Vox en el Parlamento andaluz, en una nueva dimensión. España, como era de esperar, no ha sido inmune al virus de la ultraderecha. Lo significativo es que haya entrado con tanta contundencia por Andalucía, feudo socialista desde hace 36 años. Las formaciones progresistas tienen que aprender a superar a los grupos reaccionaros, contrarios a la globalización y ajenos a las sensibilidades de las minorías. Y tienen que repensar su discurso antes de que la hemorragia les lleve a la UCI.

En gran parte del mundo estos movimientos están triunfando. Los socialdemócratas siguen achicando agua y los populismos de izquierda no consiguen despegar del todo, puede que incluso su oportunidad de gobernar haya pasado de largo. Nadie sabe muy bien qué hacer para frenar a la ultraderecha. Ni los políticos ni los medios de comunicación. Cuanto más se les etiqueta de ‘extremistas’ o más se alerta sobre su discurso, más crecen. Viven del miedo ajeno y en una atmósfera victimista desacomplejada con la que marejan sus discursos. Su fortaleza reside en el malo de ‘su’ película. Los Joker, los Kingpin, los Thanos y los Darth Vader son más necesarios que nunca para su existencia. Es el despertar de su fuerza, bien lo sabe Trump.

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La incómoda presencia de Vox

Susana Díaz ha perdido casi medio millón de votos (14 escaños), y ha pasado de querer gobernar España a quedarse sin Andalucía después de obtener los peores resultados de la historia de la formación. El paraguas de izquierdas, Adelante Andalucía, ha obtenido 17 asientos, menos que en los comicios anteriores, cuando acudieron por separado. Teresa Rodríguez y los suyos han sido superados por Ciudadanos (21) y se han quedado a cinco de distancia de Vox (12).

396.000 votantes se han decantado por la opción ultraderechista. ¿Han emergido como setas casi 400.000 radicales en este otoño autoritario? Quizá sea más lógico –y complicado– pensar que los votantes de la formación verde sean ciudadanos normales. Ni esclavistas del algodón, ni descendientes del Cid dispuestos a dar caza a los herejes, ni señoritos vestidos con castellanos (aunque de estos alguno habrá). No hay que ridiculizarlos, eso ya se ha demostrado inservible.

Es posible que la convocatoria de elecciones se aleje del horizonte que vislumbraron algunos. La pieza de Vox en Andalucía va a obligar a todas las opciones políticas a replantear sus próximos movimientos. El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, ha advertido a ERC y al PDECat de que tomen nota de lo que está pasando con el avance de la ultraderecha. En declaraciones a Radiocable, el líder de la formación morada ha dicho que lo primero ahora es “ser capaces de reconstruir la mayoría de la moción de censura” que ahora mismo está rota. Asimismo, ha aprovechado su intervención para advertir a los partidos independentistas de que el ascenso de Vox “también afecta a la vida de los ciudadanos catalanes” y para criticar a los discursos del PP y de Ciudadanos, que, en su opinión, “han dado alas y han normalizado a la extrema derecha”.

Una nueva realidad

El Partido Popular está dispuesto a blanquear a Vox. Al fin y al cabo, pugnan en un espacio ideológico muy estrecho al que ha conducido su líder, Pablo Casado, quien ya incluso ha propuesto recentralizar las competencias educativas. Teodoro García Egea, en una entrevista en RNE, ha asegurado que los suyos están dispuestos a liderar “una mayoría alternativa de cambio a Susana Díaz” y que “es una grandísima oportunidad que el PP no va a dejar pasar”.

La formación conservadora da así la espalda a las palabras de Díaz ayer tras conocer los resultados, cuando hizo un llamamiento para que los partidos constitucionalistas impidiesen que los de Vox alcanzasen el poder. “Lo que no pueden pretender [en referencia al PSOE] es que ellos sí puedan pactar con independentistas como el señor Torra y los batasunos, y yo no pueda pactar con el partido donde milita Ortega Lara”, ha dicho en los micrófonos de la Cope el candidato a la Junta de Andalucía, Juanma Moreno.

Durante la entrevista en la emisora conservadora, Bonilla ha aceptado iniciar una relación “fluida y sincera” con Vox para ver “hasta dónde se puede llegar” y, según recoge eldiario.es, ha reivindicado al partido de Abascal como “una fuerza legítimamente democrática, como todas las que se han presentado a las elecciones”.

Otro papelón es el que tiene entre manos Ciudadanos. La formación de Albert Rivera, que se describe como “de centro” y “europeísta”, tiene que decidir si entra en una alianza con Vox, aliado en España de Marine Le Pen y seguidores del euroescepticismo del húngaro Viktor Orbán. Rivera quedaría en paños menores frente a su grupo europarlamentario Liberal (ALDE), que deposita en la lucha contra la ultraderecha europea su seña de identidad.

¿Qué hará el Gobierno?

La prensa, en una lectura paralela a las elecciones andaluzas, considera lejana la idea de un adelanto electoral. Parece poco probable que Pedro Sánchez disuelva las Cortes después de Navidad y convoque elecciones en marzo.

Sin embargo, también se puede obtener una segunda lectura. Quizá esta muestra de músculo ultraderechista sirva a los votantes de izquierdas, más proclives a quedarse en casa cuando se celebran elecciones, para movilizarse y acudir a las urnas. Visto así, un adelanto electoral en estos momentos, con el muerto aún en la cama, puede beneficiar a las formaciones progresistas.

Además, el PSOE aún puede recordar a sus electores que ellos son quienes van a subir el salario mínimo, quienes han expulsado de sus filas a varios ministros, quienes apuestan por el feminismo y quienes pueden plantar cara a una derecha sin complejos, que no va a dudar ni un instante en pactar con Vox. El papel de Podemos también va a ser vital en este nuevo escenario. Si su tiempo de intentar gobernar ya pasó, ahora tienen que servir de tapón para que los desencantados no huyan a Vox. La cuestión es saber cómo hacerlo de un modo efectivo. ¿O es que la izquierda no tiene nada que decir?

Sergio García Moñivas
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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