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La Monarquía no es el problema

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El rey Felipe VI

Los soberanistas catalanes levantaron la veda de las críticas al rey tras su discurso del 3 de octubre en que el monarca reclamó, con una energía muy pertinente, respeto y lealtad al ordenamiento constitucional, violado el 1 de octubre por la celebración de un referéndum claramente ilegal con pretensiones secesionistas. De hecho, las andanadas del independentismo a Felipe VI se han centrado en señalar que el monarca no lamentó la actuación policial de aquel día, evidentemente excesiva y en absoluto defendible, pero en realidad el ataque a la Corona se debe a que, como sabe bien el soberanismo, la institución monárquica constituye un engrudo integrador que contribuye al fortalecimiento de la idea de España como totalidad, entre otras razones porque así se lo encomienda la propia Constitución. Quiere decirse que aunque el rey se hubiera interesado por los centenares de heridos (?) de aquella jornada extraña, los anatemas al monarca, que estuvo donde debía, no hubieran sido menores.

Unidos Podemos y los comunes catalanes, tontos útiles en esta querella provocada por el soberanismo en su propio provecho, mantienen también cierta reiterada beligerancia contra la figura institucional de la monarquía, porque “el rey no es elegido” como argumento central de su posición. No hace falta decir que, con esta actitud, están beneficiando objetivamente al soberanismo, que sabe que la caída de la institución monárquica, que debilitaría al régimen de 1978, facilitaría la secesión (se da en cambio la paradoja de que el declarado republicanismo de los soberanistas, que no han leído a Azaña, es antimonárquico pero le fallan todos los signos positivos y admirables de su identidad propiamente republicana: no respeta el Estado de Derecho, ignora y desprecia a las minorías y es condescendiente con el populismo asambleario).

[pullquote]No debería ser necesario recordar que algunas de las más sólidas y perfectas democracias son monarquías parlamentarias[/pullquote]

No debería ser necesario recordar que algunas de las más sólidas y perfectas democracias del mundo (la británica, la sueca, la holandesa o la danesa) son monarquías parlamentarias, probablemente la forma más funcional de pluralismo democrático. Ni que el hecho de que el jefe del Estado sea elegido o hereditario es poco relevante puesto que ni los reyes ni los presidentes de las repúblicas no presidencialistas desempeñan poder el alguno: son símbolos de la unidad y permanencia del Estado y cumplen funciones representativas y procedimentales.

Quiere decirse que la calidad de nuestra democracia, que es naturalmente perfectible como cualquier obra humana, no depende en absoluto de que la forma de Estado sea republicana o monárquica. Ambas tienen ventajas e inconvenientes —quien guste de ese debate disfrutará leyendo una obra clásica, “La monarquía republicana” de Maurice Duverger—, e influyen poco en la calidad de la representación y de la propia política. Duverger mostraba cómo el presidente de la V República francesa era en realidad un monarca elegido, que gozaba de toda la legitimidad, y evidenciaba que los primeros ministros de los sistemas parlamentarios eran seleccionados en una especie de elecciones presidenciales enmascaradas, en las que en realidad su persona pesaba tanto o más que las siglas y el bagaje ideológico sobre el que se sustentaba.

En definitiva, la historia nos muestra que la monarquía es una institución en retroceso en el mundo, y muchas de ellas de nuestro entorno se han desmoronado irreversiblemente en los dos últimos siglos (a raíz de la segunda guerra mundial, desaparecieron varias monarquías europeas que se equivocaron de bando), pero ni los regímenes monárquicos son necesariamente arcaicos ni los republicanos un dechado sistemático de modernidad y funcionalidad. Hay, como se ha dicho, muchos ejemplos alrededor que podrían apoyar estos asertos.

Un repaso sucinto del papel que ha jugado la monarquía instaurada en 1975 debería anotar en el haber su papel indudable en el establecimiento del régimen constitucional pacíficamente y por consenso, su papel decisivo contra el golpismo ultra con la desactivación del golpe de Estado militar del 23 de febrero de 1981, la difusión de una España moderna y libre en la escena internacional y un cierto papel integrador, efectivamente, que molesta al independentismo pero que no desagrada en absoluto a los autonomistas que tienen/tenemos una visión federalizante de España. La opinión pública, por su parte, manifiesta adhesión mayoritaria a la monarquía en las encuestas, salvo en el periodo más polémico en que don Juan Carlos se vio abocado a optar por la abdicación en el Heredero.

La opinión pública, con el rey

En el debe, todos conocemos las serias fallas de la última etapa del reinado anterior, que incluyen las amistades peligrosas del rey emérito y el ‘caso Urdangarin”, subsanadas al producirse el hecho sucesorio.

La opinión pública, por su parte, ha manifestado constante adhesión mayoritaria a la monarquía en las encuestas, salvo en el periodo más polémico protagonizado por don Juan Carlos. Y en la Europa más moderna, a la que pretendemos asemejarnos, las jóvenes generaciones de las monarquías reinantes están lanzando imágenes muy atractivas de sus respectivos países, el Reino Unido y Holanda por ejemplo.

En definitiva, no sería justo atribuir la crisis del régimen en la que estamos sumidos, sin que peligre por cierto su supervivencia ni su integridad, a la Corona, que ha sabido mantenerse al margen de la dialéctica política y cuyo papel arroja un saldo sin duda globalmente positivo. Y, en cualquier caso, no tendría sentido proceder a una complejísima reforma constitucional para sustituir una institución ya conocida y experimentada por otra equivalente y de no fácil implementación. ¿Valdría la pena la voladura del sistema para terminar con un vetusto presidente de la República a la italiana, con mucha liturgia y ningún mando, como por ejemplo Felipe González o José María Aznar?

Antonio Papell
Director de Analytiks

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