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La normalización de Vox

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Vox y el voto oculto ultraderecha
Santiago Abascal, presidente de Vox

Un ilustre periodista de la derecha civilizada ha introducido esta semana en el debate unas declaraciones de Juan Pablo Fusi a un periódico vasco: “la pérdida del sentido de la Nación y del Estado españoles por parte de la izquierda —de la izquierda radical y del propio PSOE bajo la dirección de Zapatero y de Sánchez— ha sido, desde mi perspectiva, una de las causas del resurgimiento político en España de la extrema derecha”. Y añadía que “no hubo franquismo después de Franco y pienso que sigue sin haberlo. El resurgimiento de la extrema derecha en los últimos años, que no apela a la memoria del franquismo, tiene mucho más que ver con los problemas de la post transición (y, entre ellos, como decía, la debilitación progresiva del Estado y la Nación española) que con el pasado autoritario español”. Y remataba: “El PSOE de Felipe González y de Alfonso Guerra supo, sin embargo y muy acertadamente, asumir la idea de España como nación”.

Es patente que el historiador no dice que el surgimiento de Vox sea consecuencia de la pérdida del sentido de la Nación y del Estado españoles por parte de la izquierda sino que esa es “una de las causas”. Puede. Pero carecería de sentido atribuir al comportamiento de la izquierda española el surgimiento del contexto internacional en que Vox se desenvuelve con soltura. Es cierto que la recuperación de la socialdemocracia en Europa y en Estados Unidos coincide con un afloramiento abrumador de la extrema derecha en Occidente, con la eclosión de un radicalismo sin precedentes en el Partido Republicano USA, etc., pero las relaciones de causalidad son  muy oscuras en este momento, en que lo que parece claro es que la herencia del neoliberalismo económico y de la brutal desregulación financiera de finales del S. XX y comienzos del S. XXI ha dado paso a una globalización cargada de resentimiento porque las desigualdades se han acentuado y continúan haciéndolo a raíz de la gran crisis global de 2008. Los datos sobre el incremento de los desequilibrios en renta y riqueza durante la pandemia no son anecdóticos ni inocuos.

Más allá de la retórica, de los himnos y de las banderas al viento, la mejor manera de “asumir la idea de España como nación”, en un país tan polícromo y diverso no pasa por las expansiones patrióticas, ni mucho menos por la generación de reflejos centrípetos que derivan en xenofobia y en particularismo. La única manera de que los nacionalistas de la periferia, los regionalistas, los españolistas de PP y PSOE, los transversales de Podemos, las gentes de derechas y de izquierdas compartan una hoja de ruta común no es exaltando la Nación sino cumpliendo la Constitución. El patriotismo constitucional, que por cierto invocó más de una vez Aznar sin acabar de entender su contenido, es el vínculo y la trabazón que hoy hay que invocar para que firmemos todos el contrato social que nos vincule a las instituciones, a las leyes y a los criterios garantistas de reformas.

La extrema derecha española tendrá sus particularidades, su familiaridad lógica con la historia de este país (de la que el franquismo forma parte) pero no es muy distinta de la mezcla de rigorismo, neofascismo y autoritarismo que impregna al “Rassemblemente National” de Le Pen o a la Liga italiana o al AfD alemán o a los partidos actualmente gobernantes en Polonia y Hungría.

Es evidente que ni este alineamiento ni el surgimiento de Vox pueden ser atribuidos al ‘franquismo’, pero también lo es que el franquismo es aquí todavía un referente del que el PP nunca se libró del todo, y que los líderes de Vox provienen del PP. Abascal fue acunado desde su juventud por la formación fundada por Fraga, que le proporcionó medios de subsistencia hasta que se emancipó.

Pienso en definitiva que es gravemente injusto y totalmente inútil culpar a la izquierda del surgimiento de Vox. Es una puerilidad insinuar que dado que el PSOE pacta con Bildu, el PP está moralmente facultado para pactar con Vox. El ancestro de Bildu, el brazo político de ETA, fue invitado en el pacto de Ajuria Enea de 1988 –en el que estuvieron Alianza Popular (AP), Centro Democrático y Social (CDS), Partido Nacionalista Vasco (EAJ-PNV), Euskadiko Ezkerra (EE), Partido Socialista de Euskadi (PSE-PSOE), Eusko Alkartasuna (EA) y el Lehendakari Ardanza- a abandonar las armas y a sumarse a la ceremonia política. El punto 7 del pacto decía textualmente: “Dado que la ruptura que se ha producido en nuestra sociedad entre quienes mayoritariamente hemos optado por las vías democráticas y estatutarias y quienes continúan haciendo uso de la violencia sólo podrá superarse como consecuencia del cese de esta última, hacemos un llamamiento a quienes aún continúan utilizándola para que, atendiendo a la voluntad mayoritaria de su pueblo, renuncien a ella como instrumento de acción política y se incorporen a la tarea común de buscar, por los cauces mayoritariamente aceptados, los instrumentos más adecuados para dar satisfacción a las aspiraciones compartidas de la sociedad vasca”. Firmaron, entre otros, Julen Guimon por AP y Txiqui Benegas por el PSE. Y si las cosas son de este modo, ¿cómo podemos hoy seguir haciendo demagogia sobre la participación de Bildu en la política española, cuando ETA felizmente ya no existe, no hay riesgo de que se reproduzca, y ha reconocido –a falta de énfasis más claro y compasivo- su colosal error?

Y en cuanto a la orientación de la cuestión catalana, tan absurdamente desaforada y tan ligada a la idea española de Nación, ¿cómo puede pensarse que quien está en posesión de la estrategia más atinada es el Partido Popular, que obtuvo en las pasadas elecciones autonómicas 3 escaños y el 3,85% de los votos, y no el PSC-PSOE, que ganó la consulta, con el 23,04% de los votos y 33 diputados, aunque tristemente no pudo después gobernar?

Vox es una desgracia para este país, como RN lo es para los franceses (basta ver las dificultades que tienen en el país vecino la derecha y la izquierda moderadas para mantenerse a flote), y no es atinada la idea de que esos “patriotas” españolas que siguen la senda de Blas Piñar  han despertado cuando han visto la falta de espíritu nacional de los socialistas, comunistas y populistas de babor.

Se suele pensar que los historiadores académicos no tienen en vida todavía la perspectiva que requieren como herramienta de trabajo y que sustituyen por análisis más pegados al terreno que no desvelan toda la verdad. En todo caso, habrá de ser el lector el que dé o quite razones a unos y a otros, a historiadores y periodistas, a todos quienes tratamos de buscar cauces pacíficos para que discurra por ellos el futuro.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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