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La pinza fuerza elecciones generales. Europa en juego

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Elecciones generales

El fanatismo no puede cegar tanto a los soberanistas como para que sean incapaces de ver que la causa utópica del independentismo es absolutamente inviable no sólo porque el Estado opondrá toda su fuerza legítima a tal empeño sino porque una operación política de esta naturaleza, que requiere para triunfar el reconocimiento de la comunidad internacional, sólo podría abrirse paso, y aun muy trabajosamente, si la secesión estuviera respaldada por una abrumadora mayoría de ciudadanos. En Kosovo, ese espejo en que Cataluña gusta de mirarse, la mayoría albanesa representaba después de la guerra balcánica el 90 % de la población, frente a un 10 % de la minoría serbia. En el caso catalán, menos de la mitad de los votos de las últimas elecciones son secesionistas (las cifras que maneja Torra son simplemente ilusorias), con la particularidad de que una fracción significativa de ellos no respaldan la opción predominante —un nuevo Estado europeo perteneciente a la UE— sino que representan un vector de izquierda radical que querría hacer de Cataluña una especie de Albania, fuera de la UE y de la OTAN.

Tras  estas circunstancias y después del drama de las dos consultas ilegales que han desembocado en una ingrata reacción inevitable de las instituciones del Estado que se está sustanciando en el Tribunal Supremo, el soberanismo sólo tenía un salida inteligente: reconocer su insuficiencia numérica, minimizar los efectos de la derrota (la depuración de responsabilidades está siendo muy dolorosa para bastante gente), tratar de mejorar el autogobierno actual en beneficio de todos los catalanes (hay margen, sin romper la equidad estatal) e intentar acopiar poco a poco más apoyos electorales que, en el horizonte, den al soberanismo una mayoría potente e incuestionable. Es evidente que esta última hipótesis resulta controvertible porque muchos pensamos que es más enriquecedor y apetecible el estatus actual, convenientemente mejorado, es decir, una autonomía política muy amplia en el seno del Estado español.

La respuesta del soberanismo

Pues no: el soberanismo, invitado por el gobierno actual a recorrer ese camino mediante la negociación y el diálogo, hacia unos objetivos que no eran la secesión sino la ampliación y mejora de la posición autonómica, se ha cerrado obstinadamente en banda, y ante tal invitación al diálogo, ha respondido desabridamente con el trágala: o la autodeterminación o nada. Y para dejar constancia de esta irracional dureza, ha dejado caer en la práctica al gobierno sumándose a la derecha en el veto a los Presupuestos, sin los cuales el Ejecutivo quedaba en precario y en la obligación de convocar elecciones. El soberanismo ha perdido, quizá definitivamente, su oportunidad. La oportunidad de mejorar el statu quo de Cataluña en el Estado, de reducir a mínimos las consecuencias de su exaltada ruptura de la legalidad, de reintegrarse a una normalidad política sin la cual Cataluña comenzará ostensiblemente a decaer.

No hay forma de adivinar el futuro, y el PSOE mantiene hoy la esperanza, fundada o no, de superar con éxito la prueba electoral, aprovechando el gran hueco central que deja el escoramiento hacia estribor de los tres partidos de derechas, enfervorizadamente nacionalistas de palabra y de obra. Sin embargo, las encuestas, que son ciertamente poco fiables pero cuyas tendencias indican aproximadamente los rumbos hacia los que nos encaminamos, indican que en el momento actual unas elecciones generales pueden dar el gobierno a la derecha, entre otras razones porque Podemos parece estar en proceso de descomposición. Y tal alternancia, que para el común de los ciudadanos estaría en la naturaleza de las cosas y no representaría ningún drama, para los soberanistas supone la mayor contrariedad imaginable, ya que las tres formaciones que se han aliado en Andalucía para gobernar, y que previsiblemente formarán un frente común conservador en el Estado,  ya han manifestado que no están dispuestas a la menor cesión en Cataluña y que ante al provocativa procacidad de Torra y su gente consideran necesaria la aplicación del artículo 155 CE por un dilatado periodo de tiempo. La autonomía de Cataluña podría en definitiva quedar suspendida sine die.

Esta es la realidad, bien a la vista de quien se entretenga en mirarla, y al margen de lo que cada cual opine de semejante perspectiva. Junqueras, por un lado, y el tándem Puigdemont-Torra, de otro, prefieren vérselas con un tripartito de derechas que incluye a Vox a intentar negociar con un PSOE que tiene una idea federal del Estado, que es sinceramente descentralizador y que se ha brindado a resolver el conflicto políticamente, en el marco —eso sí— de la Constitución y las leyes. Esta preferencia se desprende el hecho elocuente de que los independentistas hayan formado con el three-party una pinza que ha estrangulado al gobierno socialista. Una proeza que a más de un observador podrá haber parecido suicida por parte del nacionalismo catalán.

En definitiva, los soberanistas han elegido un camino arriesgado, que podría ser de sangre, sudor y lágrimas. Para ellos, por supuesto, pero también para todos cuantos sufrimos al asistir al conflicto catalán y nos veamos abocados a presenciar su recrudecimiento.

Europa en juego: las elecciones europeas son esta vez trascendentes

Si en abril nos jugamos dramáticamente el porvenir de este país, en mayo Europa tendrá que tomar graves decisiones sobre su futuro en unas elecciones que no son como las anteriores. No sólo porque probablemente ya no intervendrán en ellas los británicos (aunque está previsto el mecanismo para que lo hagan si finalmente el brexit no se produce o se retrasa) sino también porque esta vez existe una mejor coordinación entre las organizaciones nacionalpopulistas para interrumpir desde el Paramento Europeo el crecimiento institucional de la Unión Europea, frustrar los vectores federalistas, y arruinar si es posible el significado supranacional de Bruselas, donde ya reside una parte sustancial de la soberanía de los países integrados.

Para coordinar la acción de los antisistema reaccionarios, de los populismos de extrema derecha, está en Europa Steve Banon, empresario de medios reaccionarios, expresidente de Breitbart News, el panfleto al que se atribuye le mérito de haber impulsado a Donald Trump a la Casa  Blanca (después fue el estratega jefe del nuevo presidente durante siete meses, hasta la ruptura entre ambos). Actualmente ha formado el Bruselas “El Movimento”, una organización de apoyo a las formaciones radicales que patrocina. Su objetivo, según unas recientes declaraciones a ABC, es sacudir los cimientos de la Unión Europea para que de ella surjan unos estados nación reforzados y libres del control de Bruselas. Los Republicanos norteamericanos nunca han visto con buenos ojos la integración europea, que evidentemente puede llegar a formar una gran potencia que dispute la hegemonía de Occidente a los Estados Unidos. De momento, resuenan en nuestros oídos las destempladas quejas de Trump ante el hecho de que sea Washington el que sostiene a la OTAN en calidad de  superpotencia, en tanto Europa aporta poco pese a su pretensión de serlo también.

En esta estrategia España tiene un lugar destacado, porque, para Bannon, Vox es uno de los partidos “más importantes de Europa”. Otras organizaciones que se sienten vinculadas a este proyecto son el antiguo Frente Nacional de Francia (actual Ressemblement National), la Fidesz de Hungría, la Alternativa para Alemania, los Demócratas de Suecia, el Partido por la Libertad de Holanda,​ la Liga de Italia (antes Liga Norte),  el Partido de la Libertad de Austria,​ el Partido Popular de Suiza,  el movimiento identitario paneuropeo…

Estos movimientos son patológicamente nacionalistas, y por lo tanto enemigos de la inmigración y de cuanto pueda diluir la ‘identidad nacional’. En una entrevista concedida a El Mundo, Rafael Bardají (antes vinculado a Aznar y a Faes, ahora asesor de Vox) llega a admitir cierto parentesco con los soberanistas catalanes: “Hay algo en común, sí, que es la identidad. Si no hay identidad nacional, no hay nación. Decir que España se constituye frente a los invasores musulmanes es una realidad histórica. La toma de Granada es un hito”. En otro lugar, este personaje, que ha sido también asesor de movimientos ultraderechistas norteamericanos, declara que “con Le Pen hay pocas coincidencias. Nos parecemos más a Trump, en su guerra cultural con lo establecido, con lo políticamente correcto, con esa filosofía de que todo tiene que ser consensuado, soft, blando. Coincidimos en el «América, primero». España y los españoles, primero”. No hace falta señalar la similitud de la reconcentración nacionalista con el fascismo y con el nacionalsocialismo, y hasta con el franquismo (una versión blanda pero igualmente letal de los anteriores).

Lo inquietante es que estas formaciones están en ascenso. Ya han alcanzado el poder en Italia, desde donde han introducido una inquietante cuña en el núcleo duro de la construcción continental. La agresividad contra Macron del gobierno italiano, formado como es sabido por una coalición entre la Liga (ultranacionalista) y el M5S (populismo ultraconservador), que está apoyando abiertamente al movimiento de los ‘chalecos amarillos’ en Francia, ha hecho que el Elíseo haya llamado a consultas al embajador francés en Italia, un hecho sin  precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial (los historiadores han recordado que el mismo gesto se produjo en 1940, cuando apenas comenzaba la gran tragedia). El detonante de esta ruptura fue la visita que el viceprimer ministro italiano, Luigi di Maio, líder del M5S (Movimiento Cinco Estrellas) realizó a representantes de los ‘chalecos amarillos’ que no ocultan su voluntad de derribar al propio Macron.

No hace falta, en fin, insistir en que estas elecciones europeas no serán una ceremonia irrelevante como muchos han pensado hasta ahora. Si el Parlamento Europeo, que adquiere poco a poco entidad al afirmar su tarea legislativa, cayese en manos de los enemigos de la integración y de los fundamentos ideológicos de la UE reflejados en los Tratados, nos abocaríamos a un gran drama, presidido por los fantasmas resucitados de las dos grandes guerras mundiales, que se enterraron, esperemos que definitivamente, con la integración europea.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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