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La quiebra del independentismo

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Cataluña 1-O

Es curioso constatar que la crisis del independentismo, con un claro distanciamiento entre Junqueras (preso) y Puigdemont (prófugo), la abierta disidencia de la CUP que ha quedado frustrada por la falta de ímpetu rupturista de sus ocasionales socios, e incluso con síntomas de división interna de la posconvergencia (con un ala más pragmática y separada de Puigdemont y otra más radical), se ha solapado con un gravísimo patinazo del Tribunal Supremo, que ha perdido en horas la prestancia que mantenía durante todo el periodo de instrucción del proceso sobre el 1-O.

El derrumbe del crédito del Tribunal Supremo en el asunto de las hipotecas resta peso específico a la futura sentencia sobre el ‘procés’ y abre nuevos espacios a la política (no se puede dejar el Estado en manos de los jueces: han de ser las instituciones representativas las que saquen al país del atolladero). Y en cierto sentido, esta evidencia potencia la tesis de que el conflicto catalán se resolverá gracias a la claudicación pragmática de un sector del independentismo, que, tras el intento de golpe de mano, estará dispuesto a recuperar “el espíritu de Maragall”, es decir, la pretensión de otorgar a Cataluña un statu quo más cómodo en el marco constitucional, sin rupturas ni dramas.

El año transcurrido desde el 1-O —el tiempo es un gran lenitivo para muchas cosas— ha sido testigo del creciente distanciamiento entre los herederos del catalanismo conservador, pujolista, y Esquerra Republicana, que parece recuperar sus ideas progresistas a costa de un mayor realismo en la cuestión soberanista, que no debería ser esencial en una formación realmente de izquierdas, y por tanto afín a valores cosmopolitas e internacionalistas. Recordaba Cardero hace poco que el viernes pasado, mientras Puigdemont se consumía en solitario en su palacete de Waterloo, Junqueras recibía en prisión a Pablo Iglesias… y a 17 personalidades más, entre ellas el presidente de la patronal, Juan Rosell, y el secretario general de UGT, Pepe Álvarez.

Puentes rotos

Por otra parte, mientras Torra se dedica al folklore, a las lamentaciones y a animar a los CDR, consejeros y altos funcionarios de la Generalitat viajan asiduamente a Madrid a negociar en las comisiones bilaterales o a resolver asuntos corrientes. Y mientras el PDeCAT y su líder deshojan la margarita de una inviable “Crida” que ya no puede ser, Junqueras nombra a Ernest Maragall candidato a la alcaldía de Barcelona (con buenas perspectivas en las encuestas) y él mismo se postula como cabeza de lista en las Europeas… La nominación de Ernest Maragall, exPSC, consejero en los tripartitos de su hermano Pasqual, resucita evidentemente la idea de unas mayorías distintas de la artificiosa que  permitió al inútil Torra ser presidente (no ejerciente) de la Generalitat.

La prueba de que los puentes se han roto entre Puigdemont y Junqueras, entre el pospujolismo y los republicanos, es que el Parlamento ha desaparecido de la escena política por falta de posibilidad de acuerdo. Y el acto de constitución de la Crida, un invento de Puigdemont para recuperar la unidad y el mando que tuvo lugar el sábado en Manresa, ha fracasado estrepitosamente. No sólo por la frialdad con que ERC ha acogida esta iniciativa y porque la CUP la ha rechazado de plano sino porque tampoco un sector potente del PDeCAT quiere disolverse en semejante engendro, y prueba de ello la ofrecieron las ausencia de Mas y de Bonvehí.

Pasqual Maragall se equivocó gravemente en su intento de promover en Cataluña un inaclarado ‘federalismo asimétrico’, para lo cual impulsó una reforma estatutaria que, pese a las múltiples negociaciones que tuvieron lugar entre las distintas sensibilidades de catalanismo político, entre Barcelona y Madrid, entre Zapatero y el nacionalismo catalán, acabó alumbrando un engendro que desbordaba las previsiones constitucionales, como no tuvo más remedio que reconocer el Tribunal Constitucional a requerimiento del PP, que había sido marginado de aquel proceso.

Devolver la serenidad quebrada

Politólogos y políticos reconocieron ante el naufragio que Maragall se equivocó al no plantear su proyecto de cambio como una doble reforma, una constitucional para alumbrar un federalismo formal a la alemana, que lógicamente hubiera debido ser patrocinada por el PSOE y negociada en todo el Estado para conseguir el mayor consenso posible de todas las fuerzas presentes, y otra estatutaria, que colmara las aspiraciones de autogobierno en Cataluña en aquellos aspectos en que el autogobierno podía ser todavía ampliado y modulado.

Ahora, la propuesta de la llamada declaración de Granada del PSOE, lanzada el 6 de julio de 2013, evocada convenientemente, permite reabrir ese camino, que podría ser explorado por las fuerzas progresistas que renuncien al soberanismo frustrado para regresar al posibilismo constitucional. En definitiva, al amparo del espíritu de Pasqual Maragall podría avanzar en Cataluña otro tripartito formado por el PSC, ERC y los Comunes –esta organización tiene, como se sabe, un ala soberanista, por lo que Iglesias tendría que aclararse primero— que asumiera la doble tarea mencionada, al tiempo que restaurase la credibilidad de las desacreditadas instituciones de autogobierno y devolviese a Cataluña la serenidad quebrada por la tentativa golpista y por el delirio del pospujolismo.

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Antonio Papell
Director de Analytiks

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