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La reconstrucción del PSOE

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Pedro Sánchez

Las primarias socialistas han restituido a Pedro Sánchez al frente del partido, conforme a un modelo poco funcional que ahora pasa por la celebración de un congreso en el que el nuevo líder designará a su equipo y sacará adelante su programa. Lógicamente, la legitimidad del secretario general es más potente que la del propio congreso, ya que aquel ha sido elegido directamente por las bases. Quizá convenga repensar el procedimiento porque no tendría sentido que en un partido político se produjera una cohabitación a la francesa (un líder de un color y una asamblea de otro distinto).

Sea como sea, es evidente que el problema suscitado por la defenestración del secretario general el 1 de octubre no se ha cerrado del todo. Primero, porque aquella ruptura abrupta, en que lo personal se sobrepuso a lo político, ha dejado heridas profundas en las personas concernidas. Y segundo, porque está claro que habrá de pasar algún tiempo para que se suelde la peligrosa fractura entre los cuadros dirigentes que apoyaron a Susana Díaz y las bases que la han desautorizado y han dado la razón a Sánchez, a quien la lideresa andaluza quería “ver muerto hoy mismo” (se supone que políticamente) el día de la crisis. Además, estas divisiones siempre sacan lo mejor y lo peor de la gente, y ha habido algunas traiciones flagrantes que trascienden a la fuerza el ámbito de lo meramente político

La victoria de Pedro Sánchez, que ha sido la de la militancia sobre la de los cuadros dirigentes, ha evidenciado que los viejos aparatos cerrados y oligárquicos de los partidos, que fueron un dechado de arbitrariedad y de corrupción en tiempos no muy lejanos, han declinado y han perdido influencia en toda Europa, como acaba de comprobarse en Francia, donde las presidenciales se han dirimido en ausencia de las dos grandes organizaciones tradicionales de centro-derecha y centro-izquierda.

Sin embargo, el retorno del dirigente caído, llevado en andas por los afiliados, podría ser estéril si no lograra la reconstrucción del gran partido que fue el PSOE, si no se dotase de un bagaje doctrinal y estratégico capaz de atraer a una clientela social relevante y si no volviera a ser una opción de poder. En el bien entendido que es muy improbable que el modelo democrático español regrese al bipartidismo imperfecto del que venimos, por lo que las futuras fórmulas de gobernabilidad serán fruto de pactos y coaliciones.

Sánchez no es la izquierda de la izquierda

Por una parte, no tienen razón quienes dibujan la confrontación socialista como un enfrentamiento entre el centrismo y la izquierda radical (este jueves, José Ignacio Torreblanca cometía el desliz de comparar en El País a Susana Díaz con Felipe González cuando este dimitió de la secretaría general al constatar que sus conmilitones no querían desprenderse del marxismo, de forma que Sánchez sería hoy una especie de Pablo Castellanos y de Francisco Bustelo, obstinados ambos en la preservación de las esencias más radicalmente marxistas). A quienes piensan de este modo, por impericia o por mala fe, habría que recordarles que Sánchez pactó en 2016 un programa de gobierno centrista con Albert Rivera, que no prosperó porque Pablo Iglesias lo consideró demasiado ‘liberal’ (en realidad, tampoco lo hubiera apoyado aunque la propuesta Sánchez-Rivera hubiera sido trotskista porque lo que el líder de Podemos negaba era la posibilidad de apoyar un gobierno que él no presidiera). Que nadie se alarme, pues: Sánchez y quienes le asesoran y secundan son socialdemócratas templados, europeístas conspicuos y partidarios convencidos de la economía de mercado, sometida a regulación.

No hay, pues, una verdadera fractura ideológica, más allá de que un sector del PSOE fuera más o menos propenso que otro a facilitar la gobernabilidad después de las elecciones del 26J, un dilema que se relacionaba más con la toma de posiciones de cara al siguiente congreso que con las convicciones políticas de quienes disputaban. Sea como sea, las respuestas mediáticas que ha recibido la reelección de Sánchez no invitan demasiado a la esperanza porque se percibe una inquina que sobrecoge. Los editoriales de los medios vinculados a la vieja guardia socialista han estado cargados de rencor, por lo que no parece que se vaya a recomponer fácilmente esta relación, en todo caso más simbólica que operativa, de donde se deduce que lo que deberían intentar Pedro Sánchez y quienes han apoyado las otras opciones desde la política activa es aislarse de la beligerancia del contexto y arrimar el hombro en pro de un nuevo proyecto de futuro. De entrada, los barones territoriales con mando en plaza que apoyaron a Díaz –los de Aragón, Extremadura, Castilla-La Mancha, Valencia, Asturias— tienen la obligación de recomponer su relación con Ferraz o marcharse. Susana Díaz así lo ha entendido ya, y su última posición ha sido plausible, aunque se haya pronunciado tardíamente y con la boca pequeña.

El factor territorial

En otro plano, el futuro del PSOE pasa por el abandono de la territorialidad en las instituciones federales. El Estado de las Autonomías, que fue una generalización del sistema republicano de estatutos de autonomía a todo el Estado –el café para todos ideado por Clavero Arévalo-, resolvió en el momento fundacional del régimen el problema territorial (amenazado por el integrismo de amplios sectores políticos que opusieron resistencia al cambio y que llegaron a protagonizar el 23F) pero a la larga ha tenido graves disfuncionalidades, algunas de las cuales aún perduran.

Es patente, por ejemplo, que Sánchez sufrió en su anterior etapa la deslealtad de varios ‘barones’ demasiado ambiciosos que hicieron imposible el desarrollo de su mandato, y ello ha llevado al líder socialista a anunciar que no habrá barones en la futura Ejecutiva, pero la verdadera razón de este cambio radical en la formación de los órganos directivos no debería ser circunstancial sino de fondo: las instituciones federales (o centrales, el nombre es lo de menos) de los grandes partidos políticos (no sólo del PSOE) deben estar claramente extendidos a todo el Estado porque es muy necesario diferenciar el interés general, que debe ser preservado, de la suma de intereses territoriales, que han de ser conciliados.

En otras palabras, la Ejecutiva y el Comité Federal del PSOE no pueden ser agregados territoriales ni funcionar en esta dimensión: su papel consiste en impulsar las grandes políticas, a partir de una visión superior e integral del Estado. Sin perjuicio de que exista un Conejo Territorial que, según los Estatutos vigentes, que son en principio atinados en esto (no haría falta reformarlos), “es un órgano federal al que corresponde informar y evaluar las políticas del Partido que afectan a la cohesión territorial y a las relaciones entre las Comunidades Autónomas y entre éstas y el Estado. Es convocado por el Secretario General con carácter ordinario una vez cada dos meses y, de forma extraordinaria, cuando las circunstancias así lo aconsejen”. Y está formado por el secretario general y los secretarios de organización y asuntos autonómicos, los secretarios generales de las CCAA, por los presidentes autonómicos, el portavoz en el Senado y el portavoz en la FEMP.

Todo lo anterior debería vincularse cuanto antes a una actualización de la propuesta de reforma constitucional que ha ido pergeñando el PSOE en los últimos años, y que debe revisar tanto la distribución de competencias como las fuentes y las formas de financiación, los mecanismos de solidaridad interna y sus límites, etc. La irrupción de Podemos, una formación en cierto modo antisistema, en el panorama parlamentario ha frenado en seco cualquier iniciativa en tal sentido, pero la inhibición no puede ser eterna: la disfuncionalidad del Estado autonómico, que en Cataluña está adquiriendo proporciones inquietantes, es sólo una parte de lo que debe reformarse de una Carta Magna que, se quiera reconocer o no, mantiene en gran medida su vigor pero sufre inexorablemente los achaques de la edad y necesita una cura de rejuvenecimiento.

Conclusión

Es pronto todavía para valorar el proceso de reconstitución del PSOE, que en democracia debe producirse sin demora (el sistema democrático es el gobierno de la mayoría con respeto a las minorías), pero si se llega a la conclusión de que la fractura no tiene compostura, de que habrá a partir de ahora dos psoes irreconciliables, lo mejor sería no prolongar la ficción de la unidad y reconocer cuanto antes la fractura para poder soldarla. Después de todo, en países como Francia e Italia la socialdemocracia ya está inscrita en agrupaciones de centro-izquierda que incluyen otras sensibilidades (el Partido Democrático italiano es el ejemplo más evidente). Porque de nada valdrá la clarificación que ha tenido lugar si no se traduce en una muy difícil reconstrucción, que requiere raudales de buena fe y de magnanimidad por todas las partes.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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