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La recuperación del bipartidismo y la decadencia de la izquierda

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Después de diez meses de provisionalidad y zozobra, con un gobierno en funciones, a finales de octubre daba comienzo la nueva legislatura, gracias al voto afirmativo de los 170 diputados del PP, Ciudadanos y Coalición Canaria, y a la abstención de la mayor parte de los diputados socialistas, en una decisión cooperativa que había provocado la fractura del PSOE, la liquidación de la cúpula del partido y la formación de una gestora, que todavía se mantiene, en tanto se comienza a plantear la celebración de un congreso.

Los presagios no eran optimistas y hablaban de que tras la investidura podía sobrevenir la ingobernabilidad. El PSOE, acuciado por su propia crisis, facilitó la estabilidad en medio de amenazas que anunciaban una total falta de colaboración en el futuro. Con este panorama, parecía imposible que se fueran a aprobar los presupuestos para 2017, y el propio Rajoy dudaba de las posibilidades reales de gobernar en las condiciones en que tiene que hacerlo. En un primer momento pareció que un Legislativo indomeñable se iba a imponer a un Ejecutivo en franca minoría, por más que algunos analistas pusimos de manifiesto los muchos resortes con que, en esta clase de regímenes, cuentan los gobiernos para imponerse a los parlamentos. Así por ejemplo, el artículo 134.6 de la Constitución y el 126 del reglamento del Congreso permiten al Gobierno vetar iniciativas de la oposición que impliquen un incremento de gasto. La primera de esas normas señala que “toda proposición o enmienda que suponga aumento de los créditos o disminución de los ingresos presupuestarios requerirá la conformidad del Gobierno para su tramitación”. Y la segunda, que una vez calificadas las proposiciones de ley, se proceda a “su remisión al Gobierno para que manifieste su criterio respecto a la toma en consideración, así como su conformidad o no a la tramitación si implicara aumento de los créditos o disminución de los ingresos presupuestarios”.

Lo cierto es que, pese a estos presagios negativos, ya se han producido cambios sustantivos en el panorama político, en la correlación de fuerzas y en las expectativas de futuro. Por una parte, es evidente que la iniciativa política está sobre todo en el Gobierno, que ha comenzado a estabilizarse y que puede durar más de lo que se pensaba, quizá toda la legislatura incluso. Y, por otra, es claro que las formaciones emergentes están teniendo grandes dificultades para alcanzar un mínimo protagonismo. En definitiva, cuando el PP está en puertas de un relevante congreso que será seguramente aprovechado para mejorar la imagen del partido (el PP lleva cinco años sin reunir el máximo órgano de decisión y dirección) y el PSOE continúa abierto en canal y en manos de una gestora, la impresión general que emana del discurrir del proceso político es tan diáfana como sorprendente: se equivocaban absolutamente quienes daban por muerto y enterrado lo esencial del viejo modelo bipartidista que ha funcionado con apreciable eficacia desde principios de los años ochenta, y paralelamente erraban los que suponían que las fuerzas emergentes arrollarían con sus iniciativas a los viejos actores.

[pullquote]La estabilidad puede durar más de lo que se pensaba, quizá toda la legislatura[/pullquote]

Lo cierto es que hasta el momento, PP y PSOE se han afirmado como protagonistas indiscutibles del curso de los acontecimientos, Ciudadanos no encuentra su acomodo pese a su relevancia objetiva como báculo del gobierno, y Podemos está transitando de ocurrencia en ocurrencia desde el exotismo atractivo de sus pronunciamientos teóricos que no tienen traducción alguna en la práctica y hasta la hornacina parlamentaria que ocupaba Izquierda Unida y que Anguita llenó de resonancias místicas (aunque políticamente inútiles) que todavía permanecen.

El caso de la pobreza energética

Todo lo anterior puede compendiarse en un hito que fue claramente percibido por la opinión pública y que resume la cuestión: el llamado –por Enric Juliana- “efecto Andersen”, o, más prosaicamente, el caso de la pobreza energética. “La vendedora de fósforos” es un cuento de Hans Christian Andersen en que la niña protagonista, vendedora de cerillas, muere materialmente aterida de frío; y en nuestro país, un suceso reciente nos estremeció a todos: una anciana de 81 años de Reus pereció víctima de un incendio provocado por las velas que tenía que utilizar después de que la compañía eléctrica le cortase la luz por impago. En esta ocasión, los grandes partidos mostraron sus reflejos y resolvieron el caso de un plumazo; por más que sea una vergüenza que en la España moderna sucedan estas cosas, y que hayan sido necesarios cuarenta años (con gobiernos del PP y del PSOE) para dictar una norma que prohíba a las empresas suministradoras cortar la luz a un hogar cualquiera sin el previo informe de los servicios sociales, que además tendrán que resolver el problema de insolvencia cuando realmente exista.

[pullquote]El Gobierno del PP y el PSOE se han movido hábilmente para atajar el problema de la pobreza energética[/pullquote]

El desfase ha sido muy evidente: mientras Podemos, investido de su proverbial preocupación social, se disponía con parsimonia a asirse a este argumento para enarbolar sus banderas de cambio y regeneración, el Gobierno del PP y el principal partido de la oposición, con la posterior adhesión de Ciudadanos, resolvían el asunto con habilidad y rapidez. Y dejaban a Pablo Iglesias enrabietado y con un palmo de narices.

Este es el dibujo que está marcando los perfiles de la legislatura: el PSOE, con mano izquierda, está promoviendo una revisión integral, pero no humillante, de las principales decisiones legislativas unilaterales del PP durante la legislatura anterior, y se anuncian una serie de fecundos pactos alrededor del centro político que darán consistencia al Gobierno y permitirán al PSOE –si se hacen bien las cosas- recuperar el aliento perdido.

En este nuevo marco, Ciudadanos tendrá que hacer un derroche de ingenio para mantener su relevancia subjetiva y no desvanecerse aprisionado por la pinza PP-PSOE. Unidos Podemos, por su parte, que se obstina en mantener la radicalidad y en acentuar su protagonismo fuera de las instituciones, deberá rectificar en gran medida el rumbo si quiere salir de la marginalidad en que se encuentra, y no sólo por sus pueriles querellas internas, fruto de una conmovedora inmadurez, sino por la inconsistencia de sus propuestas y su conmovedora bisoñez parlamentaria.

La voladura de la izquierda

La recuperación de un bipartidismo teórico formado por la gran formación conservadora y por un debilitado PSOE no significa sin embargo que estemos en camino de recuperar la simetría entre las fuerzas de derecha y de izquierda. La derecha goza de buena salud, en tanto la izquierda está, y probablemente seguirá estando, en precario.

La gran crisis de 2008, desencadenada por la avaricia de los promotores del sistema financiero internacional y por la falta de regulación y control que debieron haber establecido tanto los países grandes como las instituciones supranacionales creadas para estabilizar el modelo, ha devastado la izquierda occidental, que ni supo afrontar el reto ni mucho menos reaccionar ante él.

En España, el centro-izquierda que gobernaba el país cuando quebró Lehman Brothers (septiembre de 2008) saltó por los aires aquel día 12 de mayo de 2010 en que el presidente Rodríguez Zapatero anunció un recorte de más de 14.000 millones de euros para plegarse a la voluntad de Bruselas/Berlín, es decir, a la decisión de afrontar la crisis a las bravas, imponiendo a las víctimas una consolidación fiscal sin anestesia. Habría mucho que hablar sobre aquella reacción del hasta ahora último presidente socialista, que aceptó luego anticipar las elecciones no sin haber impulsado un cambio ultraliberal del artículo 135 de la Constitución, que anteponía el pago de la deuda a cualquier gasto social. En todo caso, lo relevante del desenlace de aquel episodio no ha sido tanto el ulterior triunfo de la derecha política –el Partido Popular ganó las elecciones de 2011 con mayoría absoluta— sino la voladura de la izquierda, que actualmente está fracturada ya no en dos fragmentos sino en cuatro.

[pullquote]La izquierda, actualmente, se encuentra dividida en cuatro fragmentos[/pullquote]

El PSOE celebró su XXXVIII Congreso en febrero de 2012 –Pérez Rubalcaba se impuso a Chacón por escaso margen—, poco después de su gran derrota en las generales de 2011, que supuso para el socialismo el arranque de una dolorosa travesía del desierto. Tras las elecciones europeas de 2014, en que el PSOE volvió a obtener resultados desastrosos, Rubalcaba dimitía, se celebraba en julio un nuevo congreso y Pedro Sánchez era elegido secretario general en primarias. Y tras las elecciones generales siguientes, del 20 de diciembre de 2015, en las que irrumpían dos nuevas formaciones políticas con inusitada potencia, el PSOE tuvo que plantearse el dilema que ha provocado su crisis, primero, y su irremisible fractura, después: el partido socialista, segunda fuerza tras un PP muy disminuido, podía optar entre la ‘gran coalición’ con el centro-derecha o intentar la formación de un gobierno de izquierdas con Podemos y otras minorías. Tras unas nuevas elecciones el 26J, el PSOE, incapaz de mantener controlada la tensión entre los partidarios de una u otra opción, ha terminado volando por los aires: los partidarios de la gran coalición han derrocado mediante un golpe de mano a sus antagonistas. Como en otros tiempos, los moderados (Prieto) y los radicales (Largo caballero) han resuelto su dilema a trompazos.

Pero esta inestabilización del panorama ideológico y de los equilibrios políticos ha terminado conmocionando a toda la izquierda, y Podemos, la nueva formación populista surgida de la crisis, ha experimentado la misma tensión interior, que ha provocado también una clara fractura (cuando se escriben estas líneas, no parece que Unidos Podemos —la coalición Podemos-IU— esté en inminente riesgo de descomposición, pero también es claro que será muy difícil, si no imposible, una total soldadura de lo que ya se ha roto). De hecho, si en el PSOE cohabitan dos almas, una de las cuales quiere pactar por babor y otra por estribor, en Podemos hay un dominio, el de Pablo Iglesias, que apoya el vínculo con Izquierda Unida y una concepción del partido antisistema y postulante de un nuevo proceso constituyente, frente a otro, el de Errejón, que rechaza el acuerdo con los comunistas, propone una ubicación transversal de su organización y piensa que a corto plazo el pacto con el PSOE daría margen a una experiencia política progresista viable y productiva.

[pullquote]A la fractura interna del PSOE se ha unido la inestabilidad en Podemos[/pullquote]

Hay, en definitiva, cuatro actores abstractos en busca de encarnadura en este espacio cada día más indefinido de la izquierda política e intelectual. Dos PSOEs y dos Podemos se desangran en más querellas internas que propuestas a la ciudadanía, y nada indica que estas intransigencias vayan a ceder ni que exista voluntad de convergir en un programa posibilista y aceptable por todos. Hoy por hoy –y hay que reconocerlo así-, el centro-derecha es la única garantía de estabilidad, aunque sea a costa de renunciar a avances en la lucha contra la desigualdad.

La socialdemocracia ‘cojea’ en el mundo

Este dibujo está referido a España, pero la crisis de la izquierda es en realidad extensiva a todo Occidente y acaba de coronarse con la derrota de Hillary Clinton a manos de Donald Trump, un reaccionario excéntrico que se dispone a liquidar hasta los últimos vestigios del Estado de Bienestar que Barak Obama había conseguido impulsar. En Francia, en el Reino Unido, en Italia y en Alemania el centro-izquierda está en crisis. Pero esta otra cuestión.

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Antonio Papell
Director de Analytiks

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